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Terapia de pareja y sexología
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Blog Terapia de pareja y sexología - Anna I. Gil Wittke

Anna I. Gil Wittke

Soy psicóloga con master en Psicología Clínica y de la Salud y desde que comencé a trabajar me he estado especializando en la terapia de pareja y la terapia sexual. En la actualidad realizo consulta en dos gabinetes de psicología en Murcia y en Torrevieja y en el Hospital USP San Jaime. También real...

Sobre este blog de Salud

Un espacio para tratar temas de pareja y sexualidad desde una perspectiva psicológica


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  • 22
    Noviembre
    2012

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    Después de ti

    Un sólido egoísmo protege del amor, pero al final hay que ponerse
    a amar para no caer enfermo, y se cae enfermo cuando no se puede
    amar.
    Freud.

    Después del verano es frecuente escuchar como son más las parejas que se rompen. En
    ocasiones se trata de amores de verano que no llegan ni al otoño. A veces se trata de
    parejas que tienen ya un largo bagaje, que entre su equipaje tienen cada vez más dolor y
    decepción hasta que un día se termina de romper aquello que ya estaba oxidado.

    En esta ocasión me gustaría reflexionar sobre la pérdida, el amor y el odio, el rencor y el
    perdón, del miedo y la esperanza. Sería para mi un placer contar con vuestra compañía.

    Es curioso ver como el ser humano es capaz de amar y odiar con la misma intensidad. Nos
    comprometemos a unirnos a una persona, en principio, “pase lo que pase”, con el amor
    como alianza. Sin embargo ante la ruptura de ese amor, no siempre se rompe del todo
    la unión. El dolor que nos han hecho puede provocar en nosotros sentimientos de odio
    y rencor que no son fáciles de quitar. ¿Por qué nos cuesta perdonar? ¿Por qué nos es tan
    difícil dejar a un lado la amargura de dolor? ¿Por qué tratamos de olvidar y cada vez nos
    cuesta más? ¿Por qué nos cuesta soltar? ¿Qué es lo que nos da miedo?

    En consulta, veo con cierta frecuencia a personas que vienen sin su pareja para pedir
    apoyo y asesoramiento sobre la decisión de divorciarse. En concreto, recuerdo un caso
    en el que el marido vino diciéndome que ya no aguantaba más, que sentía que su mujer
    le había ridiculizado, que estaba harto, cansado y muy dolido. Dijo que lo que quería era
    divorciarse, que ya no había vuelta atrás, que lo tenía claro, pero no podía dar el paso sólo.
    Cuándo le pregunte que le gustaría que sucediera en su vida que le ayudara a estar mejor,
    me respondió de forma rotunda que, si su mujer le pidiera perdón y quisiera tratarlo de
    forma más cariñosa, el también cambiaría, la perdonaría y lucharía por la relación. Es
    decir, que lo que en el fondo quería no era divorciarse, como decía, sino que su mujer se
    diera cuenta de su dolor y le mostrara el amor que tanto anhelaba.

    Perdonar significa desprenderse del daño que esa persona nos ha causado. Y a veces, el
    dolor, es todo lo que nos queda de alguien a quien hemos amado con pasión. Puede que
    en el fondo sepamos que nos desvincularemos de verdad si soltamos el dolor. Y quizá, aún
    conservamos la ilusión de que la relación hubiera funcionado de otra manera. Un deseo o
    una necesidad nos susurra que esperemos, que merecemos ser amados y que una injusticia
    así no nos puede haber sucedido a nosotros. El dolor, inevitable en la vida, nos advierte,
    nos protege y a la vez nos vincula. Dicen que el tiempo lo cura todo, pero a nosotros nos
    gustaría que el daño lo repare quien lo causo. A lo mejor nos da miedo olvidar, pero

    perdonar no significa olvidar. Es más bien no tener en la cuenta pendiente lo que esa
    persona nos hizo. A veces no podemos esperar a que quien nos hirió nos pida perdón,
    porque no sucederá. Y si seguimos esperando sabemos que nos quedaremos en el lugar
    dónde nos lastimaron, donde nos abandonaron, donde nos decepcionaron. Cuando nos
    quedamos en ese lugar corremos el riesgo de que pase el tiempo y nos frustremos más aún,
    si cabe, con quien nunca volvió a pedir perdón, con el mundo que no comprende el dolor
    que sentimos y nos dice que “eso ya es agua pasada” y al fin al cabo con nosotros mismos
    por no poder avanzar.

    Iniciar una relación amorosa puede ser algo maravilloso y es algo que por fortuna podemos
    escoger. Cuando esa relación termina también podemos decidir. Cuando vivimos el
    presente con resignación la experiencia es desagradable porque nos resistimos a algo
    inevitable que no escogemos. Cuando aceptamos lo que ha sucedido estamos decidiendo,
    tomamos las riendas y podemos soltar.

    A veces no abandonamos el dolor porque lo consideramos una penitencia por la culpa que
    sentimos. Puede que esa culpa ni siquiera sea consciente. Pero, a lo mejor, la relacionamos
    con algo que hicimos anteriormente. Recuerdo una vez en la que una mujer estaba
    sufriendo por la agresividad constante de quien era su pareja en ese momento. Este
    hombre la ridiculizaba continuamente frente a los demás. Ella se sentía paralizada, incapaz
    de defenderse. Tras algunas sesiones en terapia descubrió que en el fondo se sentía así
    porque se seguía sintiendo culpable por haber sido una adolescente muy rebelde. Con
    su padre se llevaba bien, pero no se dio cuenta del daño que le hacía a su madre cuando
    la ridiculizaba frente a sus familiares y la tachaba de “pesada y anticuada” frente a sus
    amigas.

    Puede que el dolor sea todo lo que nos queda de esa persona a la que amamos, pero quizá
    sea el momento de escoger. Avanzar supone un esfuerzo porque no tenemos garantías
    en un cien por cien de que vayamos a tener éxito. Escoger es un riesgo que implica una
    pérdida de lo que abandonamos pero una ganancia de algo más valioso, aunque sea el
    perdón, autonomía, o caminar en una nueva dirección. Perdonar es desvincularse. Decir
    adiós al pasado es una forma de saludar y abrazar el porvenir.

     

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