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Alberto Frutos Díaz

Alberto Frutos, periodista. Amante del cine, la música y los libros. Colaborador en diversos medios radiofónicos y escritos como experto en cine, música y series. El cine es el primer arte, nunca el séptimo.

Sobre este blog de Cine

Comentarios y críticas de los estrenos cinematográficos más importantes que se produzcan cada semana. Sirva este blog como acuarela donde, para gustos, los colores.


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  • 20
    Octubre
    2014

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    'Relatos Salvajes' - Finales felices

     

    Es curioso lo que nos gusta mirarnos en el espejo. Y el miedo que nos da. La mezcla de sensaciones que produce observar como vamos cambiando, evolucionando, creciendo y envejeciendo, transformando nuestro cuerpo y nuestra forma de ser con el paso de los años. Un reflejo que, en ocasiones, no necesita un cristal para evidenciar los puntos en común que tenemos todos los seres humanos. Características comunes, defectos varios y numerosas imperfecciones que compartimos sin excepeción. Entre todos ellos destaca por su complejidad el de la pasión y la mala leche. Combinadas por pura coherencia, unidas de la mano en una fórmula que nos define. El cine, tantas veces obsesionado con mostrar lo mejor de las personas, también se atreve, últimamente más que nunca, el lado más oscuro de nuestra sociedad, dejando poca parcela al gris y ninguna al blanco. Tinieblas absolutas, pero con dosis de humor que nos permitan respirar en medio del fango, hacer pie sobre el barro. 'Relatos salvajes', propuesta cien por cien argentina pese a su naturaleza de coproducción con España, se lanza al vacío de la basura humana para plasmar en seis historias que funcionan como piezas de un puzzle, nuestro sinsentido. 

     

    Pese a su estructura de episodios independientes, la película mantiene un hilo conductor tan evidente como interesante que consiste en contar, de la manera más cruda y explosiva posible, las resoluciones más violentas, dramáticas y excesivas que podríamos dar a las situaciones más comúnes y rutinarias. En definitiva, mostrar lo que solamente el cine puede permitirse, conseguir que aparezca la sonrisa maliciosa frente a tramas terribles con las que, de una manera u otra, nos hemos acostumbrado a convivir. El pan de cada día, es decir, corrupción, mentiras, trampas, sensacionalismo, infidelidades, locura colectiva (re)convertida en marca de la casa. Damián Szifrón, director y guionista, nos suelta escupitajos, tortazos y sangre desde todos los puntos de vista, nos recuerda que somos capaz de convertir a un asesino en héroe y a un héroe en asesino, que se pueden comprar culpables, que el destino siempre llega pero el castigo no. Un mensaje devastador para una película que, sin embargo, no termina de alcanzar su plenitud. 

    Todo está escrito con inteligencia, el reparto brilla con la intensidad esperada y la factura técnica está por encima de la media pero, el conjunto, se ve lastrado por la ausencia de sorpresa en alguna de sus historias. Y eso, en una cinta que vive del factor inesperado, del golpe de efecto definitivo, puede llevar a ligera decepción. Pequeños baches para una película que, por encima de todo, ofrece algo diferente, supone un riesgo aceptado que termina en la mayoría de ocasiones con triunfo y que encierra destellos de gran cineasta por parte de un Szifrón al que se le nota en todo momento encantado con este caramelo envenenado que sirve, principalmente, para dibujar nuestros defectos y virtudes. Nuestra pasión. Sirva como mejor ejemplo el relato final, ambientado en una boda, irregular en su desarrollo pero excelente en su desenlace, perfecto para definir todas las intenciones de estos 'Relatos salvajes'. Somos incoherentes, somos sucios, somos pasionales, somos radicales, somos más locos que cuerdos. Somos animales. Qué bien sienta que nos lo recuerden de vez en cuando. ¿Los finales felices solamente existen en el cine? No, en la vida real también ocurren. Aunque caigan perdices por el camino.

     

     

     

     

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