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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Murcia

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 05
    Septiembre
    2015

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    El síndrome de la fabada

    Acabo de recibir la visita de un buen amigo de infancia que trabaja justo al otro lado del mundo. Ovetense de nacimiento, es investigador senior en un instituto universitario público relacionado con los recursos minerales que, no obstante, trata en todo momento de autofinanciarse y lograr beneficios colaborando con la empresa privada. Para ello recorre el mundo buscando nuevos contratos, estableciendo alianzas con investigadores y empresas de todo el planeta. Además, forma parte del panel de editores de una de las revistas científicas más destacadas de su especialidad, que omito a petición suya. Viaja, hace investigación de vanguardia, traba negocios y da conferencias en numerosos países, pero –llegamos al objeto de este artículo– jamás nadie de su Universidad (la de Oviedo) le ha preguntado si quiere hablarles a los alumnos asturianos sobre su experiencia, aunque sea de manera informal; algo que él estaría encantado de hacer, por otra parte. Nunca nadie de su ámbito profesional en Asturias le ha planteado una posible colaboración. Se topó, por contra, con soberbios monólogos de antiguos profesores que se vanagloriaban de haber podido al fin colocar un artículo en la revista antes mencionada donde mi amigo participa como editor.
    A los pocos días de que mi amigo me contase su pena, encontré a otra persona, un hostelero cuyos locales en Oviedo siempre están llenos: buenos precios, oferta innovadora, atención muy cuidada. Ejemplar. Están a la que salta. Al final se despidió así: “Ahora lo importante no es saber, lo importante es saber quién sabe”.
    Exacto. Y yo me pregunto: ¿Realmente queremos en Asturias aprovechar el conocimiento de los que saben?
    La Universidad de Oviedo –cuyo curso comenzó ayer– es la fábrica de la que sale uno de los productos más competitivos de la región: “el listu”, el joven talento capacitado para entrar en cualquier empresa o institución de las más punteras del mundo. Hay decenas de ejemplos. Exportamos listos y luego nos entregamos a la lamentación maternal y los vemos (falsamente) como al emigrante de los sesenta. Los formamos con nuestros impuestos (y con su esfuerzo y sus tasas, claro) pero luego dejamos a otros los frutos de sus mentes. No podemos darles las suficientes oportunidades económicas para traerlos a todos de vuelta, pero ¿les seguimos la pista?, ¿tratamos de colaborar con ellos?, ¿aprovechamos que son “de los nuestros” para que nos transmitan cómo se hacen las cosas donde las cosas se hacen bien? ¿Cuánto nos interesa saber quiénes saben y aprender de ellos?
    A veces veo esos programas televisivos sobre españoles o asturianos en el extranjero. La mayoría de los entrevistados derrochan ese espíritu emprendedor que llevamos décadas buscando por aquí. Pero esos reportajes no buscan desvelar las claves del éxito en sus respectivas profesiones. La pregunta clave parece, siempre, cuánto añoran la fabada que hacía mamá.

     

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