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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Murcia

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 25
    Septiembre
    2012

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    Coral Palomera, una víctima más

    Esto es lo que dice Wikipedia sobre el acto de podar. “Podar es el proceso de recortar un árbol o arbusto. Hecho con cuidado y correctamente, la poda puede incrementar el rendimiento del fruto; así, es una práctica agrícola común. En producción forestal se emplea para obtener fustes más rectos y con menos ramificaciones, por tanto de mayor calidad. En arbolado urbano su utilidad es, por un lado, prevenir el riesgo de caída de ramas, y por otro controlar el tamaño de árboles cuya ubicación no permite su desarrollo completo”. También explica Wikipedia que “con frecuencia, en jardinería, se utiliza la poda para conseguir formas artificiales en los árboles o arbustos. Bien ejecutada y repetida con la periodicidad adecuada puede aumentar el valor ornamental de los mismos”.

    Queda claro que la poda de un árbol, en manos de un profesional, en absoluto se parece en nada a arrasar la selva amazónica, por citar un crimen de los gordos contra el medio ambiente. Pero en el Madrid de 1989, cuando Esperanza Aguirre era concejala de Medio Ambiente, la poda de de especies vegetales debía de ser un asunto harto espinoso, quizá sólo equiparable en la balanza de los desórdenes morales a una masacre en los Balcanes, algo que por aquellas fechas estaba bastante de moda y era lo peor de lo peor. La poda y clareo indiscriminados de minorías étnicas, digo.

    Aquel año, la mujer que aún no había llegado ser coronada como “lideresa” del PP madrileño, emperatriz de todos los liberales, ministra primero y después presidenta de la comunidad madrileña, había prometido públicamente que no se iban a podar más árboles en  la capital del reino, no fuera que alguien en la gran ciudad acabase sin oxígeno por falta de hojas para hacer la función clorofílica. Y fue precisamente la poda de tres plátanos en El Retiro lo que le brindó la oportunidad de podar ella misma el destino de uno de los funcionarios que tenía a su cargo.

    En un periódico de tirada nacional aparecía este domingo la triste historia de Coral Palomeras, que en 1989 era responsable de Jardines Históricos del Ayuntamiento de Madrid. Ella fue quien ­(suponemos que en ejercicio de sus competencias y saberes profesionales) mandó podar los tres plátanos del Retiro y así desató sobre ella la cólera de Aguirre. Palomeras fue la primera persona que destituyó fulminantemente la buena de Esperanza, que así estrenaba un historial de ejecuciones políticas francamente envidiable en cantidad y calidad.

    A la política que tanto prometía, y que de hecho tan alto llegó, nada le costó deshacerse de Coral Palomera. Seguro que le bastó con levantar el teléfono. Pero la víctima de aquella poda política lo pagó bien caro. “Aquello destruyó mi carrera profesional. Fui dando tumbos en el Ayuntamiento por estar bajo sospecha”, confesaba el pasado domingo, tantos años después de aquella operación de jardinería ejecutada con implacable motosierra. Dice Wikipedia que la poda, si se hace mal, tiene sus riesgos pues si “se practica de forma inadecuada (mutilaciones como el desmoche)” puede ocasionar “pudriciones de la madera que acortan la vida de los árboles e incrementan el riesgo de rotura de ramas”. Eso fue, más o menos lo que le pasó a aquella funcionaria que por entonces tenía 43 años y se quedó profesionalmente desarbolada. “Estaba enamorada de mi cargo y de mi profesión, porque era una de las pocas ingenieras agrónomas que había en España”, declara. Asegura que “en lo personal” no odia a Esperanza Aguirre, pero  reconoce que “aquello fue muy doloroso”. Y asegura que “ella tomó una postura arrogante”. Coral Palomera se jubiló en un puesto “en el que no tenía nada que hacer”.

    La amarga historia de Coral Palomera es doblemente lacerante. No sólo por la ruina profesional que se le vino encima a una diligente funcionaria por culpa de una política tan  ambiciosa como incapaz de diferenciar un crimen contra la humanidad de un saludable hábito jardinero. Lo peor, lo más descorazonador, es la banalidad del motivo que causó su destitución. Por un quítame allá esas ramas.

    La actividad humana tiene una peligrosa y caprichosa propensión a generar víctimas por doquier con razón o sin razón, por motivos heroicos o por causas que rozan el absurdo. Parece que esta biología nuestra estuviera movida por un cruel motor de explosión que necesitase expulsar  a muchos de nuestros congéneres por el tubo de escape. A veces convertidos literalmente en humo. En la práctica, la vida, el honor, la dignidad de los otros, y en especial de los más débiles, de los indefensos, acaba valiendo una mierda en cuanto nos descuidamos. Quizá porque sabemos lo que somos, porque nos conocemos bien y sabemos que puestos a podar no tenemos rival, llevamos siglos protegiéndonos de nosotros mismos con la ley, la religión o la moral. Aunque a veces también la ley, la religión y la moral son causa de los más exhaustivos exterminios. En este jardín cualquier herramienta es válida para desarbolarnos.

     

     

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