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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Murcia

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 24
    Agosto
    2016

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    "Jabalí" (Cap.12): "Esta noche doy serrucho"

     

    (En capítulos anteriores: Lela, una mujer en crisis y divorciada, ha rehecho su vida al lado de José Manuel Gallardo, un capitán retirado de la Guardia Civil de Tráfico, al que ella llama McGallard, porque toda su vida quiso enamorarse de un escocés, de un highlander, y ahora lo ha conseguido. Esta nueva etapa que Lela está viviendo se la debe a su consejero espiritual, un jabalí llamado Paulocoelho, que le ha enseñado el camino hacia el renacer existencial. Pero hay un problema: cuando en la urbanización donde Lela reside se enteran de la presencia del jabalí, quieren organizar una cacería para abatirlo. Lela y McGallard se lo llevan con ellos dos. Van los tres montados en una moto BMW con sidecar de la II Guerra Mundial. Paulo va abrazado a McGallard y vestido con el uniforme de gala de la Benemérita y gafas de sol para pasar desapercibido. Lela viaja en el sidecar. Los tres, protegidos con cascos del ejército alemán en la cabeza, tiran carretera adelante. Emprenden una escapada. De momento, ruedan sin rumbo)

     

    McGallard gruñó y soltando una mano del manillar de la motocicleta señaló hacia la silueta fluorescente de un cartel luminoso de un barril con una mecha encendida que aparecía al final de la carretera. Lela, que iba cambiándose de peinado (mechas violetas sobre negro azabache) y haciéndose las uñas en el sidecar, levantó la mirada y leyó, sobre el barril, “Motel El Polvorín”. Le encantaba aquella decisión de su highlander, aquella elocuencia tan varonil.

    -Ug.

    -Vaale, MacGallard, paramos.

    Entraron en la recepción del Motel, se quitaron los cascos de la moto, se sacudieron el polvo del camino y pidieron una habitación para los tres, lo que pareció sorprender al encargado, un tipo gordo, sudado. Lela creyó ver un asomo de ironía cuando el recepcionista les preguntó:

    -¿Cama matrimonial para los tres? Como quieran. ¿El general duerme con ustedes?

    Parecía que el recepcionista recelaba del uniforme de Paulocoelho.

    -Es capitán –puntualizó Lela, muy cortante-. Y no. No duerme con nosotros. Una cama supletoria para nuestro tío, por favor –añadió Lela arreglándole el uniforme a Paulocoelho, que lo traía un poco arrugado. También le colocó las gafas de sol, que se le habían escurrido un poco y las traía Paulo colgadas de un tobillo.

    -Está bien, está bien –dijo el empleado del Motel El Polvorín.

    De fondo sonaba una agradable y encantadora música de corte caribeño. La letra decía: “ Se prendió la fiesta/ Esta noche voy a beber/Traigan la maicena/Porque voy a dar… Serrucho,serrucho, serrucho/Esta noche doy serrucho/serrucho/serrucho”. Paulocoelho empezó a mover extrañamente la cadera.

    Mientras el recepcionista rellenaba los impresos, McGallard permanecía alerta. No fuera que de un momento a otro aparecieran por allí los cazadores que les estaban persiguiendo para dar muerte a Paulocoelho. Había que tomar todas las precauciones posibles. Tocó al recepcionista en el hombro mientras le asomaba por encima del mostrador un par de billetes de cincuenta euros doblados longitudinalmente, sujetos entre el dedo índice y el anular:

    -Amigo, nunca hemos estado aquí. ¿Entiende lo que le estoy diciendo?

    El recepcionista asintió con un gesto de cansancio. Como si le hubieran hecho esa advertencia millones de veces.

    -No se preocupe, señor, la discreción es nuestra seña de identidad. Nunca nadie ha estado en este hotel. Y mira que ha estado gente.

    McGallard gruñó al recepcionista, lo que provocó que Lela se abrazase excitada a su torso de acero. Él la apartó con delicadeza, acariciándole levemente la barbilla. Vio en su rostro el brillo del deseo que los consumía. McGallard ardió también. Empezaron a darse cachetes en el culo el uno al otro. De fondo sonaba: “Serrucho, serrucho, serrucho”.

    -Esperen a llegar a la habitación, si no les importa –añadió el recepcionista. Tomen la llave, es la 502.

    McGallard, algo ofendido por la impertinencia de aquel empleaducho, le arrancó la llave de la mano con gesto violento. Lela lo contuvo enseñándole una teta, obligándolo a seguirla. Los tres se dirigieron al ascensor sin mediar una palabra más. Entraron y, cuando estaban a punto de cerrarse las puertas, un brazo apareció de repente en el interior del ascensor. Aquel brazo, un brazo de mujer, agarró a Lela de la pechera y la extrajo de allí antes de que McGallard pudiera hacer nada para evitar que las puertas se cerrasen y el ascensor comenzara a subir sin su enamorada en él.

    -¿Qué haces aquí, condenada traidora, sierva sumisa del patriarcado explotador?

    -¿Y tú?

    Lela y Trotte se miraban muy cerca, casi nariz con nariz. Lela siempre había considerado a su cuñada, la hermana de su exmarido, El Innombrable, extremadamente fea. Y, de hecho, lo era sin asomo de duda. Fea para mujer. Aunque no tanto para hombre, a decir verdad. Todo el mundo decía que guardaba un sorprendente parecido con Sylvester Stallone. Sólo que Trotte era más corpulenta.

    -Te he visto entrar en el ascensor. Ibas con dos hombres. Y uno de ellos, Guardia Civil además. No tienes vergüenza. ¿Así es como te recuperas de la ruptura con mi hermano?

    -Por favor, Trotte. Déjame en paz. No me sermonees. Soy una mujer, una mujer libre que se está empoderando. ¿No decías que tenía que empoderarme? Pues hala, ya está.

    Lela podría parecer lela, pero sabía dar donde dolía. Su cuñada se quedó sin palabras. De repente relajó el gesto.

    -Está bien, está bien. No haré más preguntas. Haz lo que quieras. Al fin y al cabo, es tu vida. Nosotras parimos, nosotras decidimos.

    -Pues eso, nosotras decidimos.

    Trotte se apartó un poco de ella y le extendió la mano para sellar la paz. Entonces Lela descubrió que en la otra mano su cuñada llevaba bien sujeto el cabo de una cuerda y, al final de la cuerda, había un hombre, maniatado y amordazado con cinta americana. Un hombre vestido de verde, con ropas de cazador, tocado con un ridículo sombrero tirolés con unas plumas de gallo y faisán aún más ridículas. Tenía la cara roja, congestionada. Parecía que la cinta americana que le tapaba la boca no le dejaba respirar con facilidad. Abría y cerraba las aletas de la nariz con mucho esfuerzo. La excuñada observó que Lela posaba su mirada en el hombrecillo y quería saber de dónde había sacado aquella pieza. Trotte consideró que le debía una cierta explicación. En el fondo, ya lo sabía Lela, la excuñada era un cacho de pan:

    -Esta mañana era la cacería del jabalí en la urbanización, la que te conté. Te dije que habíamos decidido transigir y que íbamos a permitir, por el bien de la sociedad, que los machos depredadores cazadores salieran con sus escopetas para cazar al dichoso jabalí…

    -Sí, lo recuerdo bien –dijo Lela fingiendo complicidad y con la íntima satisfacción de descubrir que su cuñada no se había dado cuenta de que el señor vestido de guardia civil era realmente el jabalí y tampoco tenía ni idea de que realmente había sido ella quien había salvado a Paulocoelho de morir asesinado por aquellos criminales.

    -… Pues resulta que al final las chicas cambiaron de opinión, votamos y decidimos que no lo íbamos a permitir. Algunas de nosotras, que militan en el partido animalista, impusieron su criterio, se alinearon con el jabalí y en la votación salió que aquella cacería era otra agresión machista intolerable. Así que celebramos la carrera de la mujer. Y ya sabes lo que ocurre en estos casos.

    Trotte hizo un gesto contundente con puño cerrado.

    -Machete al machote –recitó Lela.

    -Machete al machote –repitió Trotta con una sonrisa victoriosa en el rostro.

    Luego Trotte le contó cómo se había desarrollado todo. Más o menos según la tradición de la carrera de la mujer. Salieron a correr y cuando se encontraban a un macho depredador cazador le pasaban por encima al grito de “¡Machete al machote!” Y luego otro. Y luego otro. Algunos sucumbieron a la primera. Para otros tuvieron que hacer varias pasadas. Había unos veinte y se resistían los condenados. El que más se resistió había sido éste que ahora traía con ella, explicó Trotta. Al parecer, el pobre desgraciado además de cazar era presidente de la peña taurina y se cuenta que un año pescó el “campanu” en Asturias. “Pobre hombre, no cabe imaginar mayor degradación”, añadió Trotte sacudiendo la cabeza con serena tristeza.

    Lela se sintió conmovida, le puso una mano sobre el hombro a aquella monumental mujer y luego abrazó sinceramente a su excuñada. Acarició su nuca con suavidad. Entonces Lela descubrió un brillo especial en los ojos de su cuñada, que sacó de su bolso un rollo de cinta americana y se la dio: “Toma. Toda mujer siempre necesita una de éstas. Guárdala, te hará falta. Es el único lenguaje que entienden los hombres”.

    Lela echó otro vistazo a la pieza que traía consigo su excuñada.

    -¿Y qué vas a hacer con él, Trotte?

    -Me lo voy a pasar por la piedra.

    El hombre amordazado empezó a convulsionar y pareció gritar de terror bajo la cinta americana. Pero no se escuchó nada. En la recepción del Motel El Polvorín sólo se escuchaba esa agradable canción: “Serrucho, serrucho, serrucho/Esta noche doy serrucho/serrucho/serrucho…”

     

    (Continuará)

     

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