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  • 15
    Diciembre
    2015

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    tecnología Murcia

    MASTICANDO GENES

    No es nada nuevo cuando decimos que comemos, esencialmente, células. Se estima en 60 trillones de células las que componen nuestro cuerpo, que hay que reemplazar, periódicamente, por células nuevas. Algunas de ellas tienen un ciclo de unos días, mientras que otras requieren varios años. Todas tienen en común que están constituidas por agua y elementos que se ingieren en las comidas. De aquí que el agua y la comida sean dos elementos vitales para nuestra existencia. La comida, por tanto aporta ADN y genes, por tanto, que sufren, también, el proceso de la digestión. El ADN representa una fracción diminuta, pero todo el que forma parte de las células que ingerimos tiene que sufrir el proceso de fragmentación a que se verán sometidos en el tracto digestivo y en las distintas etapas de la digestión.

    No hay que confundir ADN con genes, son cosas distintas. Un fragmento de ADN no es un gen funcional, sino solamente eso, un fragmento o trozo en que ha resultado dividido como consecuencia de los procesos que definen la digestión. No es correcto, por tanto suponer que por el hecho de ingerir ADN en los alimentos, se puedan transferir genes a las bacterias de los intestinos, a los órganos o a los tejidos de nuestro cuerpo. Las enzimas que intervienen en la digestión  degradan el ADN, en primer lugar fragmentándolo y después atacando las estructuras del mismo constituidas por azúcares. El resultado de la digestión se absorbe por el cuerpo o por las bacterias que hacen el trabajo en los intestinos, que se alimentan de parte de los propios alimentos sobre los que operan. Ahora bien, en ningún caso hay diferencia en el tratamiento que le da nuestro organismo a la dotación genética proveniente de una planta o animal, tratados mediante la ingeniería genética (mejorados genéticamente) y el que le da a la gran cantidad de ADN que existe en las plantas y animales que forman parte de nuestra habitual alimentación. Es decir, los fragmentos de ADN en los intestinos son habituales desde que la alimentación consiste en la ingesta de componentes orgánicos: animales y vegetales. Desde siempre.

    Las proteínas no se generan sin un promotor funcional. Por tanto, un fragmento de un gen no tiene la capacidad de producir una proteína asociada a un gen completo. Es la experiencia vital de toda nuestra existencia la que avala tal incapacidad. Podíamos pensar que un fragmento, azarosamente, puede corresponder a un gen. Incluso que uno de los genes alterados mediante la ingeniería genética, transgen, es el que constituye tal fragmento y, por tanto, se trata de un gen funcional transferido desde una planta o animal transgénico. No hay evidencia de que tal circunstancia se haya producido. Netherwood, estudió en 2004 los movimientos de fragmentos de genes de la digestión alimentaria en el intestino de voluntarios humanos. Hay que reclamar, entonces a la Historia. Hace millones de años, la exposición de nuestro intestino a fragmentos de ADN sin digerir era proverbial. No se trataba de ingesta de alimentos transgénicos, sino los que la Naturaleza otorgaba. Es decir, la exposición al ADN  de plantas no transgénicas en el intestino y la absorción por el bazo y el hígado. Si fueron inocuos en el pasado, hay que presuponerlo que también lo son en la actualidad. En todo caso, de los numerosos estudios realizados, no se ha evidenciado en ninguno de ellos la transferencia a alguna bacteria del intestino humano. Hohlweg y Doerfler  evidenciaron en 2001 que el  ADN de plantas no-transgénicas persiste en el intestino, que los fragmentos se absorben en el bazo e hígado de los animales que los consumen. Pero no hay evidencia para la expresión de genes que se absorbieron y se ingirieron en la dieta. Las pruebas para la aparición de este ADN en la progenie a lo largo de ocho generaciones fueron negativas desafortunadamente. La conclusión es que el ADN no entra a la línea germinal. Brillante resultado. Para pensar, reflexionar y tranquilizar.

     

     

     

     

     

     

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