Tribuna

La algameca chica, digna de protección

11.05.2016 | 04:00

Mucho se habla últimamente de los bienes materiales e inmateriales, y muchas son las expresiones que tienen tanto en la arquitectura, como la música, los artes y oficios, los ritos y tradiciones, etc. En la comarca de Cartagena los encontramos en el arte modernista, en castillos y fortalezas, molinos de viento, el flamenco, las imágenes de semana santa, los restos romanos y en gran cantidad de manifestaciones culturales.

Encontrar rincones con encanto o valores culturales singulares y particulares, rarezas de difícil repetición en nuestro paisaje, es cosa harto difícil. Así, dar con rincones donde se conserva la tradición, el paisaje y a la vez se desarrolla una importante belleza patrimonial es casi imposible. Por ello, considero que es obligación de las administraciones proteger estos espacios.

Pues bien, cuentan las gentes del lugar y demuestran historiadores como José Ibarra, así como crónicas de todo tiempo, que en el litoral oeste de Cartagena existe un poblado marinero que reúne los requisitos exigibles para dotarlo de la protección necesaria que asegure su conservación para el uso y disfrute de generaciones actuales y venideras. Se trata del poblado de La Algameca Chica; una creación de esas clases populares para las que todos los tiempos son difíciles. Esa capacidad innata del pueblo para sobreponerse a las miserias y otras circunstancias sociales e históricas dieron lugar a la fisonomía actual del paraje.

Los datos apuntan a que su poblamiento se remonta más de doscientos años en el tiempo, y así lo confirman los empadronamientos. Hubo en La Algameca actividad minera y yeserías, y tuvo, como todo lugar mágico su mito: 'La Amalia', una hechicera de renombre en su época; pero si el paraje tuvo un uso popular desde que se produjo la ocupación militar del Puerto de Cartagena para el desarrollo del Arsenal y otros usos defensivos, fue el de lugar de baño y veraneo asequible para quienes se ganaban un tiempo de descanso que no por escaso y racaneado era menos merecido.

Me recuerda este lugar y sus gentes un estilo de vida, que si hoy resulta peculiar, no es tan distinto al que se daba en la Cartagena que conocí de crio, con el bullicio, el colorido de persianas en los balcones, la alegría de las relaciones vecinales, el olor a pulpo y sardina que se desparramaba por las calles San Cristóbal La Larga, Villalba, El Pozo, Macarena, Lizana, Saura, Alto, Montanaro, o Faquineto, antes que las políticas de especulación urbana tramaran su plan para derribar y borrar del plano de la ciudad la Cartagena más castiza y popular.

Se adorna la Algameca Chica con el color del Mediterráneo lamiendo las barracas y la sombra de los pinos carrascos achaparrados por el aire marino, por el amarillo de aliagas y el blanco de los gamoncillos.

En el imaginario colectivo tenemos una imagen de la Algameca de lugar insalubre, de aguas sucias. En cambio este cachico de costa hace las delicias de la pesquera de la dorada, que acude a los cantiles a alimentarse de lapas, mejillones, erizos o cangrejos ermitaños; y en sus fondos prolifera la almeja real y unos pulpos de roqueo, que asados a la plancha en las terrazas de las barracas al caer la tardes de verano, mezclándose con el olor a salitre, ya supondrían un monumento.

Con esto tengo bastante para decirle a quien me hable de la Ley de Costas, que 'tenga cuajo' para empezar a exigir su aplicación desde una punta de La Manga y luego se vaya al litoral oeste y se dé una vuelta por La Azohía o Isla Plana. Quien me diga que son casas ilegales, que se dé una vuelta por el Campo de Cartagena, o que pregunte al Gobierno regional desde cuando anda permitiendo lo intolerable en materia urbanística especulativa.

Habrá también quien me diga que es un poblado de chabolas sin haber leído nada de construcción tradicional en poblados marineros y quien me cuestione las condiciones ambientales de un lugar que a poco que nos lo propongamos podríamos convertir en un referente de gestión ambiental.

Con el convencimiento de que quienes viven allí se han ganado el derecho a hacerlo y a hacerlo en paz y sin miedo a desalojos o derribos; reivindico la búsqueda de una figura que regularice el poblado y lo proteja junto a su entrañable forma de vida, siendo una obligación de las generaciones actuales legar a las venideras este bien de interés cultural. Se trata de un conjunto levantado por el ingenio de las clases populares, también capaces de creaciones merecedoras del reconocimiento cultural y patrimonial del que ya gozan muchos palacios de gran pompa levantados con la facilidad del dinero que las élites económicas sustrajeron del sudor de la frente de personas como las que levantaron la Algameca Chica.

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