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Raíces y alas
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Blog Raíces y alas - ANTONIO BALSALOBRE MARTÍNEZ

ANTONIO BALSALOBRE MARTÍNEZ

Miembro del Colectivo de Estudios Locales Trascieza, perteneciente al Club Atalaya-Ateneo de la Villa de Cieza, colabora activamente en las publicaciones que edita esta asociación. Participa, además, en el periódico digital LAtalaya. "Columnista de la La Opinión de Murcia”.

Sobre este blog de Murcia

Este blog se ocupa principalmente de temas de actualidad. Sin embargo, haciendo buena la máxima de que nada humano nos es ajeno, hablaremos un poco de todo: de lo humano, de lo divino, de nuestro entorno más cercano, de tierras lejanas, de hechos que se pierden en el tiempo, de nosotros, de los demá...


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  • 29
    Mayo
    2013

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    SOCIEDAD

    Au revoir, Moustaki

    Con su pinta de extranjero, de judío errante, de pastor griego, de músico y de vagabundo se nos ha ido Moustaki. Nos deja, eso sí, sus canciones, que seguirán sonando en nuestros corazones y en las aulas de francés. Porque este “métèque” alérgico a las fronteras no fue sólo el cantautor que le puso música y poesía a la revolución permanente sino también el mejor auxiliar de conversación –o lector, como se le llamaba entonces- en las clases de francés. Eterno adolescente, se colaba en las aulas a través del tocadiscos o radiocasete, la guitarra bajo el brazo, y se ponía a cantar sus canciones que los alumnos tarareaban a coro. En realidad, pocos han hecho tanto como él por la difusión de la lengua de Hugo y de Molière, aunque fuera sin proponérselo. Y su voz cálida, su aguda sensibilidad, sus versos soñadores y rebeldes vinieron, como una bocanada de aire fresco y libertario, a llenar de ideas y sonidos nuevos las aulas anquilosadas de los setenta.

     La primera vez que asistí a un concierto suyo –después de desgastar durante años sus discos- fue en Yecla, en el Teatro Cocha Segura. Lo recuerdo vestido de blanco –elegante y refinado-, el pelo revuelto, algo mayor, y cantando sus canciones de siempre, también tarareadas por un público entregado que se las conocía al dedillo. Allí, entre canción y canción, nos habló de su amor por la palabra y los viajes, de su amor por la vida y sus placeres, y reivindicó, cómo no, el derecho a la pereza. Una prerrogativa que, a juzgar por el repertorio de más trescientas canciones que nos ha dejado, nunca se aplicó del todo a sí mismo.

     Bastante antes, en nuestra adolescencia, Moustaki nos había enseñado algo que procuramos no olvidar: que hay que tener raíces, pero también piernas y alas. Que a la libertad hay que entregarle hasta la última camisa aunque a veces la traicionemos por el amor de una bella carcelera. Y que es preciso “tomarse el tiempo de vivir”. Este discípulo de Brassens y amante de Edith Piaf se lo tomaba componiendo para él o para algunos de los intérpretes más importantes de la canción francesa: Yves Montand, Barbara, Serge Reggiani...O perdiéndose en una isla griega con sus amigos, en un lugar de ensueño, en una casa acogedora para hacer cosas sencillas: pescar, comer en una taberna, pasear por la orilla del mar.

     Le métèque es quizá su canción más conocida y constituyó todo un himno del mestizaje cultural. Formaba parte de su álbum de 1969 que contenía también títulos tan emblemáticos como Ma solitude o Le temps de vivre. La revuelta juvenil de Mayo del 68, a la que apoyó y que había sido para él “un gran momento de poesía”, acababa de terminar, y eso se notaba en el disco. “Mi sensibilidad se acerca a los libertarios, a los huelguistas, sin la vocación ni la misión de imponer mis ideas”, decía. Y las letras de sus canciones, siempre comprometidas, tenían el raro privilegio de ser sencillas y profundas a la vez.

    Desde pequeño, en la Alejandría donde nació, vivió rodeado de las más diversas lenguas. Sus padres -sin ir más lejos-, judíos de origen griego, hablaban por lo menos media docena. Allí fue educado en la escuela francesa, y también fue políglota desde niño. Luego recorrió el mundo con su guitarra cantando en francés, idioma al que se lo debía todo, según contaba. Pero visto lo visto, a fin de cuentas, es la lengua francesa la que está en deuda con él.

    ¡Y que uno tenga que morirse algún día!, solía decir. Hombre de voz dulce pero de ideas fuertes, como lo ha definido François Hollande, la semana pasada, a los 79 años, Moustaki se despidió en Niza de ese Mediterráneo que lo vio nacer y se marchó de madrugada. Los cabellos al viento, la barba enmarañada, fue a unirse con su “soledad”, su última compañera, con quien nunca estaba solo, decía.

     

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