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  • 27
    Enero
    2014

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    Técnicas de iluminación, Eloy Tizón, Páginas de Espuma, 2013

    eloyLeer Técnicas de iluminación no es una tarea sencilla, requiere atención y constancia, un lector que se deje llevar sin resistencias por la propuesta del autor, por su enorme singularidad y por su dominio y cuidado del lenguaje. La originalidad de la prosa de Eloy Tizón, sus hallazgos imprevistos, impiden avanzar rápidamente por la narración y mantener el hilo del sentido, pues este queda a menudo desdibujado, con tintes casi oníricos. Pero, justamente, es en este paso demorado que solicita este excelente libro de relatos, en lo que radica su valor. Las imágenes de que se sirve el autor son poderosas, perfectamente representables unas veces: su sonrisa parece una fotocopiadora con atasco de papel (pag. 50), o mirada agropecuaria y pelo rústico (pag. 91); otras, su sentido es tan vago y polisémico como revelador: días de mirarse mucho las manos (pag. 89). Algunos de los paisajes por los que transitan sus protagonistas son desolados, como esas cementeras vacías salpicadas de grafitis (pag. 90). La escritura figura un mundo despojado, desierto, quizás no tanto por lo descrito como por lo sugerido. Las referencias lispectorianas en la propuesta de Tizón son para mí evidentes, un homenaje que el autor le hace en numerosas ocasiones a la autora brasileña.  Referencias, tan queridas a Clarice Lispector, a la prehistoria y al universo; a la soledad de la existencia: Yo soy escéptico, no creo que haya nadie más, pienso que estamos aislados en este termitero humano (pag. 114); la presencia de un huevo, tan cara a Lispector: Un huevo blanco, así escrito. Casi dan ganas de llorar, de tan enternecedor y tan huevo (pag. 63); o esa manga de una camisa pillada en la puerta del armario, como la cucaracha que dispara la reflexión de G.H. en La pasión según G.H.: A ti lo que más te preocupa de todo este asunto es la manga de la camisa pillada por la puerta del armario, qué daño hace mirarla, es horrible (pag. 102).También es lispectoriano el amor por los objetos, su protagonismo en la vida de los personajes que pueblan este libro, su animación: se sonroja el semáforo, las sienes son depresivas, las cejas ludópatas. O esas gafas que: se le escapan de la nariz y le reptaban por la cintura, impulsándose con sus patas de saltamontes metálico (pag. 84). Homenajea también Eloy Tizón, he creído ver, a Hipólito G. Navarro en el uso particular y coloquial de algunas partículas y adjetivos de nuestra lengua. Como ocurre con: … toda la noche o lo que sea, y es todo misteriosísimo y como raro y un poco místico o así (pag. 115); o en ese magnífico: Hoy el cielo está representativo (pag. 75), que me recuerda, no sé si solamente a mí, a ese El cielo está López de G. Navarro. Gana el libro a medida que el lector se sumerge en él, como si fuese un baño en agua no demasiado tibia, que encoge el estómago en la primera impresión, y regocija y estimula, y da placer, a medida que el cuerpo se habitúa a ella. Así transitamos por él, de sorpresa en sorpresa. Por otra parte, la reflexión sobre la escritura está presente de muy diversos modos, salpicando el texto de reflexiones metaliterarias: … sintiendo en todo momento que escribir es imposible, y que también es imposible dejar de escribir (pag. 72). … que no existe nada parecido a un lugar acogedor para escribir. Que escribir es, en sí mismo (tiene que serlo), lo contrario del hogar: un lugar inhóspito, manicomial, un sótano con poca luz y humedad excesiva (pag. 73) Para terminar, solo una objeción cabría, a mi juicio, hacerle a estos relatos, y ni siquiera es tal, pues imagino que el autor conoce de antemano esta circunstancia y ha decidido apostar por ella: a mi entender, son estos diez cuentos de un único personaje, de una voz única. Quizás, podríamos decir también, como en algunas obras de Clarice, la misma voz de la escritura, profunda y neutra, anónima aunque personal.

     

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