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Raíces y alas
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Blog Raíces y alas - ANTONIO BALSALOBRE MARTÍNEZ

ANTONIO BALSALOBRE MARTÍNEZ

Miembro del Colectivo de Estudios Locales Trascieza, perteneciente al Club Atalaya-Ateneo de la Villa de Cieza, colabora activamente en las publicaciones que edita esta asociación. Participa, además, en el periódico digital LAtalaya. "Columnista de la La Opinión de Murcia”.

Sobre este blog de Murcia

Este blog se ocupa principalmente de temas de actualidad. Sin embargo, haciendo buena la máxima de que nada humano nos es ajeno, hablaremos un poco de todo: de lo humano, de lo divino, de nuestro entorno más cercano, de tierras lejanas, de hechos que se pierden en el tiempo, de nosotros, de los demá...


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  • 05
    Marzo
    2014

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    SOCIEDAD

    Antonio Machado

    Estoy sentado en la terraza de un bar frente al mar de Collioure, el pueblo donde murió Antonio Machado, aunque no en el que eligió morir. Hace un día espléndido. Brilla el sol y el calor no agobia. A esta hora de la tarde, el cielo exhibe un azul intenso, como queriendo ratificar el tópico de que no hay en Francia cielo más azul que el de este pueblo incrustado entre la playa y el monte, entre el mar Mediterráneo y los fronterizos Pirineos.

    Un poco antes del mediodía he visitado la tumba del poeta y me ha embargado un sentimiento parecido al que experimenté en Viznar, junto al olivo que debería cubrir los restos de Lorca, o en la casa de Miguel Hernández, en Orihuela. Me he emocionado tanto como me puedo emocionar ante la tumba de un ser querido, porque Machado hace tiempo que forma parte de nuestro universo íntimo. Es a la vez ese gran mito de la literatura española y un hombre de carne y hueso, de “torpe aliño indumentario”, a quien se le caía con frecuencia la ceniza del cigarrillo sobre la ropa, y que murió un 22 de febrero de 1939 en el pequeño hotel Boulogne-Quintana, que se encuentra a unos doscientos metros, a mis espaldas. Sólo tres semanas antes de ese fatídico día llegó el poeta a Collioure, este pintoresco puerto pesquero, a tan sólo veintisiete kilómetros de la frontera española. Atrás quedaba la guerra y empezaba el calvario del exilio.

    Procedente de Barcelona, Antonio Machado viajaba con su madre Ana Ruiz, su hermano José y la esposa de éste. Al cruzar la frontera había empeorado el tiempo. Rugía el viento y caía una lluvia helada. “A cada momento –recordaría el escritor Corpus Barga, que los acompañaba en el coche- la carretera se hacía más intransitable, atestada de vehículos y de gente. Por los caminos se arrastraban millares de hombres, mujeres y niños venidos de todas partes…” Los cuatro han venido “con lo puesto y nada más”. Antonio está cansado y enfermo, su madre extenuada. Pero, con todo, se han librado del horror de los cercanos y vergonzosos campos de refugiados, en realidad campos de concentración – Saint Cyprien y Argelès-sur-Mer- donde se van hacinando en condiciones infrahumanas miles de españoles menos afortunados.

    Las calles que Machado viera atestadas de refugiados rebosan hoy de turistas con atuendos playeros, en su mayoría ajenos a las miserias de aquel exilio. Hace tiempo que Collioure está catalogado como uno de los pueblos más pintorescos de Francia, lugar predilecto de artistas y bohemios en tiempos pasados –Matisse, Picasso, Duffy, Juan Gris- y del turismo de masas, ahora. También dejaría escrito Barga que al llegar a la frontera, un suboficial de la Gendarmería francesa detuvo el automóvil en el que viajaban para identificarlos. “Oiga, le dijo Barga, este señor es en España algo así como Paul Valéry en Francia”. El guardia se cuadró y ordenó dejarlos pasar. Mientras tanto, su madre anciana, al borde del delirio, no paraba de preguntar: “¿Falta mucho para Sevilla…?

    La tumba está al ras del suelo y carece de cualquier boato, aunque nunca faltan flores o versos desparramados. Junto a su nombre, en la lápida, figura el de Ana Ruiz, su madre, que murió tres días después que él. ¿Capricho del destino o muestra evidente de que el dolor también siega vidas? En este cementerio de reducidas dimensiones se agolpa en un punto parte de la historia de España, que como decía Gil de Biedma, quizá sea la más triste de todas las historias.

    Por expreso deseo del poeta y de la familia, el entierro fue estrictamente civil. Envuelto en una bandera republicana, el ataúd fue llevado a hombros por refugiados españoles. Asistieron a la ceremonia los vecinos del pueblo y distintas personalidades tanto francesas como españolas. Según revela Ian Gibson, unos días antes, una mañana que salió a pasear, al acercarse al mar y contemplar las casas de los pescadores y las barcas de pesca en la playa, Machado le confesó a su hermano: “¡Quien pudiera quedarse aquí en la casita de algún pescador y ver desde una ventana el mar, ya sin más preocupación que trabajar en el arte!”. Cuenta también Pauline Quintana que una tarde bajó al salón con una pequeña caja de madera. Se la entregó y le dijo: “Es tierra de España. Si muero en este pueblo que me entierren con ella.” Y así se hizo.

    De Collioure, ese pequeño pueblo junto al mar, partió su nave, aquella que nunca habría de tornar. Y a bordo lo encontraron con “lo puesto”, tan ligero de equipaje como aquellos pescadores que por las mañanas vería salir a faenar en sus barcas pintadas de colores y empujadas por velas latinas. Ese había sido su deseo: partir “casi desnudo, como los hijos de la mar”.

    75 años después, al poeta lo sigue cubriendo el polvo de un país vecino. Y aunque nos duela, allí debe permanecer. Como memoria viva de la tragedia del exilio. Como alegoría ineludible de la historia de España. Aquí nos queda su obra. Inmensa. La poesía de unos de los poetas españoles más leídos y queridos, convertida en “palabra esencial en el tiempo”. Y un verso encontrado en el bolsillo de su gabán, en “un pequeño y arrugado trozo de papel”. Un último verso que quizá pueda condensar toda una vida: Estos días azules y este sol de la infancia.

     

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