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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Murcia

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 18
    Junio
    2012

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    Tim Steiner, el suizo que es una obra maestra

    Win Delvoye, que protagoniza hasta septiembre la exposición de la temporada en el museo parisino del Louvre, es el autor de un eficiente detector de Arte Actual: “Sí, es arte porque alguien ha pagado por ello”. Este artista belga, que acaba de colocar sus cerdos tatuados en las salas de Napoleón III del Louvre y que también ha montado allí su “Cloaca”-una instalación que tras ser alimentada digiere y produce auténticas heces fecales-, sabe muy bien cómo se transforman las cosas en arte. O a la inversa de lo que hace su “Cloaca”: cómo transformar la mierda en mierda muy cara. La cuestión es que la pasta fluya por los conductos adecuados. El arte es arte cuando empieza a digerirlo el mercado, a lo que se ve.

    En 2008, Delvoye transformó al joven suizo Tim Steiner, en una de sus obras maestras. Lo hizo así, tatachán: le tatuó en la espalda una virgen rodeada de símbolos rituales orientales y africanos. Pero el “hecho creador” (en el sentido en el que Delvoye lo entiende) no estuvo en  su habilidad como tatuador. La artesanía no es arte. La chispa de la que brotó el Arte con mayúsculas nació cuando Delvoye logró firmar un contrato con un coleccionista llamado Rik Reinking. Se operó entonces el milagro del arte actual. El mismo y maravilloso truco de prestidigitación que obró por primera vez Marcel Duchamp cuando transformó un simple urinario en una hermosísima pieza de formas orgánicas y porcelana blanca con la simple operación de firmarlo y exponerlo fuera de su contexto habitual. Sin el hálito de Duchamp, un urinario sirve mayormente para mearse en él. Con la “intención” de Duchamp depositada sobre el urinario, ni se te ocurra sacártela muchachito, que empiezan a sonar las alarmas del museo y aparecen los de Seguridad.

    El contrato del que nació el Arte que practica Delvoye se sustanció de la siguiente manera. En primer lugar, el artista belga, en asociación con Tim Steiner, vendía la pieza (suizo a la espalda, técnica mixta) por 150.000 euros. El portador de la virgen tatuada se comprometía a exponer la obra tres veces al año en muestras públicas y privadas donde fuera requerido. De hecho, en las fotos de la exposición del Louvre aparece  Tim descamisado, con el pelo rapado y, por supuesto, del envés, enseñándonos la madonna. Además, en virtud de aquel contrato, a la muerte del portador del tatuaje, su piel ilustrada pasará a manos del coleccionista. O de sus sucesores, si es que Reinking dura menos que la obra que adquirió. Por supuesto, Reinking puede vender la pieza (ojo, sólo la espalda) a otro coleccionista. Finalmente, en el acuerdo comercial se incluyen algunas otras cláusulas menores. Por ejemplo, los familiares de Tim Steiner no podrán evitar que lo despellejen y que el tatuaje acabe enmarcado una vez muerto el portador . El suizo no podrá practicar cualquier tipo de deporte de riesgo ni tampoco montar en moto durante toda su vida. No vaya a ser que la obra resulte dañada.

    La madre de Tim le animó a tatuarse porque era “una oportunidad para experimentar algo salvaje”. Estoy de acuerdo con ella: no hay nada más salvaje que te conviertan en el urinario de Duchamp para que el mercado se te mee encima en nombre del Arte con mayúscula.

     

     

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