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Antonio Rodríguez Rubio

Soy un converso del azul al rojo; que a decir de muchos, somos los peores. Y así, soy rojo, muy rojo: Republicano-federalista. ...

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No me busques junto a los poderosos que no me hallarás.


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  • 11
    Agosto
    2015

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    SOCIEDAD Murcia

    POR FUERA.

    POR FUERA.
    (Que conste que pertenezco al medio rural, que soy más del campo que un tormo).
    Cuando era un niño y veía a mis abuelas (o mi abuelo) cocinar, lo hacían en cocina de leña y con cacharros de barro. Los cacharros de cocina por fuera, no se fregaban. Debe venir se ahí que la sartén le diga al cazo: “Hazte pallá que me tiznas”. Como no podía ser de otra manera, el jabón era casero hecho con sosa caustica y aceite de oliva. El estropajo era un trozo de cuerda deshecha. Para rascar con fuerza, se utilizaba la “tierra tosca”.
    Hoy en muchos hogares, hay lavavajillas.
    Tenemos cacharros recubiertos de teflón.
    Pero…
    ¿Y el culo de las sartenes y ollas?
    ¿Sabía usted que la suela del zapato también pertenece a la prenda?
    Lo primero que hacían mis abuelas al levantarse, era asearse y peinarse. Después, se colocaban en la cabeza su correspondiente pañuelo que siempre era negro (lutos ancestrales). Luego he visto a mujeres de mi pueblo barriendo la puerta de casa con bata y sin peinar. Decía el tío Ángel Mora que la única verdad que decía una mujer en todo el día era cuando recién levantada se miraba al espejo: “Parezco un demonio”.
    Cuando empecé a trabajar los domingos en el restaurante Pagán para pagarme los estudios, siempre me tocaba la freganza; cosa esta que no me gustaba. Transcurrido el tiempo, me prestaba voluntario; en el fregador, trabajaba menos. Siempre he tenido fijación con los vasos bien fregados, transparentes; jamás he utilizado un vaso “lloroso”. He de confesar que si he tenido la probabilidad de que friegue el “pinche”, no he fregado un cacharro de mis “cocinitas”. Mis mujeres dicen que ensucio muchos cacharros, pero ahora, casi siempre los friego (y no llevo los dedos manchados de la nicotina).
    Mi amigo Juan Párraga, era el distribuidor oficial para Murcia, Almería y Granada de los piensos compuestos Sanders. El hombre me contaba historias que yo escuchaba con atención. Una de ellas era esta: Los menesterosos solemos decir: “Pobres, pero honrados”.
    Hay gente que tiene la costumbre de hacer lo contrario a los que venimos comentando: la fachada impoluta y la casa por dentro llena de mierda. Los zapatos brillantes y con un hedor a queso insoportable. Los zapatos dicen mucho de la persona que los lleva. ¿Conocen ustedes la observación que le hace en el “Silencio de los corderos” Anthony Hopkins a Jodie Foster sobre los zapatos y el bolso?
    Hemos visto en las películas y mi madre lo constató cuando estuvo de criada (criada, no trabajadora doméstica), la “señora” de la casa pasando el dedo por encima de los muebles y gritando a la pobre mujer que limpiaba si encontraba una mota de polvo. La limpieza de la plata, con el ama de llaves delante (limón y bicarbonato). El “señor” de la casa estaría fustigando a sus trabajadores.
    De la observación de las cosas, podemos sacar muchas enseñanzas. Si la observación es sobre la naturaleza, eso ya es para cum laude. Es que hasta de lo más perverso, podemos sacar enseñanzas.
    Se dice que a partir de los cincuenta años, cada arruga que tenemos en la cara es una de nuestras importantes vivencias; pero hay gente que va al cirujano plástico para que le quite las arrugas; ¿le quita también las vivencias?, ¿no será esta una forma de hipocresía? Con los distintos afeites, la cara no es el espejo del alma. Alguna arruga de mi cara, más que arruga, parece un surco.

     

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