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Raíces y alas
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Blog Raíces y alas - ANTONIO BALSALOBRE MARTÍNEZ

ANTONIO BALSALOBRE MARTÍNEZ

Miembro del Colectivo de Estudios Locales Trascieza, perteneciente al Club Atalaya-Ateneo de la Villa de Cieza, colabora activamente en las publicaciones que edita esta asociación. Participa, además, en el periódico digital LAtalaya. "Columnista de la La Opinión de Murcia”.

Sobre este blog de Murcia

Este blog se ocupa principalmente de temas de actualidad. Sin embargo, haciendo buena la máxima de que nada humano nos es ajeno, hablaremos un poco de todo: de lo humano, de lo divino, de nuestro entorno más cercano, de tierras lejanas, de hechos que se pierden en el tiempo, de nosotros, de los demá...


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  • 01
    Abril
    2015

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    SOCIEDAD

    A puerta cerrada

    Finalmente, parafraseando a Sartre, el infierno fue el otro. El que se negó a abrir la “maldita” puerta. El que durante ocho interminables minutos no sucumbió a las súplicas del comandante, ni a los gritos de los pasajeros. Y lo que es peor, porque es donde culmina su deshumanización, ni siquiera a las llamadas de su conciencia. El infierno fue ese copiloto que, aislado en una cabina transformada en búnker, a puerta cerrada, se convirtió en un ángel exterminador.

    Entrar en los motivos que llevaron a Andreas Lubitz a morir matando a ciento cuarenta y nueve inocentes es entrar en el lado más oscuro del ser humano. En un infierno en el que no vale ninguna referencia conocida. Ni siquiera la de la locura. Ya Sófocles decía hace más de dos mil años en su “Antígona” que “nadie hay tan loco que desee la muerte”. Pero si no es eso, ¿qué es entonces?

    Quizá, así, para salir del paso, pudiera valer lo que alguien apuntó a propósito de los asesinos de Charlie Hebdo: “Encerrado en el círculo de su propia manipulación, el monstruo no tiene ninguna conciencia de ser un asesino”. Tal vez sea esto lo único que podamos decir para intentar explicar, que no entender, por qué un joven de 28 años se inmola en un atentado suicida o estrellándose en los Alpes con sus pasajeros.

    Frente a ese “L’enfer, c’est les autres” (El infierno son los otros), que acuñó Sartre en su obra de teatro existencialista “A puerta cerrada”, frente a ese monstruo homicida, surge la figura de un fiscal que te reconcilia con las instituciones y con el género humano. A puerta abierta, Brice Robin, fiscal jefe de Marsella, fue el pasado 27 de marzo todo un ejemplo de lo que debe ser eficacia comunicativa y humanidad. A decir verdad, su comparecencia fue redonda. Lejos del lenguaje encorsetado, de la lengua de palo, de los tópicos al uso, de la verborrea inconsistente, se abrieron paso aquel día, en medio de la tragedia, la palabra precisa y el tono perfecto.

    Robin compareció a mediodía con los ojos llorosos, las manos temblorosas y la voz entrecortada. Acaba de escuchar la grabación de la primera caja negra y sabía que estaba ante la peor de las hipótesis imaginables: el copiloto Andreas Lubitz, de 27 años, había tenido “la voluntad de destruir el avión” con sus 150 pasajeros a bordo. Pero pronto se rehízo, y con una claridad arrolladora expuso todos los datos que obraban en su poder. Y lo hizo con naturalidad, sin aspavientos, con respeto por el dolor de las víctimas, llamando a las cosas por su nombre, con una transparencia que debería convertirse en lección de manual.

    Los franceses tienen a veces esos toques de “grandeur”. En un fiscal de provincias podemos, por ejemplo, encontrar al mejor heredero del Siglo de las Luces. En un fiscal de provincias toma cuerpo de pronto lo mejor de la Ilustración: el triunfo de la palabra y de la razón. Es un alivio comprobar cómo las instituciones pueden albergar en su seno a funcionarios al servicio del Estado tan eficaces, capaces de sostener el andamiaje del mundo, cuando a nuestro alrededor faltan palabras para explicar lo inexplicable.

    A menudo me pregunto, escribía no hace mucho un piloto aéreo, quién está a mi lado en la cabina y si puedo confiar en él. Y siempre espero, al volver del aseo, no encontrarme nunca con una puerta a la que se le ha echado el cerrojo y tener que sentarme con los pasajeros a esperar lo que ocurra. Esta terrible premonición se ha cumplido sobrevolando los Alpes, pero puede valer para muchos otros órdenes de la vida. Al fin y al cabo, muchas de las más siniestras decisiones se toman a puerta cerrada.

     

     

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