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Raíces y alas
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Blog Raíces y alas - ANTONIO BALSALOBRE MARTÍNEZ

ANTONIO BALSALOBRE MARTÍNEZ

Miembro del Colectivo de Estudios Locales Trascieza, perteneciente al Club Atalaya-Ateneo de la Villa de Cieza, colabora activamente en las publicaciones que edita esta asociación. Participa, además, en el periódico digital LAtalaya. "Columnista de la La Opinión de Murcia”.

Sobre este blog de Murcia

Este blog se ocupa principalmente de temas de actualidad. Sin embargo, haciendo buena la máxima de que nada humano nos es ajeno, hablaremos un poco de todo: de lo humano, de lo divino, de nuestro entorno más cercano, de tierras lejanas, de hechos que se pierden en el tiempo, de nosotros, de los demá...


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  • 01
    Abril
    2013

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    SOCIEDAD

    Metáforas

    La tortura ha estado siempre presente en la historia de la humanidad. Sin ir más lejos, la palabra “trabajo” procede del latín “tripalium”, un aparato de tres palos para sujetar las caballerías, que al parecer también servía de instrumento de tortura. Durante siglos, trabajo y tortura han estado íntimamente unidos. Pero no es a esa vieja “tortura” que se abate todavía sobre millones de personas en el mundo (en forma de trabajo precario, infantil o desempleo) a la que quiero hoy referirme. Sino a otra. Al tormento que se ejerce sobre un reo para causarle angustia, dolor físico, o simplemente vejarlo y humillarlo. La que sufrió, por ejemplo, Jesucristo crucificado en una cruz y que, como la anterior, sigue sufriendo demasiada gente. A veces, por el simple hecho de defender unas convicciones propias.

    En la historia de la infamia, la crucifixión ocupa un lugar cumbre. Es abyecta, brutal e inhumana, no sólo porque busca prolongar la agonía del reo hasta el extremo, sino porque tiene también un carácter público y ejemplarizante. Hoy en día, la tortura es más sofisticada pero igualmente cruel. Amnistía Internacional la sigue denunciando en demasiados sitios. La simulación de la asfixia puede ser legal en EEUU y la lapidación se sigue practicando donde persiste el fanatismo. Incluso, puede que algunos de nuestros soldados la hayan ejercido en Afganistán, según revela un vídeo.

    Por eso no termino de entender, aunque respeto, esa exaltación de la muerte que se hace en los días de Semana Santa. Esa exhibición de la tortura, envuelta, eso sí, en una belleza barroca subyugadora. Una manifestación de un marcado carácter religioso que se compagina, por otra parte, con un desenfreno festivo en auge. Viernes Santo, en algunos lugares, se lleva la palma, convertido en continuador y heredero de aquellas fiestas paganas que los romanos celebraban para recibir la llegada de la Primavera y que la Iglesia suplantó.

    Mi aversión al suplicio me viene de pequeño. Desde el día en que oí decir a un familiar que a los asesinos había que embadurnarles el cuerpo desnudo de miel y dejar que las avispas los picaran hasta morir. Reconozco que esa imagen me ha perseguido durante años y constituye el mejor antídoto contra la idea de aceptarlo. Ver o imaginarse a alguien morir en una cruz es una experiencia dramática y sobrecogedora. Constituye una metáfora poderosa, y quizá insustituible, del sufrimiento humano. Frente a ella, se yergue otra, que prefiero: la de la resurrección. Es decir, la capacidad del ser humano de reinventarse en la adversidad. “Para nacer he nacido”, decía Neruda. Esta última metáfora exalta la vida. La vida, a la que Violeta Parra en una canción memorable le daba las gracias por habernos dado tanto.

     

     

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