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Raíces y alas
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Blog Raíces y alas - ANTONIO BALSALOBRE MARTÍNEZ

ANTONIO BALSALOBRE MARTÍNEZ

Miembro del Colectivo de Estudios Locales Trascieza, perteneciente al Club Atalaya-Ateneo de la Villa de Cieza, colabora activamente en las publicaciones que edita esta asociación. Participa, además, en el periódico digital LAtalaya. "Columnista de la La Opinión de Murcia”.

Sobre este blog de Murcia

Este blog se ocupa principalmente de temas de actualidad. Sin embargo, haciendo buena la máxima de que nada humano nos es ajeno, hablaremos un poco de todo: de lo humano, de lo divino, de nuestro entorno más cercano, de tierras lejanas, de hechos que se pierden en el tiempo, de nosotros, de los demá...


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  • 27
    Noviembre
    2013

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    SOCIEDAD

    Rajoyinas

    Las cuchillas de la valla de Melilla recuerdan –salvando algunas distancias- las de las guillotinas. Ambas están pensadas para cortar y disuadir. Aquí acaba probablemente la coincidencia, aunque no es pequeña. La cuchilla que propulsó el doctor Guillotin y lleva su nombre ya hace algún tiempo que pasó a mejor vida. Las destinadas a impedir el paso de inmigrantes ilegales vuelven a Melilla y a la valla que separa España de Marruecos después de que fueran retiradas en el 2006. Al doctor Guillotin le impulsaba un afán “humanitario”, de hecho estaba en contra de la pena capital. Pero puesto que había que ajusticiar a los condenados a muerte, mejor que la ejecución fuera expeditiva y poco dolorosa. A Rajoy le impulsa un afán pragmático: impedir por todos los medios que los nuevos parias de la tierra crucen su Rubicón. Como si muros, vallas o cuchillas pudieran parar lo imparable: huir del hambre, de la miseria y querer una vida mejor.

    Dicho esto, conviene situar las cosas en su justo término. Que a uno le parezca una aberración colocar cuchillas en una valla fronteriza no significa necesariamente que abogue por abrir las puertas de par en par o eliminar cualquier tipo de control. La inmigración debe estar normalizada y regularizada. De eso no cabe ninguna duda. Europa debe acoger a los perseguidos o a los que huyen de la miseria en función siempre de sus posibilidades, que quizá sean más de las que nos creemos. El inmigrante no puede ser el enemigo, y mucho menos en un país, como España, de larga tradición emigrante.

     Para contener las oleadas migratorias no deseadas que se avecinan tiene que haber otras soluciones. La primera de todas pasa por mejorar las condiciones de vida en los países de origen. Mientras no se cumpla esta premisa, todas las puertas que se le pongan al campo serán en vano. La última tragedia en Lampedusa lo ha puesto claramente de manifiesto. Por mucho que algunos quieran circunscribir el problema a un asunto de mafias, las migraciones no cesarán –como nunca han cesado a lo largo de la historia- mientras haya millares de refugiados económicos o humanitarios dispuestos a dejarse la vida para acceder a alguna tierra prometida. En unos casos será en pateras o barcos de fortuna, y en otros saltando las vallas más altas y pertrechadas. Que no crea Rajoy que conseguirá detenerlos con sus sangrientas cuchillas. Añadirá, si cabe, más dolor a la desesperación. Pero nada más.

     Con el tiempo, algunos descendientes de Guillotin se cambiaron el apellido para disociarse de la máquina exterminadora. Si sigue insistiendo en que se repongan, Rajoy corre el peligro de que estas cuchillas inhumanas tomen para siempre su nombre. Ojalá que no sea así. Ojalá que deje de hacer caso a su sectario ministro del interior y reconsidere su postura. Por simple cuestión de humanidad. Ojalá que en el tiempo transcurrido entre escribir este artículo y publicarlo, las temibles “rajoyinas” hayan pasado a mejor vida.

     

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