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  • 03
    Julio
    2016

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    tecnología Murcia

    MOZART BIOLÓGICO

    Es fácil conjeturar que al principio los sonidos debieron dominar la Tierra. Tempestades, movimientos orogénicos, las propias mareas,... debieron ir acompañados de un ruido fenomenal. En los textos que registran el origen de los tiempos, se incluye la referencia a la “vibración primera”. Así,  el poema indio Mahabharata, datado en siglos XV-XVI A. C., relata la conjugación de sonido y silencio en la formación del Cosmos. El inicio de la vida comparte silencio y sonido. En China, el “libro de las mutaciones” también es una referencia armónica similar. De hecho, hoy se utiliza la musicoterapia, que es descendiente del uso del sonido con fines terapéuticos. En Occidente, de forma parecida, se dice que “en el principio era el verbo, …, recordando que logos en griego significa palabra  pero, también, sonido. En todo caso, en la Física de hoy, la escena que se configura para el Big Bang es de un apocalíptico ruido, sobrecogedor y descomunal.

    La Humanidad en su devenir ha movido su cuerpo para producir o acompañar sonidos. Las leyendas en que dioses crean instrumentos  o usan de la magia del sonido incluso para engendrar criaturas son numerosas. La comunicación con los espíritus a través de los sonidos y con las divinidades, son comunes en muchos pueblos. Hace unos 40.000 años, el hombre debió conquistar el fuego, quizás soplando por una caña hueca y haciéndolo, quizás, por casualidad. El ritmo marcado con distintas partes del cuerpo: pies, manos, palmas, sacudiendo algún objeto, soplando conchas o con cualquier artilugio, le acercaba a la atención de los dioses. La invocación de la lluvia, simulando el sonido del viento haciendo girar una tabla situada en el extremo de una cuerda o la simple emulación de los sonidos emitidos por la Naturaleza, le situaban en planos de acercamiento a los misterios de la propia Naturaleza. El ritmo guerrero, que facilita el desplazamiento o articula la defensa colectiva, se lograba con lo que después serían instrumentos de percusión. En las tareas domésticas ocurría otro tanto, pues las operaciones repetitivas como el machacar grano o remar, acontecen rítmicamente y los instrumentos de percusión lo remarcan.

    Nuestra existencia discurre entre un primer grito cuando los pulmones comienzan a funcionar, hasta que exhalamos el último suspiro. Es posible que nunca permanezcamos en silencio. Otra cosa es que buena parte de los sonidos que se producen no los oímos, ya que solamente son audibles entre 20 y 20.000 herzios.  Pero, además de estos ruidos externos, hay otra fuente de ruido que es nuestra propia biología. El embrión está acompañado de ruidos: movimiento del quilo en la digestión, ritmos cardíacos, respiración rítmica y la voz de la madre. Pensemos que a los cuatro meses los oídos ya funcionan, y restan otros cinco en el vientre materno sumergidos en sonidos de baja frecuencia. En 1950 Tomatis estudió la incidencia del sonido en el feto, concluyendo que el que proviene de la madre es una estimulación primaria y provienen de los ruidos corporales de ésta, incluyendo su voz y susurros. Cuando nace, es la única voz que conoce y es aconsejable los primeros días recrear el ambiente auditivo del útero materno, hasta que comienza a oír en un ambiente aéreo. Tomatis grababa la voz de la madre, eliminaba los sonidos de baja frecuencia y recreaba la voz que el feto habría oído en el útero. Cuando no era posible grabar la voz materna, lo suplió con música de Mozart, concluyendo que ésta era la más efectiva para corregir las deficiencias auditivas y psicológicas, sustituyendo a la voz materna, en especial si se trataba de conciertos de violín, que emulaban la voz humana.

    Actualmente, se acepta que el feto es sensible a sonidos y música, pero también al timbre emocional de la voz materna y que, desde el enfado hasta la aceptación, desde la gratitud al resentimiento, etc, capaces de provocar cambios hormonales o impulsos de carácter neurológico, tienen incidencia en el feto. Los padres deberían transmitir, dado el carácter tranquilizador: músicas, cantos, nanas y sonidos coincidentes con los que se dieron en la época fetal. Todo un efecto neuronal que incide en el buen desarrollo. ¡Mozart se brinda!

     

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