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  • 11
    Septiembre
    2016

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    tecnología Murcia

    LA CONSCIENCIA COMO EPIFENÓMENO

     

    El devenir del pensamiento sobre la cuestión más peliaguda de cuantas enfrenta el ser humano, cual es el binomio ciencia – consciencia, ha pasado por los altibajos de considerar materia y mente como un sistema único (monismo), o como dos sistemas separados (dualismo). En los primeros tiempos prehistóricos, la Humanidad sustentaba la teoría monista (animista). La mente no se regía por las Leyes del Universo, sino que el Universo se regía por las leyes de la mente. Los presocráticos pusieron algunas cosas en claro y Demócrito en el siglo V a.C. formuló la teoría atómica que suponía aceptar una estructura basada en unas partículas indivisibles (átomos) que explicarían las propiedades. Fue el primer intento conocido que fue de una teoría mecanicista. En este contexto. aun cuando aportaciones de Lucrecio y Epicuro en los siglos I y IV a.C., lo cierto y verdad es que fue una teoría abandonada durante mucho tiempo. En parte, tuvo que ver la arrebatadora propuesta de Aristóteles en el siglo IV a.C., que dominó la escena del pensamiento durante quince siglos, retornando a un monismo que proponía cinco elementos constituyentes del mundo: tierra, agua, aire, fuego y éter, admitiendo una serie de tendencias naturales propias de los materiales, para justificar su comportamiento. El sentido común se alineó con la propuesta de Aristóteles- Pero no distinguir entre mente y materia, lo que ocurre con todas las teorías mecanicistas, implica que la explicación que se dé a la materia, tiene que ser la misma con la que se aborde la explicación de la mente.

     

    Galileo vino a poner el punto en la i al animismo aristotélico en el siglo XVI. Hizo abandonar las tendencias “naturales” de la naturaleza que propuso Aristóteles y recuperó la propuesta de Anaximandro, que le diera forma Pitágoras en los siglos VI y V a.C., por la cual la Naturaleza se rige por unas leyes universales, donde no cabe la magia ni las casuísticas especulativas y milagreras que quedan fuera del régimen independiente sino a leyes que inexorablemente se cumplen en el Universo. De nuevo se retorna a un mundo donde se cuestiona el libre albedrío, porque esas mismas leyes de la Naturaleza, habría que aplicarlas a las personas, ¿por qué no? Muy poco después, Descartes, en la primera mitad del siglo XVII pretendió soslayar los problemas del monismo y propuso separar el cuerpo material de la mente, que era inmaterial y la conexión era la glándula pineal. De esta forma se estudiaba el Universo como si se tratara de un mecanismo, sujeto a sus leyes y la libertad, el alma o Dios quedaban aparte, aunque no fue suficiente este intento de congraciarse con la Iglesia, para evitar que sus escritos se incorporaran al índice de los libros prohibidos por la Inquisición.

    La tregua entre la Ciencia y Religión, no duró demasiado. Cuerpo y alma, tras Descartes, estaban separados, pero se descubrió que la glándula pineal no funcionaba como había propuesto aquél. El escalón siguiente fue prescindir del alma y suponer que el cuerpo era un autómata que ya llevaba la consciencia incorporada. Juntos, de nuevo, mente y cuerpo, ahora la batuta la llevaba el cuerpo que tomaba el relevo a la mente que había regido en la época animista. Del mismo modo que el corazón o el hígado o los pulmones tenían su cometido como mecanismo, ¿por qué iba a ser diferente el cerebro? En todos los órganos y sistemas humanos se cumplen las leyes de la Física, de la Naturaleza, ¿Cómo compatibilizamos que tomemos decisiones que luego ejecuta el cuerpo?

     

    No se ha explicado aún. La complejidad es colosal. A finales del siglo XIX Huxley, firme defensor de la teoría de la evolución, introdujo el concepto de epifenómeno para explicar la consciencia. Según Arroyo, aunque nos parezca que nuestras intenciones son las que dirigen nuestras acciones, nuestro cerebro actúa de forma automática y la consciencia es un subproducto de su actividad, que mediante procesos ocultos nos produce la ilusión de que somos nosotros quienes decidimos. La consciencia volvió a tener un papel secundario, fuera del universo medible y sin incidencia sobre la materia. De nuevo monismo, pero con desconexión. Así entramos en el siglo XX. Hay mucho más. Lo veremos.

     

     

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