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  • 11
    Febrero
    2015

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    ¿Son los hombres quienes dan valor a las mujeres?

    competencia_trabajo_0_0No cupo en mí el asombro cuando leí una noticia aparecida ayer en los medios regionales sobre un ciclo de conferencias, “Mujeres con valor añadido”, que ofrecerá la Asociación Regional de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios de Murcia (ACUM), dentro del programa que está llevando a cabo durante los meses de enero, febrero y marzo, en el Centro Cultural Las Claras Cajamurcia. Asombro al comprobar que los tres conferenciantes a cuyo cargo estará la exposición del “valor añadido” de tres mujeres: Frida Kalho, La Malinche y Carmen Conde, serán tres varones. Lo mismo sucede con las conferencias que las misma asociación programan para fechas próximas, donde solo aparece una mujer, en este caso acompañada por un hombre. Un hecho que no puede dejarnos indiferentes. La Asociación por las igualdad de las mujeres en la cultura, Clásicas y Modernas, ha lanzado una campaña, de la que me hice eco aquí, para subrayar esta desigualdad y solicitar que, solo durante el mes de marzo (ya se sabe, el mes de la mujer trabajadora), los hombres invitados a cualquier acto público: conferencias, seminarios, mesas redondas, programas de radio o tv, se abstengan de participar en ellos si no son paritarios. Un gesto testimonial que pretende llamar la atención y crear conciencia sobre la falta de representación de las mujeres en la cultura, y apelar a la necesaria colaboración de los hombres en esta lucha. Que los varones incurran en repetir esta desigualdad, no me sorprende; son pocos los que piensan en términos feministas, esto es, de paridad, mientras que la mayoría de ellos, atrapados en el patriarcado machista (son casi sinónimos), no tienen incorporadas a las mujeres en su imaginario cultural, de manera que los gestores piensan en términos de hombres cuando requieren alguno para cualquier actividad, reproduciendo sine die la discriminación y la invisibilización de las mujeres en todos los ámbitos.  Pero que lo hagan las mujeres es algo que me irrita profundamente. El privilegio epistémico de la masculinidad, incorporado por las mujeres a través de la socialización patriarcal, lleva también a estas a pensar que los hombres son los únicos que ostentan el saber, y a olvidar que el conocimiento no tiene género, que lo pueden adquirir por igual hombres y mujeres (como se demuestra en las estadísticas de selectividad, donde las jóvenes sacan mejores notas que sus compañeros; sin que luego se corresponda esto con el empleo, los premios, los reconocimientos o el ejercicio del poder en instituciones varias; precisamente porque este poder tiende a reproducir la desigualdad de los géneros). Que una asociación de mujeres no se desprenda de los estereotipos machistas es un fracaso para las mujeres que luchamos desde hace años por la igualdad. Fracaso que nos habla de la indiferencia con que es recibido nuestro mensaje en determinados círculos, cuando no, directamente de la ignorancia del mismo, a pesar de que sean las amas de casa, precisamente, las que más sufren las consecuencias de lo que denunciamos. Pero también es un signo de la poderosa reproducción de los mecanismos del poder, ante el que no debemos relajarnos. Ejemplos de lo que aquí señalo son constantes y, lo peor de todo, la mayoría de las veces pasan desapercibidos, al ser naturalizados. Incluso, sospecho, quienes denunciamos estos hechos nos arriesgamos a pasar por feministas irritadas (las mujeres cuando defendemos nuestros derechos no somos ciudadanos concienciadas y comprometidas con nuestro tiempo, sino histéricas, brujas o cansinas), y corremos el riesgo de sufrir la discriminación que no sufren otras mujeres cuya alienación contribuye a mantener los privilegios de que disfrutan los hombres y que, me temo, no están dispuestos a compartir.

     

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