Supervivencia

Molinos en peligro de extinción

200 testigos silenciosos del paso del tiempo en Cartagena luchan por sobrevivir ante la pasividad de las administraciones

03.04.2016 | 04:00
Molinos en peligro de extinción

Con porte imponente se alzan los testigos silenciosos del trascurrir de los años en el Campo de Cartagena. Doscientos ´valientes´ molinos luchan por la supervivencia ante el deterioro natural por el paso de los años y la inminente ignorancia de las administraciones que se olvidan de qué suponen estos ´gigantes´. Trescientos molinos pueblan la Región y la mayoría habitan en la Comarca. Tan sólo de esa gran cifra, han sido restaurados quince, y alrededor de seis, con suerte, funcionan. Entre esos caben destacar el del Pasico, en Torre Pacheco, que en las fiestas pone en marcha el último molinero del Campo de Cartagena, Pepe Nieto. También está el de Los Luengos (El Algar) y el de Zabala (Perín) que hasta hace poco funcionaba.

La Comunidad comenzó hace poco los trabajos de restauración de los molinos de San Quintín y la Ezequiela en Lo Pagán. Por otro lado, es necesario remarcar que la mayoría de restauraciones las han llevado a cabo los propietarios privados de los mismos o personas interesadas en su conservación como es el caso de los de Alumbres: el de La Miguelota que fue reconstruido por Repsol ya que se usaba para extraer el petróleo que se filtraba a través de las tuberías en las aguas; y el Molino de Pedro ´el Garabito´ que fue ´resucitado´ por la asociación de vecinos de la localidad. En Cartagena, en la anterior legislatura del PP, el ex edil Enrique Pérez Abellán apostó por los enemigos del Quijote.

De esta manera, cinco de ellos volvieron pletóricos a la vida: El mencionado de Zabala, el de Pedro de las Casicas (La Puebla), el del Pollo (Pozo Estrecho), La Cerca (Santa Ana) y el de Bolea (La Palma). Sin embargo poco duró el esplendor de estos molinos ya que «prácticamente todos están derrumbados» comunicó Pedro Esteban, presidente de la Liga Rural del Campo de Cartagena. Remarcó que «no vale solo con recuperarlos, hay que usarlos, porque si no están en marcha se deterioran igualmente». Esto se debe a que el techo del molino es de madera y ésta va cediendo poco a poco.

Actualmente, en el Campo de Cartagena hay un tipo de molino: el de viento. Dentro de ese tipo nos encontramos con cinco clases: de sacar agua en la zona del Mar Menor; el harinero en la zona Oeste de Cartagena y servía para moler los cereales; el salinero en Cabo de Palos, La Manga y Lo Pagán que se usaba o bien para moler la sal o para trasvasar agua; y el espartero que solo queda uno en Alumbres (Escombreras). Esta última clase de molino se empleaba para mover un batén (martillo) que golpeaba el esparto.

El patrimonio, en 3D
A pesar de la triste realidad no todo parece estar perdido. Tienen a la Liga Rural del Campo de Cartagena que lucha por «poner en valor, dar a conocer y conservar la cultura tradicional». Cuentan también con el apoyo de la Asociación de Amigos de los Molinos de Viento de Torre Pacheco que según Esteban «hacen una gran labor». Y no hay que olvidarse del papel del profesor David Alonso en el instituto Sabina Mora de Roldán, donde los alumnos de 4º de ESO enfocan todos sus trabajos a los molinos de viento: páginas webs, impresión 3D... Gracias a ellos, los molinos aún son recordados.

Piden ayudas para convertirlos en alojamientos rurales
«Ay, si volvieran. Ay, si volvieran los molinos al campo de Cartagena», exclama el escritor y compositor murciano José María Galiana en una de sus canciones. Y aunque sea un deseo noble, la realidad es que los molinos siguen en el Campo de Cartagena. Sin embargo, aunque tratan de seguir en pie con sus mejores galas, de la inmensa mayoría apenas queda nada. Según Pedro Esteban, presidente de la Liga Rural del Campo de Cartagena «estamos siendo testigos de cómo estos ingenios de la tecnología tradicional se están derrumbando». En el papel de guardianes de la cultura tradicional rural, la Liga Rural de Cartagena reivindica y pide la conservación de estos edificios porque «forman parte del paisaje que todos conocemos y de nuestra cultura». Pero, «no se deben arreglar por arreglar. Sino para mantenerlos cuidados y en funcionamiento».

Sin embargo, no es necesario que se usen para moler. Ellos proponen utilizarlos «como tiendas de productos tradicionales del campo» o como «alojamientos rurales». También creen que «i se ofrecieran ciertos incentivos fiscales y administrativos los propietarios privados accederían a cuidarlos y algunas empresas se interesarían en apadrinarlos. Por último, su mayor deseo; y a la espera de una posible reunión con la concejala de Turismo del ayuntamiento de Cartagena, Obdulia Gómez; es que se destine una partida del presupuesto municipal o regional a los molinos. «Con que sólo se arreglara uno o dos molinos al año sería más que suficiente», concluyó Esteban. P. m. m

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