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  • 17
    Agosto
    2012

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    Tomás, funcionario.

     

    Dos días después de que mi hija se marchase a Barcelona, poniendo fin a sus vacaciones familiares, recibimos una llamada suya diciéndonos que se había roto el brazo, concretamente el radio, en una desafortunada caída. Al dolor físico imaginable hay que añadirle el del desamparo: en el hospital donde la atendieron de urgencias le aseguraron que si no disponía de tarjeta sanitaria de desplazada no sería atendida en su siguiente cita con el traumatólogo el lunes siguiente. La fractura tenía un alto riesgo de acabar con un desplazamiento del hueso roto, que precisaría una intervención quirúrgica que habría que pagar de nuestro bolsillo.

    Ella decidió permanecer en Barcelona y gestionar sola los requisitos que necesitaba para hacerse con esa tarjeta sanitaria. Entre otros, el empadronamiento y un documento que certificase que era beneficiaria de la tarjeta de la seguridad social de su padre. Hasta aquí un vericueto burocrático incómodo y molesto, de esos que ponen agosto patas arriba, aparentemente nada más.

    Pero hubo mucho más. La familia se encuentra fuera del domicilio habitual, y cuando llamamos por teléfono al organismo de la seguridad social correspondiente, para informarnos del modo de hacernos con el documento acreditativo en cuestión, nos advirtieron de que era necesario personarse en la oficina con el libro de familia y la cartilla del progenitor que cotiza y que tiene inscrita a la joven Era imposible. Estábamos fuera de la comunidad autónoma y era viernes. El lunes por la mañana mi hija tenía cita con el traumatólogo y con una funcionaria de la oficina de empadronamiento de Barcelona. ¿Qué hacer?

    Le informamos al funcionario anónimo de estos inconvenientes, y él nos sugirió que se personase un familiar con los documentos solicitados, solo que no había ningún familiar que tuviese esa oportunidad y solo faltaba una hora para que la oficina cerrase al público hasta el lunes. Cundió la alarma. La sensación de encontrarnos en un castillo kafkiano, perdón por el lugar común, era intensa; insistimos por desesperación, sin esperar demasiado que hubiese una respuesta alternativa. Pero al otro lado de la línea el funcionario que nos atendía parecía simpatizar con nuestra situación. ¿Podríamos hacerlo por Internet?, le sugerimos, ¿podemos enviar escaneados los documentos y que nos enviase él por mail el documento en cuestión? Quizás otro empleado hubiera desistido, pero aquél que nos tocó en suerte se llamaba Tomás, y tenía inscrito en sus huesos (tan real como el hueso roto de mi hija), que su función es ayudar a personas como nosotros, y a otras muchas, y que si un problema tiene solución hay que ponerse creativamente manos a la obra para resolverlo. Huelga decir que ni Tomás ni yo sabíamos nada el uno del otro, más allá de las tribulaciones sanitarias de mi familia.

     Era viernes, eran las doce y media de la mañana. Tomás cerraba al público a las 13h, pero seguía en su trabajo hasta las 14,30h. Podíamos intentarlo. Y lo intentamos.

    Escaneamos en Barcelona y en la playa (calor, búsqueda urgente de una librería con ese servicio, correos que tardan en llegar, que finalmente llegan), rellenamos formularios de solicitud de prestación de la Seguridad Social que Tomás nos ayudó a encontrar en la web, hicimos llamadas. Finalmente, antes de las dos, enviamos lo requerido al correo de Tomás y él nos devolvió a las dos y media (en su puesto de trabajo, servicial y atento en todo momento), el documento que necesitábamos.

    Ahora solo nos queda desear que nuestra hija encuentre en Cataluña un empleado como él.

    A estos jóvenes (su voz era alegre, parecía joven) el gobierno les ha quitado su paga extra, ampliado el horario laboral y demonizado injustamente. Son ellos quienes mantienen desde el anonimato parte de nuestro bienestar, quienes nos atienden en nuestros contactos con la burocracia, en los hospitales, en los colegios, en todas las instituciones que nos ayudan a hacer la vida un poco confortable.

    A Tomás le di las gracias de todo corazón, pero me pareció poco. Por eso quiero hacer extensivo aquí mi agradecimiento a todos los que son como él, desear que cunda su ejemplo y que el resto de los ciudadanos nos sintamos involucrados en la lucha de estos trabajadores de lo público –estos trabajadores que sí creen en lo público –, a cuyo servicio, que es la atención de todos, dedican con entrega su vida.

    Gracias.

     

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