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Manolo Marín

Empresario (Murcia, 1975). Diplomado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Murcia. ...

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  • 06
    Septiembre
    2011

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    La princesa intervenida

     

    Hubo una época, en un país no muy lejano, en el que las hijas del rey, que eran un montón y que además eran bastantes manirrotas, pasaron en un momento determinado de una opulencia y riqueza desbordada a la más absoluta de las miserias.

    Los fieles asesores económicos del rey, que auditaban las cuentas de las princesas cada año y que permitían tales prácticas, se vieron obligados a tomar medidas urgentes contra los dispendios y gastos desmesurados de la prole, ya que se estaban dirigiendo irremediablemente a la bancarrota. La intervención fue tardía y hecha de mala manera, ya que a su graciosa Majestad, a pesar de los avisos, le gustaba presumir, allá donde fuera, de tener a las hijas más ricas, guapas y elegantes de todo el orbe conocido durante demasiado tiempo.

    Una de las primeras medidas que adoptaron para corregir la penosa situación financiera por la que atravesaban, fue obligarlas a unir sus principados para compartir gastos y tener un tamaño suficiente para asimilar los nuevos tiempos duros que estaban llegando. La mayoría de ellas aceptaron a regañadientes para proseguir con su relativa independencia. Pero hete tú aquí que hubo una que, midiendo mal su fuerza, decidió seguir su camino en solitario. Había salido la criatura igual de engreída, soberbia e insolente que su padre. Su situación financiera era parecida a la de las demás –quizá un poco peor, para que nos vamos a engañar- y había caído casi en los mismos errores que el resto, pero cometió el fatal pecado, el craso error, de contravenir las órdenes del monarca.

    Efectivamente, el rey no perdonó nunca tal desaire y decidió intervenir entregando a cualquier postor -o mejor dicho, a un postor al que debía bastantes favores-, todas las posesiones de su hija díscola. La condición que puso el susodicho beneficiario fue que le dejaran limpia a la princesa de deudas y libre de toda carga a sus posesiones en el principado, además de que el precio a pagar, claro, fuera bastante bajo. El monarca no puso reparo alguno y aceptó remiso tal condición. Su reino atravesaba una situación caótica y estaba en uno de sus peores momentos económicos. Además era vigilado de cerca por otros reyes y necesitaba un golpe de autoridad. Por ello, con el dinero de sus súbditos, vía impuestos, saneó las famélicas cuentas de su hija sediciosa para entregársela limpia de polvo y paja a su (im)postor preferido. También, tal y como le pidió, valoró a la baja todo lo que pudo las posesiones de la princesa para que el coste de adquisición le fuera lo más económico posible. Y en esas estamos. En fin.

     

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