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Alberto Frutos Díaz

Alberto Frutos, periodista. Amante del cine, la música y los libros. Colaborador en diversos medios radiofónicos y escritos como experto en cine, música y series. El cine es el primer arte, nunca el séptimo.

Sobre este blog de Cine

Comentarios y críticas de los estrenos cinematográficos más importantes que se produzcan cada semana. Sirva este blog como acuarela donde, para gustos, los colores.


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  • 10
    Marzo
    2013

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    'Oz, un mundo de fantasía' - Defendiendo la magia

     

     
    Si me pongo a buscar en mi baúl de los recuerdos cinematográficos me encontraría, en un lugar privilegiado, con 'El mago de Oz', aquella obra maestra de Victor Fleming que deslumbró a crítica y público en el lejano 1939. Una película que debería aparecer en los libros de la Historia del cine como demostración de magia, argumento sobrado de razones para todos aquellos que defienden (defendemos) el séptimo arte como máquina de fabricar sueños, modificar estados de ánimo, viaje sin billete de vuelta a mundos que una pantalla en blanco es capaz de convertir en realidad. La historia de Dorothy, el espantapájaros, el hombre de hojalata y el león a lo largo del camino de baldosas amarillas no solamente no ha envejecido lo más mínimos sino que mantiene intacto su etiqueta de clásico atemporal, tour de force imaginativo y musical, colorido y ensoñador, divertido y nostálgico. Todo en ella funcionaba a la perfección, coronado por una Judy Garland que nos robaba el corazón con aquel 'Somewhere over the rainbow' que retaba a los lacrimales sin compasión. Setenta y cuatro años después, el director Sam Raimi nos propone un regreso a Oz para contarnos, esta vez, lo que ocurrió antes de que la chica de zapatos de rubí aterrizara para convertirse en heroína. Es decir, la historia de nuestro amado mago.
     
     
    Y el comienzo no puede ser mejor. Raimi abre este fastuoso espectáculo rindendo tributo al clásico, así, tras unos espléndidos títulos de crédito, el espectador se sumerge en un universo cirquense en blanco y negro repleto de encanto, ternura e, incluso, algo de melancolía. Un prólogo en el que James Franco, protagonista absoluto, controla algo que, a la larga, se convierte en incontrolable, esos tics tan irritantes que confunden el asombro con la vuelta de rosca. Aún así, unos primeros minutos que, sin acercarse a las sensaciones, irrepetibles, que provoca su referente, si que abre la puerta a la esperanza de ver algo diferente. Hasta que el tornado hace acto de presencia, los colores inundan la pantalla y entramos en el mundo de Oz. Entramos entonces en un terreno conocido, con un referente visual claro, el de la decepcionante 'Alicia en el país de las Maravillas' de Tim Burton, que, con todo, es capaz de fascinar en algunos de sus deslumbrantes paisajes. Sin embargo, aparecen dos brujas con los, preciosos, rostros de Mila Kunis y Rachel Weisz y el conjunto empieza a desinflarse, cayendo en una monotonía narrativa que nos acerca peligrosamente el bostezo. Un terreno de nadie donde solamente destaca la presentación de un personaje tan certero y delicado como el de la muñeca de porcelana. 
     
     
    Afortunadamente, cuando se empieza a dar por perdida la función, Raimi decide apostarlo todo a la ficha del espectáculo, del entretenimiento familiar de luces y fuegos artificiales, y es entonces cuando la película se quita el disfraz y se muestra tal y como es, la defensa a ultranza de la magia como motor para mantener la esperanza, la fe y la ilusión en el mundo y, sí, también en el ser humano. La mano Disney y su mensaje de bondad, felicidad y finales felices está más que presente, representado especialmente en el rostro luminoso de Michelle Williams, pero aún así Raimi consigue, sacrificando personalidad por entusiasmo, algún destello de riesgo en un trabajo notable, repleto de energía contagiosa. Parece imposible que 'Oz, un mundo de fantasía' consiga impactar a una generación del mismo modo que 'El mago de Oz' lo hizo hace más de setenta años pero, con todo, es un mérito indiscutible seguir defendiendo la magia como la auténtica protagonista del cine, ese lugar donde todavía queda sitio para los aplausos de unos chavales entusiasmados por lo que acaban de ver. Puede que no sea emoción, pero no es poca cosa.
     

     

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