|
|
|
HEMEROTECA » |
|
ANDRÉS TORRES Hacía años que los marrajos no se enfrentaban a un Viernes Santo como el de ayer. Muchos confesaban sentirse raros. La tarde fue más que tranquila. Incluso se echaban de menos los continuos cabildos, la incertidumbre y que los partes meteorológicos de unos y de otros circularan de aquí para allá.
Todo estaba listo para sacar a la calle la procesión del Santo Entierro y los morados no tenían otra cosa de qué preocuparse que de hacerlo lo mejor posible, ya que las calles estaban repletas de público. "No sé si será la crisis o el buen tiempo, pero hacía años que no veía a tanta gente en las calles", comentaba un penitente de la Soledad nada más terminar la procesión.
Y así era. Resultaba más complicado circular por las calles siguiendo a algún trono, porque la muchedumbre impedía el paso.
Sólo la calle del Duque y el tramo final de la Serreta se veían prácticamente desiertos, hasta el punto de que un operario de Sillas Gil comenzó a amontonar los asientos cuando pasaba por delante de él el trono de Santa María Magdalena. "¡Vaya falta de respeto!", comentó un portapasos. El resto del itinerario estaba a rebosar de un público que se entregaba a la contemplación del majestuoso patrimonio de la cofradía del Nazareno.
Las miles de miradas con las que se cruzaban penitentes y portapasos se debatían entre alzar la vista hacia la belleza de las esculturas de Capuz y González Moreno, recrearse en la minuciosidad y los detalles de los bordados de capas y mantos o tratar de averiguar el grado de cansancio en los rostros de quienes llevaban los tronos sobre sus hombros.
El excelso patrimonio marrajo se lució en una noche sin riesgos, en la que su belleza resaltaba en la penumbra de las calles del centro por las que transitaba y ante las que los espectadores respondían de múltiples maneras.
Unos sacaban sus cámaras digitales para retratar cada instante, cada detalle y disparaban sin parar. El ruido de sus flashes se sumaba al sonido de los tambores y al silencio de los portapasos de la Magdalena, San Juan y la Virgen de la Soledad, que respetaron el luto del cortejo por la muerte de Jesús sin responder a los vivas que se lanzaban desde el público.
Otros se santiguaban al paso de las imágenes. En la calle del Carmen, un anciano mostraba su respeto hacia la talla de la mujer de Magdalena quitándose la boina, mientras que un adolescente se cubría la cabeza con su gorra tan sólo unos metros más adelante.
Una avería en el carro bocina de la Virgen de la Soledad, provocó un leve retraso en el transcurrir de la procesión y un `plantón´ más largo de lo normal para quienes aún no se habían recogido.
Y es que los marrajos no querían dejar sola a su Virgen en una noche tan especial, en la que los únicos nervios que había eran los del nudo en el estómago que sienten los procesionistas minutos antes de irrumpir en la Iglesia de Santa María para bajar por su rampa y entregar todo su esfuerzo y cariño hacia las imágenes que acompañan, para que quienes las contemplan se contagien de esa devoción.
La Virgen de la Soledad se recogió a las tres y cinco minutos de la madrugada del ya Sábado Santo, apenas unos minutos más tarde de lo estipulado, mientras la banda de Infantería de Marina interpretaba el himno de España y después de que decenas de miles de voces le rezaran la Salve como sólo se hace en Cartagena, susurrándola.
"Se lo debía", decía un portapasos satisfecho tras el esfuerzo y con un ramo de flores enorme que recogió de su trono para entregárselo a su esposa.
|
|
| CONÓZCANOS: CONTACTO | LA OPINIÓN DE MURCIA | LOCALIZACIÓN | PUBLICIDAD: TARIFAS | CONTRATAR |
|
|
||||||||
|
|||||||||