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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Murcia

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 23
    Agosto
    2016

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    "Jabalí" (Cap.11): Van tres en una moto

     

    (En capítulos anteriores: Lela vive una crisis total. Ha roto con su marido pero ha encontrado un maestro espiritual que la orienta: se trata de Paulo Coelho, un jabalí que merodea por el parque de la urbanización donde ella reside. Lela, gracias a los sabios consejos de Paulo, ha iniciado una tórrida relación con quien ella cree un escocés de las tierras altas llamado McGallard, pero que en realidad es su vecino José Manuel Gallardo, capital retirado de la Guardia Civil, sección de Tráfico, sesentón y virgen por más señas. Todo es maravilloso, pero un día la pareja se entera de que en la urbanización están organizando una gran cacería para abatir a Paulocoelho el jabalí, así que deciden sacarlo de allí con gran disimulo. Para que nadie se dé cuenta, visten al bicho con gafas de sol y el uniforme de gala de la Benemérita que McGallard usó en sus tiempos en el Cuerpo. Hoy se plantean cómo escapar de allí sin ser reconocidos.)

     

    -¿Y dónde vamos a ir montados encima de esto?

    -“Esto” que usted dice, adorable jovencita, es una BMW R75, una de las mejores motocicletas de la historia. Un mito rodante de la II Guerra Mundial. Una moto cuyo sidecar está conectado al eje trasero, lo que la convierte en un vehículo muy maniobrable y muy capaz en la mayoría de los terrenos. Pesa 400 kilos, tiene 26 caballos de potencia, desarrolla una velocidad de 95 kilómetros por hora. Puede transportar a tres soldados completamente equipados. Esta moto, querida, fue ampliamente usada por el África Korps y también en la invasión de Rusia por la Werhmarcht. De hecho, ésta que tienes delante de ti, palomita, aunque primorosamente restaurada, es la misma con la que mi abuelo regresó a España. Primero desde el frente ruso, donde luchó con la División Azul, y después desde Berlín, donde hizo una prevé parada en 1945 para unirse a la defensa, infructuosa por otra parte, de la capital del III Reich. Lo que tienes ante ti es, por tanto, un buen pedazo de historia del siglo XX.

    McGallard, orgulloso por la explicación aportada, se quedó con los brazos en jarras, mentón al cielo, fulgurante.

    Lela, harta de rollos bélicos y nazis, se sacó una teta. McGallard, otra vez, perdió el sentido.

    -Tee-ta, tee-ta.

    -Anda, tira, calamidad, que nos van a pillar.

    Paulocoelho, el jabalí, esperaba sentado levantado sobre las dos patas traseras, haciendo gala al uniforme de gala que llevaba puesto. No le quedaba nada mal, observó Lela.

    Sin decir una palabra más, obedeciendo las órdenes de su dueña y señora, McGallard arrancó aquel pedazo de historia del siglo XX que a los ojos de Lela no era más que un buen pedazo de chatarra. Por un segundo, Lela echó de menos el confortable todo terreno que ella y “El Innombrable” poseían. Un todo terreno como el de todos los vecinos de la encantadora urbanización de casitas de ladrillos rojos. La moto era lo que había. El único vehículo que poseía McGallard. Al menos andaba. Era su única manera de escapar para salvar la vida a Paulocoelho.

    Lela se reservó el sidecar para ella. Paulo iría en el sillín trasero abrazado a Mc Gallard, que a su ver iba pilotando, aunque ligeramente molesto por la presión de los colmillos del jabalí en la espalda. Lela preguntó si el casco que ahora le entregaba McGallard –uno igual para cada uno de los tres- le estropearía mucho el peinado, pues acababa de hacerse un moño en forma de nido de abeja que le había quedado francamente impresionante. McGallard le aseguró que, por fortuna, los stahlhelm de la Wermarcht quedaban bastante holgados. Por tanto, confiaba en que su peinado estaría completamente a salvo.

    Dicho lo cual, los tres abandonaron la deliciosa urbanización de casitas de ladrillos rojos.

    McGallard trató en todo momento de evitar las autopistas. Sabía que, por culpa de los recortes, sus excompañeros del Cuerpo apenas ya tenían recursos para controlar las carreteras secundarias, así que nadie les daría el alto. Lela le había advertido de que la misión en la que se habían embarcado (salvar al jabalí Paulocoelho) estaría llena de peligros. En cuanto se corriera por la urbanización la voz de que el jabalí había tomado las de Villadiego, se decretaría una alerta general y todos los cazadores de los alrededores se lanzarían en su busca para darle muerte.

    -Vivimos tiempos peligrosos, amor mío -le dijo Lela a McGallard cuando apenas llevaban cinco kilómetros de marcha.

    El comentario ( al que añadió un ligero mordisco en el lóbulo de la oreja) sirvió para que de nuevo su pasión, ya de por sí altamente combustible, se incendiase. Y allí mismo, detrás de un seto, hubieran de consumarla unas cuantas veces. Sin quitarse los cascos de alemán, lo que ocasionó una especie de ritmo metálico semejante al que produce un cencerro. Fue un tiempo que Paulocoelho disfrutó con tranquilidad, fumándose, uno tras otro, doce de sus ya característicos cigarrillos. Fumaba y veía pasar a los coches, que frenaban estrepitosamente al llegar a su altura, al verse sorprendidos por la engañosa estampa de guardia civil que lucía el jabalí.

    Cuando la feliz pareja de enamorados por fin regresó a la moto alisándose las ropas y sacudiéndose de encima innumerables brinzas de hierba, preguntaron a Paulocoelho el jabalí si se había aburrido esperándolos. En ese caso, le rogaban que aceptase sus más sinceras disculpas. A lo que Paulocoelho respondió:

    -La calma absoluta no es la ley del océano. Lo mismo ocurre en el océano de la vida.

    Aquello, como todo lo que decía el bicho, fue una cosa que nadie allí entendió, especialmente McGallard, pero sobre lo que Lela se prometió reflexionar posteriormente. Paulo nunca decía las cosas gratuitamente. Ella lo sabía bien. Quizá más adelante sus palabras cobrasen sentido. Las señales. Hay que dejar que nos lleguen las señales, se dijo Lela.

    El día era decididamente veraniego. La carretera se abría a su paso como una promesa infinita. La mandíbula de buque de McGallard galopaba y cortaba el viento. Lela se sintió inmensamente feliz: el humo de los cigarrillos de Paulocoelho iba dándole de pleno en la cara.

     

    (Continuará)

     

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