MARÍA JESÚS GALINDO
Natural de Barcelona, pero cartagenero de adopción, Joaquín Orejudo Escartín fue un hombre que se hizo a sí mismo. Llegó a Cartagena para hacer el servicio militar y en el Arsenal se dio cuenta de que su saber como mecánico de máquinas de escribir podía granjearle un futuro en la ciudad portuaria.
Fue así como Orejudo, como todo el mundo le conocía, volvió a la Ciudad Condal para casarse con su novia Josefa Crivelle Crivelle, y regresar con ella a Cartagena. Ambos tenían 24 años y aunque ella era reacia a dejar su ciudad le siguió hasta el final de sus días. Trabajó como mecánico de máquinas de escribir para la Marina y para muchas tiendas. Estuvo más de treinta años, luego el ordenador se lo puso difícil, pero consiguió mantenerse hasta que se retiró. Tenía muchos amigos", señaló su hija Catalina.
Y es que Orejudo, padre de Catalina y de Pepi, "no tenía una cartera de clientes, sino de amigos y ahora lo hemos entendido por la cantidad de gente que ha venido a su funeral", destacó.
Durante toda su vida en Cartagena vivió en Las Cuatrocientas. "En casa siempre olía a gasolina y a grasa y en el coche familiar también. A mí me daba angustia estar mucho rato en el vehículo porque era el que utilizaba también para el trabajo", señaló. Como buen cartagenero, Orejudo perteneció a los Soldados Romanos del Resucitado y estaba en la mesa de la cofradía. "Le gustaba ayudar a los demás, pero sin enemistarse con nadie", dijo. "Amante de la buena mesa y de la conversación. Le gustaban los museos y dar grandes paseos. Era una gran persona", dijo. Joaquín Orejudo falleció el sábado a los 69 años. Su funeral se celebró ayer en el tanatorio Estavesa de Cartagena.