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  • 08
    Octubre
    2015

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    tecnología Ciencia

    EL DIABLO QUE HACE PUFF

     

    Wolkswagen ha puesto en primera página al automóvil. Esta vez por nada positivo. Los alemanes nos han fallado, cuando nos han vendido que lo bueno, la calidad era privativo de lo alemán. Claudia Schiffer, lo sigue diciendo, sin sonrojarse. Al socaire del hecho repasemos la historia del nacimiento de los vehículos autopropulsados, cuando eran ecológicos o casi, de forma natural. Porque, claro está, hubo un momento en que el reto era substituir el “tiro de sangre” por uno de origen mecánico que resultará de más fácil manejo e incansable y, sobre todo, más económico.

     

    No es nada nuevo que la Humanidad se plantee un objetivo como éste. Se cita a Herón de Alejandría, ingeniero y matemático helenístico, que vivió en el siglo I después de Cristo y se le considera como uno de los más grandes científicos e inventores de la antigüedad. El esplendor helenístico se centró en especial en Alejandría. Herón fue un precursor de la mecánica, por cuanto descubrió una forma arcaica del principio de acción y reacción. El mismo refiere al inventor griego del siglo III a. C., Cetsibio, que fue un incansable investigador de relojes de agua, con mil detalles técnicos para mejorar su funcionamiento, que ya utilizó el agua para mover figurillas, hacer girar torres, hacer sonar trompetas y cosas así. Construyó un órgano hidráulico, hydraulis, empleando válvulas y émbolos que empujan aire, estableciendo como clave que la corriente de aire es constante y el tubo se elegía accionando un teclado. También construyó una bomba para sacar agua que describieron Herón y Vitrubio.

     

    El mayor invento de Herón, fue la máquina de vapor, que denomino eolípila, que era una máquina que consistía en una esfera hueca, que estaba conectada a una caldera a través de dos tubos. El interior de la esfera se llenaba de agua, que se hacía hervir calentando la caldera y el agua hirviendo subía a la esfera a través de los tubos por los que estaba conectada y de la esfera salían a través de dos tubos curvados y opuestos, actuando como un par fe fuerzas que hacían que la esfera girara sin parar. Nunca se empleó en nada práctico y pudo ser un simple juego de entretenimiento. Ejemplifica el principio de acción y reacción que luego propusiera Newton.

     

    Pasaron muchos siglos hasta que en 1797 Richard Trevithick construyó el primer modelo de vehículo de vapor. Su trabajo consistía en mejorar la máquina de vapor introducida por Watt, reduciéndola de tamaño y empleando calderas capaces de producir mayores presiones. La caldera de su vehículo se calentaba mediante una barra de hierro al rojo que se introducía en el tubo de calefacción. En 1801 colocó el ingenio sobre ruedas y lo bautizó con el nombre de Puffing Devilel diablo que hace puff”. Transportaba hasta 8 pasajeros y alcanzaba la velocidad de 8 kilómetros por hora. Trevithick siempre tuvo la obsesión de construir un carruaje de vapor que circulara por las calles. Watt le prohibió trabajar en ello, porque pensaba que perdía el tiempo. Efectivamente, con la máquina de vapor de baja presión de Watt, era imposible. De hecho Watt le llegó a decir que como pusiera un maquinista para llevar una máquina de alta presión y estallara, el mismo se ocuparía de que le ahorcaran. A lo que Trevithick le contestó que se pondría el mismo al mando. Le costó mucho patentar el invento, porque Watt había protegido más de la cuenta el suyo. Fue en 1801 en la pequeña villa de Illogan, en el condado de Cornualles cuando se sobrecogieron repentinamente por el estrépito inaudito de los “bufidos”. El monstruo se arrastraba sobre unas ruedas y de un tubo dirigido al cielo surgían ráfagas jadeantes desparramando un humo sibilante. Lo montaba un hombre sonriente, Trevithick, o capitán Dick como le llamaban cariñosamente. Un año después circuló el “diablo que hace puff” con seis pasajeros sobre el adoquinado de la Times Square londinense. ¡Un escándalo! Antes de que volvieran los observadores en sí, había desaparecido por un callejón lateral. Nada más se supo de aquel carruaje y de su conductor.

     

     

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