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  • 09
    Abril
    2012

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    Yo es que si es de pensar…

    Una imagen vale más que mis palabras
    A duras penas logra este tópico encubrir el antiintelectualismo que
    rezuma: esto es, la sospecha hacia todo lo elevado y difícil que escape a
    nuestras entendederas, el resentimiento hacia el intelectual, el pavor
    frente a la abstracción y el furor por lo concreto.
     
    Tantos tontos tópicos. Aurelio Arteta
     
    Que asistimos a la derrota del pensamiento ya lo anunció Finkielkrault hace unos años. Lo cual no impide que, cada vez que tropiezo con una  manifestación de lo que llamé estultofilia (amor por la ignorancia, síndrome del pensamiento cero), no deje de llevarme las manos a la cabeza. 
     
    El pensamiento da miedo a nuestros conciudadanos. Hace unos días, cuando a una desconocida, una amiga común le decía que escribo novelas, aquella, tan campante, respondió: Yo es que si es de pensar… En los puntos suspensivos, se entiende, habría que completar: no lo leo, no voy al cine, no lo escucho, etcétera. Esta frase es algo que se repite cada día más, y cada vez lo hace sin ir acompañada de rubor alguno. 
     
    No hay nada que me preocupe tanto como ese síntoma que se ha instalado cual lepra mutilante en nuestro tiempo: la atrofia de la capacidad de pensar. Y su correlato: el elogio de la ignorancia. Leía hace unos días en un artículo de Juan Antonio Marina, reseñando La rebelión de las masas de Ortega, que éste ya advertía sobre las virtudes de la excelencia, en el mismo sentido que Steiner, mucho más cerca de nuestros días, defendía en su diálogo con Rob Riemen, Nobleza de espíritu, cómo es esa excelencia, esa nobleza de espíritu, lo que nos hace verdaderamente humanos. Sin embargo, defender la excelencia no se interpreta hoy como un ideario exportable a toda la sociedad, sino que la mayor parte de la sociedad, por el contrario, se posiciona contra él a priori, y lo juzga elitista. Después, sólo queda separarse ufanamente de ese ideal, pues, yo es que si es de pensar…
     
    El triunfo de la mediocridad es la norma. Una mediocridad que ahora es cantada y elogiada, que acepta como buenas razones, no las más contrastadas, las más complejas o explicativas, sino las más repetidas machaconamente por unos medios de comunicación que, buscando a ese hombre común, al espectador, radioyente o lector poco exigente, insisten en congraciarse con él llenando de contenidos mediocres y complacientes sus espacios.
     
    Yo es que si es de pensar…

     

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