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Blog ¿Qué quieres que te enseñe? - Carmen María

Carmen María


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  • 26
    Diciembre
    2010

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    Bullying, un fracaso de todos

    ¿Quién, en sus años de escolaridad, no ha visto alguna vez a un compañero de clase burlarse o insultar a otro?, ¿y ponerle un mote e incitar al resto del grupo a que lo excluya?

    En efecto, el acoso escolar ha existido siempre, pero el nivel de alarma social nunca ha sido tan elevado como en la actualidad. Podríamos considerar como explicación el mayor alcance que ahora tienen los medios de comunicación, junto con la información tan preocupante que nos ofrecen: casos de suicidio en niños como consecuencia del acoso sufrido en la escuela por parte de sus propios compañeros. Conductas alarmantes, radicales, y mucho más extremas que las de hace unas décadas, pero, ¿por qué?
    He aquí la pregunta que familias, profesionales de la educación, psicólogos, etc., nos hacemos constantemente. ¿Una posible respuesta? La sociedad ha cambiado, y nuestros niños y jóvenes lo han hecho con ella.

    Hemos pasado de encontrar en nuestras aulas al típico niño chulesco que actúa en consecuencia únicamente para captar las risas y la atención del resto de compañeros, a aquél que excluye socialmente por diferencias de aspecto, de etnias, de religión…, llegando con ello, a una situación extrema que hasta hace unos años era inimaginable: “la presencia y repetición de actitudes agresivas que ocurren sin motivación evidente, adoptadas por uno o más estudiantes contra otro u otros ”, lo que definimos como “bullying”. Dentro de las actitudes agresivas se incluye cualquier forma de hacer daño, bien sea físicamente (golpeando, empujando); de forma verbal (amenazando, insultando); de forma gestual (haciendo gestos, burlas); o, incluso, por omisión (excluyendo a alguien del resto del grupo).


    Los casos de bullying afloran y cada día nos percatamos de que no son recientes ni raros. La prensa, la televisión, el alumno del colegio de enfrente, la hija de los vecinos del 5º…; numerosos casos aparecen de forma masiva. Infelizmente, es una palabra que está de moda debido a, como he comentado anteriormente, el aumento y la frecuencia de las agresiones que se están detectando en colegios e institutos.


    En España, un 1,6% de los estudiantes lo sufre de manera constante y un 5,7% lo vive de forma esporádica. Una encuesta elaborada por el Instituto de la Juventud (INJUVE) señala que un 16% de los encuestados reconoce haber participado en burlas o agresiones psicológicas a otros compañeros. Por otro lado, el Instituto de Evaluación y Asesoramiento Educativo (IDEA) indica que un 49% de los estudiantes dice ser insultado o criticado en el colegio y que un 13,4% reconoce haber pegado a sus compañeros.


    Unas cifras alarmantes que van incrementándose con el paso de los años y que nos llevan a ese “¿por qué?” que planteábamos anteriormente, sin encontrar una única y firme respuesta.


    Opino que son varias las causas que llevan a esta situación, y, supongo, que cierta parte de culpabilidad es nuestra, es de esta sociedad que nosotros hemos creado. Una sociedad sin valores y emocionalmente analfabeta. Es decir, una sociedad en la que parece no haber ni tiempo ni espacio para detenerse y tomar conciencia de nuestros sentimientos y emociones. Un paso necesario para después aprender a controlarlos y expresarlos de forma saludable. Los adultos tendemos a frustrarnos frente a las dificultades cotidianas que no logramos manejar, y estas frustraciones, cuando no sabemos canalizarlas, las exteriorizamos a través de comportamientos violentos que los niños perciben día a día: que si discusiones familiares en casa, que si una señora que insulta a otro conductor porque casi le roza el coche, un padre que le dice a su hijo que cuando le peguen en el colegio devuelva el golpe, un maestro que grita desbordado en un intento de contener a un grupo de alumnos, etc. Todas estas situaciones son ejemplos que influyen en la conducta de los niños. Muchas veces se achaca esta conducta agresiva a características que subyacen del niño, como si éste presentase una predisposición a ser violento, y puede ser, pero creo que toda predisposición necesita un detonante, y, en este caso, es el ambiente.


    Creo firmemente que el comportamiento violento de los niños suele tener su origen en la sociedad, en la violencia que los adultos ejercen entre ellos y hacia ellos. Los niños aprenden un lenguaje verbal y no verbal lleno de furia. Perciben constantemente situaciones de agresión, ensañamiento, arrebato, brusquedad..., en sus casas, en sus familias, en sus maestros, en sus amigos, en la calle, en la televisión, en los video-juegos..., haciéndose inmunes a ellas, y considerándolas como algo natural, lógico y habitual. Un niño expuesto de forma regular a situaciones de esa índole termina por guardar automáticamente todo en su memoria, pasando a exteriorizarlo cuando le parezca oportuno. A esa edad, la mayoría de niños y jóvenes todavía no ha alcanzado un desarrollo cognitivo que le aporte la capacidad de percatarse del daño psicológico tan grande que puede causar cualquier tipo de acoso. Para el abusador, es una mera forma de diversión. Considera la violencia que ejerce únicamente como un instrumento de intimidación que le permite destacar por encima de los demás, sentirse importante, superior, poderoso, y eso le fascina. Es ansioso, nervioso, inquieto, lo que le hace presentar problemas de concentración (que influyen en sus resultados académicos) y tener comportamientos irritantes para las personas que lo rodean. Es provocador y, a su vez, reacciona agresivamente cuando algo no le gusta. Suele poseer fortaleza física, mientras que la víctima carece de ella. Es más pasiva, sumisa, tímida, sensible y tranquila. Tiene una actitud negativa hacia la violencia e intenta evitarla. Puede caracterizarse, además, por poseer una baja autoestima que se incrementa con las continuas situaciones de humillación que sufre. Situaciones que el acosador considera correctas, por lo tanto, no se auto condena, lo que no quiere decir que no sufra por ello, eso no lo sé. Imagino que detrás de la violencia ejercida por un niño ha de haber un trasfondo, algo que le haga actuar así. Es un niño, ¿no? Con todas las características que la palabra NIÑO conlleva, por lo que me cuesta relacionar el serlo, con el poseer maldad.


    Una situación familiar desfavorable, un bajo nivel socioeconómico y cultural de los padres o un estilo parental excesivamente autoritario o extremadamente permisivo y negligente por parte de éstos, puede llevar a que un niño acose. Aunque desde mi punto de vista, no tiene por qué, hay excepciones que confirman la regla, y estudios que prueban todo lo contrario. Por lo tanto, y en base a esto, considero estas características no como causas del acoso escolar, sino como posibles factores de riesgo. Estos factores aumentan la posibilidad de ser agresor, pero no dictaminan que lo seas.


    De entre todos los nombrados, destacaría especialmente como un factor de riesgo influyente en la conducta del niño, el estilo parental de los padres. Por un lado, los padres autoritarios suelen basar su educación en relaciones de poder y violencia, por lo que sus hijos pueden llegar a adoptar esas características y actuar en consecuencia, tomando el papel de acosadores. Por otro lado, los padres más permisivos o negligentes, tienen un bajo nivel de responsividad y suelen relegar su función en los docentes, eludiendo sus obligaciones educativas y formativas de un modo rápido y de la forma más fácil posible. Además, esta escasa dedicación educativa suele ir acompañada de un bajo nivel de afectividad. Esto puede llevar, como afirma Maccoby y Martin, a “desviaciones graves de las normas sociales”, lo que incluiría también, el acoso escolar.


    Un acoso escolar que ahora, con el uso de las nuevas tecnologías desde una edad, a mi parecer, excesivamente temprana, se puede difundir por todo el mundo en cuestión de segundos, a través de internet o de un MMS enviado desde un teléfono móvil.


    ¿Qué conlleva todo esto? Acentuar la situación de ansiedad, depresión, agobio, frustración, terror… que vive la víctima, al saber que las vejaciones a las que está sometida sin motivo y sin posibilidad (para ella) de escapar, están difundiéndose por todo el mundo. Esto triplica las consecuencias devastadoras que tiene para la víctima el acoso, pudiendo llegar a una situación tan horrible y espeluznante como puede ser un suicidio. Además, la difusión de dichos videos e imágenes con ese tipo de contenido, puede hacer que el resto de niños y jóvenes se insensibilicen con dichos actos, y, en consecuencia, los practiquen en su entorno.

    Pequeños eslabones que forman una cadena que parece no tener fin. Quizás le haría falta enlazar con uno de los principios democráticos por el que debería regirse nuestra sociedad, y es aquel que dice que toda persona tiene el derecho a no ser oprimida ni humillada en ninguna forma en cualquier ámbito social, incluida, por tanto, la escuela. Una escuela que, como dice Durkheim, es el reflejo de la sociedad.


    Y lo peor de todo, pero a la vez lo que más debería importar es que detrás de todo esto, hay un una persona inocente y débil que sufre.


    Como docente, creo que no hay mayor motivo que ese para intervenir y evitar que se produzca una situación que hace sufrir a las familias de los implicados, al que la padece, y, posteriormente, hará sufrir al que la provoca, pues si dichos comportamientos no se cortan de raíz, pueden perdurar en su conducta hasta la edad adulta, haciendo de un niño, un delincuente.


    Creo que los docentes tenemos la obligación ética y moral de, ante todo, prevenir. Se debe educar en valores y se deben crear políticas de prevención del acoso escolar, tanto a nivel gubernamental, como a nivel de centro.
    Con respecto a los casos de bullying que ya estén presentes en las aulas, se debe, por supuesto, intervenir y no actuar de forma pasiva, como suele hacer la mayoría del profesorado. Dentro de la escuela, la obligación de que se cumpla la integridad física y emocional de un alumno, es del docente, pues, en ese momento, los niños están a su cargo y éste debe percatarse de lo que ocurre en su aula y, obviamente, controlar la situación que acontece.


    El docente debe elaborar un programa de intervención cuyos objetivos fuesen la eliminación, o, al menos, la reducción del acoso escolar, junto con la prevención de nuevos casos. Todo el centro debe estar informado: el equipo psicopedagógico, el resto del profesorado, el alumnado, y, por otro lado, las familias y los asistentes sociales, para que todos fueran conscientes de que existe este problema, de que su ayuda, su cooperación y su pequeña aportación es esencial; y de que, entre todos, debemos intervenir. La unión hace la fuerza.


    La función primordial de la familia sería reestructurar el entorno social del niño, mientras que la de los psicólogos, asesores y asistentes sociales, sería la de coordinar y asesorar. El resto del personal docente planificaría y desarrollaría una serie de medidas para aplicar en la escuela, en las que se fomentasen actitudes contrarias al abuso.


    En el aula específica donde esté ocurriendo esa situación de bullying, se deberían elaborar entre todos los alumnos (ayudados por el docente) normas contrarias a las agresiones, y se premiarán las conductas que cumpliesen dichas normas.

    Esto, quizás, sería una ayuda para valorar y alabar las conductas positivas, haciendo que desapareciesen las contrarias.

    Podría ser el final de la cadena, donde todo empieza.

     

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