Mirando hacia arriba

El arte y un urinario

30.01.2016 | 00:37
El arte y un urinario

Nadie está libre de cometer errores, nadie es infalible, pero es evidente que a mayor grado de preparación menor posibilidad de fallo. Esto es entendido por todos y aplicable en cualquier ámbito del conocimiento. Pero pasa algo con las Bellas Artes, ya que existen entendidos doquier se mire. No digo yo que no se pueda opinar, es obvio que todos no tenemos los mismos gustos, gracias a Dios. Pero valorar una obra de arte basándose exclusivamente en el propio gusto es, como poco descabellado. No se trata de colgar un cuadro en el salón de casa, la libertad para decorar nuestros hogares es indiscutible. Si supieran las cosas que he visto por esos mundos... Pero desde el advenimiento de las vanguardias culturales, por suerte o por desgracia, el arte ha tornado a tener un componente elitista. Esto significa que hace falta poseer conocimientos básicos para poder valorar la producción cultural, conocimientos sin los cuales es imposible alcanzar algún criterio vàlido. Claro que no es necesario que todos sepamos de arte contemporáneo, pero sí que sería conveniente el asesoramiento de alguien que posea conocimientos adecuados y que valiéndose de su experiencia acceda a el complejo mundo de las nuevas artes plásticas.

La escultura conocida como La Fuente, del conocido artista conceptual Marcel Duchamp, a los ojos de un lego, sólo se trataría de un simple urinario, de una broma de mal gusto. Pues solemos asociar, de manera tradicional, el arte con el término pluralidad, debido a que existen tantas propuestas como artistas. Sin embargo, hay quienes insisten en ver al arte como una producción excelsa, como un oficio serio, como aquello que debe producir obras grandiosas y bellas que logren elevar el espíritu de los espectadores. El que crea que el arte sigue siendo así, estará convencido también que el agua que corre por el río es siempre la misma. Tendemos a pensar que la obra de Duchamp, que data de 1917, es algo de 'modernos', pero, curiosamente, ya cuenta con casi cien años, Por supuesto que, en su momento, se enfrentó al rechazo: ¿cómo aceptar un urinario como propuesta artística?. Más aún: ¿cómo legitimarlo?. Avalar un absurdo era impensable. Hoy en día la propuesta de Duchamp sigue provocando rechazo o fascinación, los artistas, críticos, historiadores o museólogos no pueden obviarlo. El Centro Pompidou de París, donde la obra se exhibe, evidencia que el arte no puede escapar de la provocación. La Fuente está allí como una revolución que, curiosamente, se ha mantenido en el tiempo, como un francotirador que apunta a los más conservadores.

Comúnmente escuchamos que tanto la intención como la finalidad del arte deben ser estéticas. Sin embargo, las vanguardias arrasaron con cualquier rescoldo de lo bello, con aquello que se produce por y para la belleza. Se sobreentiende, muy a pesar de estas posturas, que las obras de arte deben ser bellas. Pero una obra como el urinario de Duchamp no es producto de una intención y finalidad estéticas. De hecho, se puede considerar estúpido discutir acerca de su belleza o de la carencia de ella, porque están más allá, porque no son simples obras de arte, son símbolos que acentúan la actuación del artista como creador de ideas, no de objetos, al emplear el título como parte intrínseca de su producción.

El artista contemporáneo derriba el pedestal en el que se encuentra la belleza y el arte. Pues ahora el buen arte no debe imitar a la naturaleza. La Fuente, que se propone como objeto a ser contemplado por espectadores, no encaja dentro de estos paradigmas. El urinario no es un objeto realizado por Duchamp, solo la idea de modificar su contexto (sacarlo de un aseo público y exponerlo en un museo) es suya, porque verdaderamente sólo se trata de un producto elaborado en serie por una máquina. El riesgo que corremos es que adoremos aquellos objetos que fueron realizados para lo contrario. Las largas colas que se organizan en el Centro Pompidou frente a un urinario, nos demuestra la perversión del mercado y los falsos intelectuales que corrompen al propio arte. Lo que deberíamos adorar es la capacidad humana para descontextualizar un objeto, para la abstracción, para experimentar con nuevas ideas. No los objetos producto de esos ensayos.

Está claro que el artista posee una importantísima faceta de investigación, que es tan importante como la técnica, la sensibilidad o la capacidad de aprendizaje. La continua repetición de registros estéticos es sin duda una buena opción comercial. Pero es necesario, si se quiere realizar una verdadera obra de arte, incluir en la receta una pizca de innovación y otra de creatividad que añada ese elemento diferenciador que sume algo a las creaciones de los otros artistas. Esta es la única forma de conseguir una imprescindible y necesaria progresión cultural, porque la parálisis intelectual es la muerte del arte.

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