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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Murcia

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 13
    Agosto
    2016

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    "Jabalí". (Cap.4): "Paulo Coelho te enseña el camino"

    (En capítulos anteriores: Lela, antes conocida como Eulalia Encarnación López del Vallado, y ahora simplemente como Lela, acaba de ser abandonada por su marido, al que se refiere por el nombre de El Innombrable. Un día, paseando al perro, llamado Pabloiglesias, conoce a Paulocoelho, un jabalí parlante que se convierte en su gurú espiritual. El jabalí la invita a perseguir sus sueños. Y su sueño es conseguir un hombre. Pero no un hombre cualquiera. Ella necesita uno como los que aparecen en las novelas románticas que lee compulsivamente. Un escocés de las tierras altas, un highlander)

     

    ¿Y dónde encontraba ella un highlander? Un highlander como Erik McDorley, el de “El Halcón”, el personaje creado por Monica McCarthy, su preferido: juerguista, con los ojos azules y esas espaldas interminables… el mejor de la Guardia Highlander. Uno como Brandon McLelan, el de "Azotada", de Eliza Lannister. Con barco y todo. Virgen santa, qué calores Lelita de sólo pensarlo.

    “¿Dónde encontramos nosotros algo así?”, reguntaba Lela a Pabloiglesias, el perro, que devoraba parsimonioso pero implacable las bolitas de pienso que su dueña había echado en su cuenco circular y morado. Aquel chucho estaba famélico. No tenía fondo. Cada vez que olfateaba algo de comida, allá se iba. Pobrecillo. Lo había encontrado vagando por la urbanización. ¿Acaso encajaba Pabloiglesias en la deliciosa urbanización de casitas de ladrillos rojos, donde todos los perros tenían pedigrí y eran sacados a pasear en todo terreno? Se lo había encontrado perdido por allí, como alma en pena, justo el día en que El Innombrable había decidido que Lela y él tenían que iniciar “un cese temporal de la relación”.

    Pabloiglesias, el perro, había sido su apoyo en los primeros días de la ruptura. Pero no era lo que realmente deseaba Lela. Lo que ella deseaba se lo había enseñado Paulocoelho, el jabalí parlante, que había encontrado el día anterior. Un sabio el bicho ése. Repetimos: ¿Y dónde encontraba ella un highlander? Tenía tiempo de sobra. Hasta septiembre no volvía al trabajo y estaba empezando agosto. ¿Qué hacer?

    Una lista. En algún sitio había leído que lo primero para encontrar algo era escribir una lista. Así que cogió un post-it y apuntó:

    “LISTA DE LUGARES DONDE PUEDE HABER UN HIGHLANDER:

    Uno. El gimnasio. Hay ducha escocesa.

    Dos. Una academia de inglés.

    Tres. Mejor, una academia de escocés.

    Cuatro. No se me ocurre más.

    Cinco. Ya no me queda sitio en este post-it”.

     

    Una lista no servía. Lela se quedó con el bolígrafo en el aire, súbitamente avergonzada. ¿Qué estaba haciendo? ¿Estaba perdiendo la cabeza? ¿Iba a salir como una loca a la caza del hombre? ¿Y todo porque se lo había sugerido un jabalí, un jabalí parlante? ¿Ella, Eulalia Encarnación López del Vallado, iba a cometer semejante locura? ¿Era eso lo que tenía que hacer ahora, buscarse un hombre? ¿Pero dónde había quedado su dignidad, a su edad? Estaba perdiendo los papeles. ¿O era normal andar desnuda por la casa y que, como le había ocurrido sólo unos momentos antes, la hubiera visto desnuda el vecino? Un Guardia Civil, además. Con los rectos que son…

    Oh, qué terrible desconcierto, qué desvarío.

    Necesitaba volver a hablar con Paulocoelho. Él sabría qué hacer. Cogió de la correa a Pabloiglesias, el perro, que la siguió a regañadientes pues aún no se había terminado la comida. Justo al llegar a la puerta Lela cayó en la cuenta de que no sabía cómo encontrar a su consejero. Al fin y al cabo era un jabalí y ¿dónde viven los jabalíes? Ni idea. Se concedió unos segundos para pensar la mejor manera de dar con él. Algo que no despertase las sospechas de los vecinos al verla todo el día por el parque merodeando. No tardó en dar con una solución: si el día anterior Paulocoelho se le había aparecido justo al caer la noche, lo mejor sería acudir a ese rincón del parque y a esa misma hora. Y lo más probable es que el jabalí apareciese.

    Mientras tanto, pasó la tarde embalando todas las cosas de su marido y jurándose a sí misma que aquel “cese temporal de la relación” no sería más que la antesala segura del divorcio. La operación de embalaje le sirvió para descubrir que su marido guardaba en el cajón de los calzoncillos una caja con fotografías en las que aparecía abrazado a unos cuantos hombres con barba, prominentes barrigas y extremadamente velludos, casi siempre con unas gorras de plato de cuero negro y tirantes sobre el torso desnudo, cosa que indujo a Lela a pensar que el Innombrable se había reencontrado, a escondidas de ella, con sus antiguos compañeros de la mili y que quizá fue ahí cuando empezó a añorar sus tiempos de sana camaradería juvenil. Así son los hombres, pensó. Unos críos, en el fondo. Pero, en fin, aquello era pasado. Y el pasado estaba muerto y enterrado. También, entre caja y caja, entre lágrima y lágrima, iba sacando alguna de sus novelas sobre highlanders y repasaba sus pasajes preferidos. Así que a ratos, gracias al poder evocador de la lectura, se sentía una potra lozana y contestona que se niega a ser domada por un cromañón de tierno corazón, pero rudas manos, que la exprime como un limón contra su castillo de musgo y niebla.

    Así la tarde pasó pronto.

    En cuanto percibió el primer indicio del atardecer, Lela se apresuró a coger a Pabloiglesias de la correa y salir con él al parque.

    En efecto, tal y como había supuesto, Paulocoelho no tardó en presentarse. De nuevo, justo al caer la noche, pudo contemplar aquella sombra moviéndose entre los arbustos. El bicho la saludó con una leve reverencia.

    -Paulo, Paulo… Estoy perdida. Creo que ya he encontrado mi sueño, pero no sé cómo hacerlo realidad.

    Se hizo un silencio y Paulocoelho el jabalí, después de liarse lentamente un cigarrillo (parecía imposible cómo se podía hacer con semejantes pezuñas) y dar una primera y larga calada a aquel tabaco con un sospechoso olor herbal, dijo lentamente:

    -Nunca desistas de un sueño. Sólo trata de ver las señales que te lleven a él.

    Y luego le echó todo el humo de aquel aromático cigarrillo en la cara, cosa que extrañamente provocó en Lela unas insólitas ganas de reír.

    (Continuará)

     

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