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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Murcia

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 25
    Agosto
    2016

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    "Jabalí" (Cap.13): "El rey de la morcilla"

    (En capítulos anteriores: Lela, una mujer de mediana edad, vive un apasionado romance con su vecino José Antonio Gallardo, capitán retirado de la Guardia Civil de Tráfico. Ella lo llama McGallard, porque cree ver en él a la encarnación de un highlander, uno de esos escoceses que protagonizan las novelas románticas que tanto le apasionan. Siempre quiso un highlander en su vida y ahora lo tiene. Lela y McGallard se han embarcado en una gran aventura. Tienen que salvar al maestro espiritual de Lela. Se llama Paulocoelho y es un jabalí que habla y que ella conoció un día, en el parque de la deliciosa urbanización donde reside, mientras paseaba a su perro, llamado Pabloiglesias. En la urbanización se han enterado de la presencia del bicho y quieren cazar al jabalí a toda costa, así que los dos enamorados lo han disfrazado con el uniforme de la Benemérita y lo han sacado de allí de incógnito para salvarle la vida. Los tres se fugan en una moto con sidecar de la II Guerra Mundial. Aún no saben a dónde van ni que van a hacer. La noche se les echa encima y hacen su primera parada: motel “El Polvorín”)

     

     

    Lela y McGallard no pudieron pegar ojo ni hacer el amor aquella noche que pasaron en el motel “El Polvorín”. Los descomunales ronquidos de Paulocoelho, el jabalí, se lo impidieron. No había forma de concentrarse. Además, el hilo musical de la habitación, cuyo altísimo volumen no se podía bajar, tampoco es que invitase a la calma. De fondo sonaba la deliciosa canción corporativa de aquel negocio: “Serrucho, serrucho, serrucho/Esta noche doy serrucho/serrucho/serrucho…”

    A cambio, aunque tuvieron que hacerlo a voces para poder escuchar algo, estuvieron charlando un poco, contándose su vida. Esto dio para unos diez minutos de conversación y con muchos silencios de por medio. Su vida, a qué negarlo, tenía poca sustancia. Si no tuvieran aquel amor, aquella erupción volcánica que había surgido entre Lela y McGallard, habrían descubierto cuán mortalmente insulsas habían sido sus respectivas existencias.

    Pero este amor iba más allá de las palabras y todo mejoró bastante cuando Lela le escamoteó a Paulocoelho uno de sus cigarrillos aromáticos y, tras fumárselo, la pareja descubrió que éstos les causaban una risa muy sana. Es que era un no parar de reír. De hecho, después del primero, le robaron un segundo. Y luego un tercero. Se acabaron casi todos los cigarrillos que Paulo llevaba liados, que eran unos cincuenta. Esto les permitió pasar una noche inolvidable, arrullados por los ronquidos del jabalí y la canción del serrucho: la pasaron entera mirándose cada uno su respectivo dedo índice y muriéndose de la risa de lo gracioso que era aquel dedo. Así amaneció.

    Paulocoelho el jabalí se levantó pletórico, hizo una media hora de ejercicios matinales y se visitió su uniforme de capitán de la Guardia Civil. Antes de que Lela y Mcgallard se dieran cuenta, Paulocoelho, el bicho, había bajado al aparcamiento del hotel, se había puesto el casco de soldado alemán y les esperaba. Se había metido en el sidecar de la moto y fumaba tranquilamente uno de sus pitillos de hierba olorosa.

    Lela y McGallard, pese a que por fin se habían quedado a solas en la habitación, estaban demasiado cansados para hacer el amor, después de una noche de tanta risa sana. Así que se ducharon. Lela se hizo un sencillo peinado de mechas verdes, rosas y moradas con extensiones rastas en los laterales. Pidieron que les subieran a la habitación un par de cafés con dos cruasanes. Luego bajaron pagaron en la recepción del hotel y se subieron a la moto. No hubo manera de sacar a Paulocoelho del sidecar, así que Lela tuvo que subirse al sillín trasero, lo que por otra parte le permitía viajar abrazada a su hombretón. Qué roca, qué tableta. La vida era maravillosa.

    Cuando por fin Lela consiguió colocarse el casco de la Wermacht sin estropearse el peinado, arrancaron. La BMW R75 ya rugía carretera adelante. Lela se giró para ver alejarse la imagen del motel “El Polvorín”, el inolvidable nido de amor donde había pasado una larga noche de amor y risas en compañía de su amado McGallard. Es estas ensoñaciones estaba cuando le pareció ver salir la silueta de su excuñada Trotte y, detrás, la figura del hombre amordazado que anoche había metido en el motel con ella. Lela creyó escuchar a aquel pobrecillo diciéndole a Trotte algo así como “no me dejes, llévame contigo, llévame contigo”. Pero Lela no estaba muy segura.

    McGallard no sabía en absoluto a dónde había que dirigirse, pero ciertamente lo parecía. Lela no se lo preguntó. O se lo preguntó, pero lo que más le gustaba de él era su elocuencia.

    -Ug.

    Eso era un hombre. Ya se sabe que los hombres de verdad son de pocas palabras. Así que Lela simplemente disfrutaba de la emoción del viaje, de la incertidumbre del destino, de la euforia de la libertad y el amor. Uy, otra vez sentía unas incontrolables ganas de reír. El humo de los cigarrillos de Paulocoelho segía dándole en la cara.

    Viajaron los tres sin rumbo hasta que el sol alcanzó su trono del mediodía, por carreteras serpenteantes que parecían no tener fin, cruzando pueblos desconocidos y saludando alegremente a algunos de los lugareños de cierta edad y con boina que encontraban a su paso y quienes, a su vez, les devolvían el saludo levantando el brazo enérgicamente, cosa que Lela no entendía muy bien pero creyó relacionado con los cascos de soldado alemán que llevaban. Oh, deliciosas costumbres del país. Ah, qué vida más diferente ésta, tan intensa, de aquella otra junto al “El Innombrable”, su exmarido, cuando nunca ocurría nada.

    McGallard llevaba la moto dejando que la carretera pasara por su espíritu vaciándolo. Sólo muy de vez en cuando asomaba en su interior el espíritu del inseguro capitán Gallardo, incomodándolo de nuevo con sus dudas de siempre. Oía en su mente cosas como éstas: “¿Pero qué estás haciendo, cabeza loca? A tu edad y fugándote con una cuarentona acabada, ¡con tu propia vecina!, ¿a dónde crees que te conduce esto más que a la ruina y al deshonor?” Pero Lela, como si hubiera conseguido penetrar en su interior y conocer cada una de sus zozobras –eso era el amor- le pellizcaba ligeramente un pezón, haciéndolo volver en sí:

    -Tee-ta, tee-ta. ¡Ug, ug!.

    Una hora después McGallard gruñió de hambre. No tardó en desviarse a la derecha, hacia un altozano. Enfilaba su moto hacia un edificio de una planta, de un marrón indefinido, forrado de plaqueta y ventanas de aluminio, con un montón de camiones aparcados en la explanada delantera. Sobre la fachada, en letras amarillas de plástico, estaba escrito: EL REY DE LA MORCILLA.

    En el interior del restaurante había un ruido ensordecedor. La televisión estaba puesta a un volumen atronador. Los comensales, todos hombres, reían, hablaban a voces y había un continuo entrechocar de cubiertos y un desagradable sonido parecido a un chapoteo, que Lela no tardó en identificar con el que producían todas aquellas bocas mascando. Los colocaron en una agradable mesa justo al lado de los baños, de dónde salían y entraba cada poco uno de aquellos comensales, tocándose mucho sus partes, observó Lela. Pero qué importaba. Desde que McGallard había entrado en su vida todo era de color de rosa.

    No tardó en aparecer el camarero. Sin saludarles siquiera, mientras abría un blog de notas con mil hojas arrancadas y mirando al techo, empezó a recitar:

    -Hoy tenemos: morcillafritaconcebollaypimientoscrujientedemorcillarellenadequesobriesobrecaramelizadodetomatemorcilladulcecanaraiaconmanzanasalteadamorcillaconpiñonesmorcillaveganathermomixempenadillademorcillayquesoroquefortmorcillaensalsadetomatepimientosrellenosdemorcillacanelonesrellenosdemorcillaconcremadeberzaspasteldemorcilladeburgosygorgonzolaminihambruguesasdemorcillacoronadastortademorcillacaramelizadaygratinadosdemorcilladulceconfresones.

    Lela se quedó mirando atentamente al camarero, sopesando qué elegir.

    -Perdone: ¿qué fue lo tercero que dijo? Era algo con morcilla…

    -Hoy tenemos: morcillafritaconcebollaypimientoscrujientedemorcillarellenadequesobriesobrecaramelizadodetomatemorcilladulcecanaraiaconmanzanasalteadamorcillaconpiñonesmorcillaveganathermomixempenadillademorcillayquesoroquefortmorcillaensalsadetomatepimientosrellenosdemorcillacanelonesrellenosdemorcillaconcremadeberzaspasteldemorcilladeburgosygorgonzolaminihambruguesasdemorcillacoronadastortademorcillacaramelizadaygratinadosdemorcilladulceconfresones.

    -Ah, vale. Tráigame una ensalada. Mixta. Sin morcilla.

    El camarero anotó maquinalmente.

    -¿Y el señor?

    McGallard gruñó. Lela le había entendido bien.

    -Al señor tráigaselo todo y por el orden que ha dicho. No se olvide de la morcilla, que tiene que reponer fuerzas.

    Por la sonrisa de su amado y el hilillo de baba que le caía, Lela supo que una vez más había sabido colmar sus apetencias.

    -¿Y el señor capitán general? –digo el camarero señalando con un irónico gesto de la cabeza a Paulocoelho.

    El jabalí tardó unos segundos en responder. Paulocoelho se quitó las gafas de sol con parsimonia y miró fijamente al camarero, achicando un poco los ojos. Tras ese breve tiempo, que al camarero le pareció infinito, dijo:

    -Hay en el mundo un lenguaje que todos comprenden: es el lenguaje del entusiasmo, de las cosas hechas con amor y con voluntad, en busca de aquello que se desea o en lo que se cree.

    El camarero le aguantó la mirada y después anotó en su cuaderno: morcilla con huevos fritos.

    -¿Para beber vino y casera?, añadió.

    -Casera light, por favor -matizó Lela.

    McGallard gruñó. Tenía hambre. Morcilla.

    (Continuará)

     

     

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