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Manolo Marín

Empresario (Murcia, 1975). Diplomado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Murcia. ...

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  • 03
    Enero
    2013

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    La Alianza de las Organizaciones

    Rubén Martínez Alpañez (Ciudadanos para el progeso) / “De todo lo importante que pasa en España, bueno o malo, tienen la gloria o la culpa los españoles mismos”. Recuerdo habérselo leído a Ortega, aunque no hace falta ser un gran filósofo para estar de acuerdo con lo que dice.

    Semejante frase, resultaba inofensiva a finales de los años 90 y principios del nuevo milenio en los que España y su economía eran admiradas por el resto del mundo, tan inofensiva que provocaba orgullo en algunos e indiferencia autocomplaciente en otros, siempre que nos aventábamos a saltar los Pirineos, poniendo en práctica nuestro espanglish, cámara en mano, mientras buscábamos un lugar donde tomar una cerveza en alguna plaza de renombre en alguna capital europea. Hoy en día, pensar que todos los españoles somos responsables, culpables, por tanto, nos hace estremecer, debiendo, cuanto menos, hacernos pensar.

    No es habitual que uno eche tierra sobre su propio tejado. Pero, si hemos de creer a Ortega, nosotros mismos somos los culpables de esta situación. Nosotros, los españoles. Unos más y otros menos; unos por maldad, otros por dejadez: cada uno en distinta medida y, por eso, en esa misma medida tendrá que asumir las consecuencias de sus acciones (depurando esas responsabilidades judicialmente, si es el caso).

    Y españolas, con su correspondiente cuota de responsabilidad, son las asociaciones, los sindicatos, las oenegés y todo grupo organizado que pretende, en el mecanismo democrático de práctica liberal, servir de contrapeso al ejercicio del poder ejercido por el Estado. También la sociedad civil hace agua y tiene su parte de responsabilidad. A mi juicio, es el principal problema que hay que resolver si queremos invertir la espiral de pesimismo e inoperancia, y abandonar el camino de servidumbre por el que vamosavanzando. Si la sociedad civil cumple su tarea, podrán entonces los ciudadanos gozar de la libertad necesaria y suficiente para poder dirigirse a sus respectivos horizontes de realización personal.

    Y pertenecen a la sociedad civil las organizaciones que, cual parásito, están pegadas al político para comer de sus migajas, por no decir para chuparle la sangre, y que no representan, por lo general, ni al propio colectivo que dicen representar. Han pasado de ser organizaciones interlocutoras de demandas sociales, a meros negocios que mantienen entretenidos, a unos cuantos, que les han tomado la medida a los políticos y que bajo la amenaza de “te saco las cacerolas a la calle” actúan estratégicamente con la única motivación de justificar ante sus posibles asociados su papel en la directiva del colectivo para, como no, perpetuarse en el puesto, para, aunque no se dice, sí se sabe… estar ahí. De lado dejamos el interés personal, los beneficios que acarrean, sin caer en delito, el hecho de encontrarse en continuo contacto con los políticos, con los detentores del poder.

    Qué pasaría si de una vez por todas se decidiera regenerar nuestra estructura democrática. Si se replantearan los cimientos de nuestra democracia, si se dejara de estar anclados en pensamientos caducos y se concentran verdaderamente en potenciar las fortalezas, sin olvidar la historia, y se lograra reclasificar o posicionar adecuadamente las distintas fuerzas sociales.

    Necesitamos que se corten ya los privilegios que mantienen calladas a las distintas asociaciones, privilegios otorgados a base de talonario. Que se acabe ya con las subvenciones que los mantienen callados. Que se atrevan sus señorías y dejen que la revolución social sea verdadera, que todos los ciudadanos se lo agradeceremos, a la larga, pero se lo agradeceremos.

    De los distintos problemas con que cuenta la actual estructura de nuestro Estado, uno de ellos radica en la imposibilidad por parte del poder político de sostener y mantener a todos los arrimaos. Millones de euros se escurren entre las distintas instituciones cuyo destino es, a través de la denominada, y ojala denostada, subvención, gastarse incomprensiblemente de forma totalmente improductiva. Así no se crea riqueza. La Administración Pública como mejor colabora es gastando lo menos posible, y punto.

    En una verdadera estructura democrática liberal, sociedad civil y gobierno han de servir de contrapeso el uno sobre el otro, permitiendo que cada individuo sea capaz de desarrollarse, sirviéndose para ello de los mecanismos apalancadores que establecen las instituciones, razón de ser de su existencia. De dicho deber ser, hemos pasado a la Alianza de las Organizaciones, donde entre unos y otros se reparten el pastel, e independientemente de la sana y honrosa intención de crear del político, se pasa a la total desconexión con el individuo convirtiéndose meramente en un estorbo.

    Rubén Martínez Alpañez 
    Ciudadanos para el Progreso 

    Artículo publicado en La Opinión de Murcia el 03-01-2013 

     

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