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Raíces y alas
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Blog Raíces y alas - ANTONIO BALSALOBRE MARTÍNEZ

ANTONIO BALSALOBRE MARTÍNEZ

Miembro del Colectivo de Estudios Locales Trascieza, perteneciente al Club Atalaya-Ateneo de la Villa de Cieza, colabora activamente en las publicaciones que edita esta asociación. Participa, además, en el periódico digital LAtalaya. "Columnista de la La Opinión de Murcia”.

Sobre este blog de Murcia

Este blog se ocupa principalmente de temas de actualidad. Sin embargo, haciendo buena la máxima de que nada humano nos es ajeno, hablaremos un poco de todo: de lo humano, de lo divino, de nuestro entorno más cercano, de tierras lejanas, de hechos que se pierden en el tiempo, de nosotros, de los demá...


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  • 28
    Agosto
    2013

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    SOCIEDAD

    Mediterráneo

    El Mediterráneo no siempre es el recuerdo de esos días azules y ese sol de la infancia. Ni ese mar “sin cesar empezando”, salpicado de velas y palomas, que han cantado poetas como Paul Valéry o Serrat. Ni muchos menos esas imágenes publicitarias idílicas que ponen los dientes largos a los turistas. El Mediterráneo es eso, sí, pero no sólo eso. Es también un universo del cual no se pueden ocultar sus excesos. De Algeciras a Estambul, palomas y olivos sangran y tiñen de rojo sus riberas. Del uno al otro confín, se extienden demasiados países heridos.

     Reparo en este contraste, en este juego de ideas opuestas, mientras leo junto al mar “Un gato de Alejandría. Conversaciones entre G. Moustaki y Marc Legras” y a mi lado, posado sobre la arena, me espera el periódico, cuya lectura he dejado para más adelante, pero cuya portada da cuenta de un Egipto que arde por los cuatro costados. Y por un momento, caigo en la cuenta de que hasta las aguas de la costa murciana, donde me encuentro, llega el olor a la sangre que se vierte en El Cairo, el grito de deseperación de nuestros primos griegos o el eco del levantamiento de esa plaza turca donde Occidente y Oriente se tocan.

    Hay demasiadas riberas incendiadas en este mar nuestro para que no nos lleguen señales alarmantes de humo. Empezando por España, que se desangra con el paro y la corrupción. Seguida de Francia, también tocada por la crisis y procurando hacer de contrapunto en la Unión Europea a su potente vecina del norte. O de Italia, donde la ópera bufa berlusconiana no parece tocar a su fin. Tampoco están mejor los Balcanes, siempre asentados sobre un volcán en semi erupción. Y qué decir de Turquía y Egipto, que se debaten entre un islamismo más o menos moderado y un laicismo militarista con algún toque liberal. Israelíes y palestinos siguen, por su parte, viviendo sobre un polvorín. Se vuelve a hablar de negociaciones de paz, pero los primeros siguen poniendo cada segundo que pasa otro ladrillo en el nuevo muro de la vergüenza. Beirut parece condenado a convertirse cada cierto tiempo en un campo de ruinas. Y Siria se encuentra sumida en un caos insalvable. De Libia, casi nada se sabe desde que cayó Gadaffi, y lo poco que llega no siempre es bueno. Tunicia, precursora de las revoluciones árabes, se encuentra estancada. Y Argelia y Marruecos van, pero de aquella manera.

     Egipto, sin olvidar nunca los territorios ocupados, es quizá el lugar donde se esté jugando actualmente la partida más importante y decisiva. El golpe de estado militar, apoyado por gran parte de la sociedad laica y democrática, contra el gobierno fundamentalista de los Hermanos Musulmanes, ha reavivado como nunca el debate de la legitimidad democrática y ha dejado a más de uno descolocado. A mí el primero. Algo parecido ocurrió en Argelia hace un par de décadas. Los votos son los que dan la legitimidad a los gobernantes, pero nunca para que éstos actúen contra la propia democracia.

     Durante la lectura, levanto la mirada y la vista se pierde en la inmensidad del mar. Me impregan su luz y su olor. Una luz y un olor que, en palabras de Serrat, lo acompañan por donde quiera que vaya. Coincido con él, que a fuerza de desventuras, el alma de este mar, que un día fue centro del mundo, es profunda y oscura. Por momentos, demasiado oscura. Pero, ¿qué le vamos a hacer? Aunque de tierra adentro, nosotros también hemos nacido en el Mediterráneo.

     

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