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Raíces y alas
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Blog Raíces y alas - ANTONIO BALSALOBRE MARTÍNEZ

ANTONIO BALSALOBRE MARTÍNEZ

Miembro del Colectivo de Estudios Locales Trascieza, perteneciente al Club Atalaya-Ateneo de la Villa de Cieza, colabora activamente en las publicaciones que edita esta asociación. Participa, además, en el periódico digital LAtalaya. "Columnista de la La Opinión de Murcia”.

Sobre este blog de Murcia

Este blog se ocupa principalmente de temas de actualidad. Sin embargo, haciendo buena la máxima de que nada humano nos es ajeno, hablaremos un poco de todo: de lo humano, de lo divino, de nuestro entorno más cercano, de tierras lejanas, de hechos que se pierden en el tiempo, de nosotros, de los demá...


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  • 23
    Julio
    2014

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    SOCIEDAD

    El río que nos lleva

    Aprendí a nadar en el río, a su paso por Cieza, con una calabaza hueca por flotador. Fue en las Zarzas, un poco más abajo del Puente Hierro. Tendría cinco o seis años, y desde entonces he procurado que no pase verano en que no vuelva a sumergirme en sus aguas. Para los que nacimos tierra adentro, cuando las piscinas aún no habían proliferado y el mar quedaba lejos, el baño en el río es más que un chapuzón para refrescarse. Sumergirse en sus aguas es una sensación única, un placer raro, un lujo ecológico.

    Es la vuelta a la libertad, a la naturaleza virgen e incontaminada de nuestra infancia. El regreso a una reserva natural, atravesada por un cauce en cuyas aguas nos reconfortamos. Decir río es decir el Arenal, las Estacas, el Álamo, la Presa, la Brujilla, la Verea Puncha, el Gorgotón… Lugares de baño que han sufrido cambios con el paso de los años, pero cuyos nombres siguen evocando en muchos ciezanos recuerdos imborrables.

    Los míos están asociados especialmente al principio de los años 70, cuando con doce o catorce años pasábamos las mañanas de julio y agosto, en pandillas, zambulléndonos como jóvenes amazonianos en sus aguas correntosas y siempre frías, y sorteando, en aquella jungla, cañas, zarzas, ramas de árboles o rocas. Pero no son los únicos. Hay más. Como Miguel Ríos, en su mítica canción, yo también recuerdo aquel día en que nos fuimos a bañar; aquel agua tan fría y su forma de nadar, en el río aquel…

    Aquellos años y los anteriores corresponden con su época de esplendor. Era, en realidad, el único lugar de baño y acudía el pueblo “entero”: familias con sus hijos, jóvenes en pandilla y hasta curtidos nadadores que participaban en carreras organizadas por el Club Juvenil Atalaya. Luego, llegaron los ochenta, mejoró la economía y se produjo el éxodo a las piscinas y a las playas. Pero no se quedó solo. Siempre hubo grupos de irreductibles que le fueron fieles. Ahora, con la crisis y el mayor apego a la naturaleza, sus riberas se han vuelto a poblar de bañistas.

    Con el tiempo, las zonas de baño se han ido reduciendo. Y la Presa, a unos dos kilómetros del casco urbano, es la que se ha convertido, por así decirlo, en el “campamento base”. Desde allí salimos río arriba, por el sendero que lo bordea, caminamos quinientos metros, un kilómetro, según las ganas, y luego bajamos a nado, dejándonos llevar por la corriente. Algunos incluso se atreven a subir hasta la “Isla del Hachís”, que está bastante más arriba. En este ritual, que se repite varias veces, no pueden faltar las sandalias cangrejeras de toda la vida que nos protegen tanto del calor del asfalto como de alguna piedra afilada del fondo.

    Hay una norma no escrita que debe respetar todo bañista: no bañarse nunca solo. Por eso la mejor hora para el baño es la del mediodía. Cuando más gente hay y se forman “expediciones” para subir y bajar. La fuerza de la corriente y el color verdoso intenso del agua pueden jugar malas pasadas. El grupo vela por cada uno de sus miembros.

    Zambullirse en el río es pues un ejercicio de responsabilidad que requiere respetar ciertas reglas. La primera, conocer el terreno, y luego dejarse llevar, aprovechando el impulso de la corriente, a veces briosa, sin ofrecer apenas resistencia. Es como si nuestro cuerpo se convirtiera en una embarcación que tenemos que aprender a dirigir. Una nave que debe sortear las aguas turbulentas, girar en los meandros agudos para no estamparse contra las rocas de la orilla, impulsarse en los remansos y maniobrar adecuadamente para llegar a buen puerto. Utilizando una comparación prosaica, diré que es una sensación comparable a la de utilizar por primera vez la velocidad de crucero en un coche. De pronto, sin pisar el acelerador, uno se siente proyectado hacia adelante por una fuerza misteriosa, imparable, liberadora. También hay bajadas organizadas en barcas o en zodias, o descensos por el cañón para aventureros expertos, pero eso es otra historia.

    “Segura” para nosotros, “Thader” para los romanos, río bermejo, para los árabes, por el color arcilloso de sus aguas entonces… Este es nuestro río. El que riega nuestros campos, nuestras huertas. El que nos lleva. El que debería ser merecedor de un mayor cuidado y protección por parte de los poderes públicos.

    Convertido en una metáfora de la vida, por sus aguas nos dejamos llevar, deslizar, entre olores a cañas, a vegetación húmeda, a álamos o sauces llorones. Sin ofrecerle, eso sí, demasiada resistencia porque acabaría rindiéndonos. Y, sobre todo, disfrutando de un placer atávico que cada verano nos vuelve a reconciliar con la infancia y la naturaleza.

     

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