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Alberto Frutos Díaz

Alberto Frutos, periodista. Amante del cine, la música y los libros. Colaborador en diversos medios radiofónicos y escritos como experto en cine, música y series. El cine es el primer arte, nunca el séptimo.

Sobre este blog de Cine

Comentarios y críticas de los estrenos cinematográficos más importantes que se produzcan cada semana. Sirva este blog como acuarela donde, para gustos, los colores.


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  • 24
    Septiembre
    2012

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    'A Roma con amor' - Buenos ratos

    Todo vuelve al lugar de siempre, no falla, las alabanzaras conseguidas por esa joya titulada 'Medianoche en París', delicada y modélica comedia romántica repleta de encanto que coronó a Woody Allen en taquilla y le aportó un nuevo Oscar a Mejor Guión Original, parecían vaticinar lo que, finalmente, está ocurriendo con 'A Roma con amor', trabajo número cuarenta y dos, ahí es nada,  del director neoyorquino que ha sido recibida con los tópicos más manidos y las frases hechas más reconocibles. A saber, 'Allen continúa ofreciendo postales de Europa', 'Allen debería volver a Nueva York', 'Allen se pierde cada vez que sale de Manhattan', etc. Tan solo dos películas tan excelentes como la mencionada aventura parisina y la londinense 'Match Point' han conseguido esquivar las balas disparadas de antemano para otorgar la razón que no anda tan alejada de la realidad final: Woody Allen es el mismo tipo que rodó 'Delitos y faltas' y 'Scoop', 'Hannah y sus hermanas' y 'El sueño de Casandra', 'Broadway Danny Rose' y 'Conocerás al hombre de tus sueños'. Y todas ellas tienen puntos en común, un universo propio y palpable, repleto de un sentido del humor único, con señas de identidad que podían funcionar de mejor o peor manera, pero que estaban allí, dispuestas a aparecer cuando menos te lo esperas, como destellos geniales en la rutina que supone entregar una película anual desde hace más de cuarenta años. Un logro que se eleva al infinito cuando se analizan y descubren la cantidad de trabajos memorables que atesora a lo largo del tiempo.

     

    'A Roma con amor' no entra en la categoría de obra maestra, ni siquiera al de joya, pero para nada es el desastre que se viene anunciando con tanta insistencia por un sector crítico empeñado en recuperar lo irrecuperable, la juventud y frescura de un genio que ha madurado y que pocas explicaciones siente que debe dar. Con toda razón. Sus cuatro historias independientes desarrolladas en la ciudad italiana ofrecen al Allen más arriesgado desde la jugada narrativa maestra de 'Desmontando a Harry', un guionista que no busca la coherencia ni el nexo en común y que se lo pasa bomba plasmando en pantalla una especie de medley de tramas que pasan por lo hilarante, lo surrealista, lo reflexivo, lo absurdo y lo romántico. Desplazando las reflexiones sesudas y profundas a un segundo plano a favor de la comicidad más universal y, a la vez, profundamente propia, nos encontramos ante la película más divertida de su director desde 'Si la cosa funciona', con un alto número de gags que funcionan a la perfección, en especial con el personaje que él mismo interpreta, y situaciones llevadas al extremo rondando la (auto)parodia sin llegar, casi nunca, a alcanzarla. Lástima que la historia protagonizada por Penélope Cruz aporte tan poco al conjunto, convirtiéndose en un auténtico lastre para la película, mientras que lo absurdo de la fama del personaje interpretado por un pasadísimo Roberto Benigni llegue desgastado al tramo final pese a contar con un arranque hilarante. Todo lo contrario de lo que sucede con la dupla Alec Baldwin y Jesse Eissenberg, estupendos ambos, en la trama más inteligente y sensible de todas, que va in crescendo hasta concluir con una ternura inesperada. 
     
     
    El adulterio, el psicoanálisis, las dudas, el paso del tiempo, las decisiones equivocadas, todo eso se encuentra en medidas dosis en una película nacida para ser incomprendida, como artefacto de puro riesgo por parte de un director del que se espera incansablemente la excelencia. Y sí, Woody Allen ha bajado el listón con 'A Roma con amor', pero lo ha hecho de manera consciente, lanzándose al divertimento más descarado, mostrando una libertad creativa al alcance de muy pocos, buscando la carcajada más liviana y cómplice. Y no son pocas las veces que lo consigue. Los abucheos venían en el contrato pero los aplausos no se deberían ver afectados. No siempre hay que arrodillarse para rendir pleitesía ante los genios, a veces es suficiente, simplemente, pasar un buen rato con ellos. 

     

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