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Blog Pasaba por aquí - Antonio Rodríguez Rubio

Antonio Rodríguez Rubio

Soy un converso del azul al rojo; que a decir de muchos, somos los peores. Y así, soy rojo, muy rojo: Republicano-federalista. ...

Sobre este blog de Sociedad

No me busques junto a los poderosos que no me hallarás.


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  • 16
    Marzo
    2015

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    SOCIEDAD Murcia

    POBRES.

    Mis abuelos Gertrudis y Rosendo, se arrejuntaron en 1919; mi tío Antonio nació en 1920 y mi tío Juan José en 1922, así, de dos en dos años, hasta 8 hijos.

    En los primeros años 20, mi abuelo marchó a Madrid a trabajar como carretero para un primo suyo. Un día que iba con la carreta tirada por mulas, el pitar el tranvía se espantaron los animales que se empotraron en él. El primo quería que mi abuelo pagara los desperfectos. Entre que el chima de Madrid no le sentaba bien y lo del primo, regresó al pueblo. Había estado mandando el dinero que ganaba a mi abuela y con él se hicieron una casa-cueva en los terrenos de mis bisabuelos Gertrudis y Juan José. Cuando en 1931 murieron los bisabuelos, se mudaron a la casa-cueva de ellos que era más amplia. El mismo día murió mi bisabuelo Juan José y mi tía Gertrudis que tenía 4 años; 5 meses después, murió mi bisabuela Gertrudis, dicen que de tristeza.

    En la propiedad, había un aljibe.

    Mi abuelo Rosendo murió en 1935 de un cáncer de estómago; tenía 38 años. Mi abuela Gertrudis, tenía 39. Mi abuelo murió el 20 de enero y el 22 nació el último de sus hijos (que murió a los 13 meses de edad). Mi abuela se vio con 6 hijos cuando empezó la guerra; el mayor tenía 15 años.

    Si la guerra fue mala, la postguerra fue peor.

    La dieta la componía principalmente de hierbas del campo cocidas o en ensalada; harina de cebada y algún nabo que otro.

    En la propiedad había tres oliveras a las que extraían aceite de forma muy rudimentaria. Llenaban tarros de oliva. También había higueras: se recogían los higos y se secaban, los que valían se guardaban en el cofín y los que no para los animales.

    Mera subsistencia.

    Los años que pasé con mi abuela Gertrudis, fueron los más felices de mi vida. Por eso, nuestra pobreza no me traumatizó.

    Mi abuela a sus hijos más pequeños los acostaba temprano y les lavaba la ropa; seca al día siguiente, se la volvía a poner. Tenían un hato nuevo por si pasaba algo. Los mayores tenían quita y pon. Mi abuela manejaba bien la aguja de tal manera que confeccionaba la ropa a los hijos y echaba remiendos. Mi tío Juan José hacía esparteñas. A mi tío Antonio, le faltaba un verano.

    Mi abuela, con el aceite usado y sosa caustica, hacía jabón. Tanto sus hijos como sus nietos, nunca fuimos llenos de mierda ni con los mocos colgando; tampoco despeinados. Agua, jabón y peine.

    Pobres, sí, pero limpios el cuerpo y la honra.

     

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