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Alberto Frutos Díaz

Alberto Frutos, periodista. Amante del cine, la música y los libros. Colaborador en diversos medios radiofónicos y escritos como experto en cine, música y series. El cine es el primer arte, nunca el séptimo.

Sobre este blog de Cine

Comentarios y críticas de los estrenos cinematográficos más importantes que se produzcan cada semana. Sirva este blog como acuarela donde, para gustos, los colores.


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  • 22
    Noviembre
    2013

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    'Los juegos del hambre. En llamas' - Himnos para Katniss

     

    No son pocas las personas que se han sorprendido por la entusiasta respuesta crítica que ha obtenido 'Los juegos del hambre: En llamas'. No entraba en sus planes, no terminan de entender que la segunda entrega de una de esas franquicias establecidas bajo la temible frase promocional de 'Basado en el best seller mundial' haya gustado más allá de la frontera de fanáticos incondicionales. Ha pasado poco más de un año desde el estreno de su primera parte pero, en este tiempo, han pasado muchas cosas. La primera es que, la promesa Jennifer Lawrence, se ha convertido en La Certeza Jennifer Lawrence. Y en La Oscarizada Jennifer Lawrence. Estrella mundial, personalidad adorada por su naturalidad y honestidad fuera de la pantalla y por su carisma y presencia arrebatadora en ella. Lo que en aquel momento era una opción arriesgada y, teniendo en cuenta su relación con el cine independiente, arriesgada, es ahora uno de los ganchos ganadores para redondear una taquilla que se intuye apabullante. Y merecida. Porque hay que saber diferenciar entre sagas y sagas. Esto, con todos mis respetos, bueno, no, sin respeto alguno, no es 'Crepúsculo'. Ni 'The Host'. Ni sucedáneos. Aquí hay más inteligencia, emoción y entretenimiento que en todas ellas juntas. Además, obviando las comparaciones, 'Los juegos del hambre: En llamas' es una buena película. Una muy buena película. 

     

    Una versión mejorada y perfeccionada de su predecesora desde todos los puntos de vista. El más evidente, el de su dirección. Olvidamos la cámara en permanente movimiento de Gary Ross, lo peor de aquella primera entrega, y recibimos con los brazos abiertos la sabiduría técnica, el sentido del ritmo y manejo del espectáculo que tiene Francis Lawrence, director curtido en blockbuster menores que se adapta a la perfección a una película claramente divivida en dos partes. La primera, el reencuentro con los personajes, no pierde tiempo en refrescar la memoria del espectador, va directo al grano y apunta los aspectos éticos y morales más interesantes. El precio de la fama, la ficción obligada' o el romanticismo juvenil impuesto por una cámara de televisión se complementa con la eterna lucha entre clases, con ecos, demasiado obvios quizás, del nazismo para ofrecer una notable primera mitad que, pese a sus más y sus menos, aporta una oscuridad y solemnidad más que interesante.

     

    Sin embargo, es en su segundo tramo cuando 'Los juegos del hambre: En llamas' se eleva hasta convertirse, a falta del regreso de 'El Hobbit' y con permiso de 'Star Trek: En la oscuridad', en el mejor blockbuster del año. Repitiendo esquema y concepto, lo que en su anterior entrega era un juego de niños se convierte aquí en palabras mayores. Vibrante, emocionante y con el vértigo e intriga del mejor cine de aventuras, clásico y contemporáneo, la película se lanza de cabeza al espectáculo palomitero con la seguridad de saberse ganadora en el reto. Conviven, en la última hora de una película que tiene en su ritmo otra de sus máximas virtudes, la tradición del cine juvenil de toda la vida con ecos de trabajos tan contemporáneos como 'Perdidos', en un tour de force que no ofrece tregua alguna. La épica te arrastra hasta un desenlace que te deja con muchas ganas de más. Muchas. Por eso, lo peor de 'Los juegos del hambre: En llamas' es que nos recuerda que queda un año para que Katniss Everdeen y compañía regresen. Aunque, pensándolo bien, lo mismo da tiempo para que Lawrence se lleve otro Oscar. Y para no dejar de escuchar ese brutal Himno del Capitolio compuesto por Arcade Fire. No hay mal que por bien no venga. 

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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