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  • 15
    Diciembre
    2015

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    tecnología Economia REGION CIENCIA VIDA Y ESTILO PARTICIPACION

    NOBEL POR LO QUE NO LOGRO

    Desde Lavoisier, a finales del siglo XIX, estaba en vigor la teoría del calórico, el flogisto o el éter luminífero, que fue el concepto que permitió introducir racionalidad para intentar explicar cabalmente la combustión, cuando no se conocía lo suficiente para dar una explicación satisfactoria. La Humanidad ha tenido que defenderse permanentemente de la magia con la que se han intentado explicar las cosas. El éter era el medio que se pensaba que permeaba el Universo y suministraba, por tanto, un substrato en el que se propagaba la luz. Porque el vacío, al igual que el infinito, son conceptos inaprensibles, inalcanzables e incomprensibles para la razón humana. Todos los intentos de soslayarlos han tenido como lei motiv, evitar un concepto incómodo para el propio pensamiento, por abstracto que este haya sido.

     

    En 1907 el Premio Nobel recayó en Albert Michelson por no encontrar el éter en sus experimentos, en los que midió la velocidad de la luz. Recibió el Premio como primer americano que lo lograba y, justamente, por un trabajo que no hizo, como era el de no encontrar al éter. Durante décadas se había teorizado sobre el éter, desde los despachos, por tanto desde la más estricta “oscuridad”, hasta que los experimentos de Michelson hicieron levantar la vista para postular que no existía el éter y comprobarlo fehacientemente. En su famoso experimento Michelson y Morley, diseñaron un experimento para medir la velocidad de la luz en dos direcciones perpendiculares entre sí y  con una distinta velocidad lineal en relación al éter. Sus resultados negaron tal circunstancia y sugerían que la Tierra no se trasladaba. Esto es lo que permitió a Einstein proponer un nuevo Universo en un marco teórico que nunca se había formulado y que, ciertamente, hasta ese momento resultaba inimaginable. Se trataba de formular una teoría que fuera compatible con la traslación de la Tierra.

     

    Se cree que el procedimiento científico consiste en acumular datos que proceden de observaciones, que se tratan y que conforman lo que se ha dado en denominar investigación experimental. El denominado método científico se dice que consiste en observación, formulación de hipótesis (o viceversa), tratamiento de los datos obtenidos y vuelta a empezar, observación, nuevas hipótesis… en un bucle sin fin. Exactamente así no ocurren las cosas, pero algo muy parecido, aunque menos ordenado, incluso más conveniente que así sea en muchos casos. El objetivo de un experimento es aprender algo. Cuando se revela algún hecho, cuando se encuentra algo, descubrimos algo. El término descubrir es autoexplicativo: des-cubrir, es decir, quitar lo que cubre, correr la cortina que tapa y no nos deja ver, abrir el escenario que no contemplábamos y ver donde no éramos capaces de ver nada. De esta forma, se ponen al descubierto nuevos hechos. Rodin era muy gráfico cuando señalaba que lo que hacía para obtener una escultura, era, precisamente eso, quitar la parte que no era la escultura. Así, desbrozando el material que no forma parte del arte, se desvela la componente artística. Louis Amstrong también señalaba que lo más importante eran las notas que no tocaba.

     

    Es de señalar la importancia que adquieren los experimentos fallidos. La capacidad de aprendizaje a partir de lo superfluo, perfila bastante mejor el acierto de la interpretación cabal de los hechos. Son tan significativos o más los hechos desencaminados que los certeros. Las hipótesis se conforman a partir de los hechos de que se dispone y las hipótesis erróneas ayudan a conducir hacia una formulación acertada de la interpretación. Es por ello, por lo que resulta especialmente relevante que Michelson obtuviera el Nobel al poder descartar a partir de los hechos que manejaba la inexistencia de otros, como lo eran los relacionados con el éter. Muchos consideran que es el experimento más importante de la Historia de la Ciencia. Una hipótesis formulada cuando no se conocían hechos suficientes para proponerla, ya que era solo la necesidad de propiciar un marco que no contuviera elementos demasiado irracionales.

     

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