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  • 01
    Mayo
    2014

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    Sin tacones

    piesRecuerdo cómo le regañaba a mi madre cuando dejó de ponerse tacones. Viví su apuesta por la comodidad como una derrota, Mamá, por dios, ponte tacones con ese traje chaqueta. Pero mi madre no me hacía ningún caso. Empezó a comprarse zapatos tipo mocasín, suaves como un guante y con apenas dos centímetros de tacón, en varios colores, pero todos planos y comodísimos.

    Los tacones se me antojan ahora una especie de burka de Occidente (Fátima Mernissi empleó el símil para las dietas de adelgazamiento y los imperativos de belleza occidentales), que constriñe la movilidad de las mujeres y afecta a su cerebro: los tacones son para lucir hermosas, privilegian la imagen, la superficie, por encima de la personalidad; moldean el pensamiento hacia esos “logros” menores, obviando otros que nos harían más íntegras, más libres. Observo a las jóvenes subidas a ellos, aparatosas y vacilantes, con ese andar inseguro que imprimen a la marcha, el cuerpo como un péndulo, patoso el caminar, y no comprendo cómo no nos hemos rebelado ya contra este instrumento de tortura impuesto por la moda en aras de la feminidad.

    Los japoneses reducían los pies de sus mujeres para tenerlas quietas, en casa, y pervirtieron el concepto de belleza identificando la deformidad de esos pies monstruosos –pies de loto, les llamaban – , embutidos en zapatos de niña, con lo más excelso en cuanto a encanto se refiere. El aparato simbólico del poder al servicio de la mutilación y contra la movilidad de las mujeres. Basta acudir a una boda para observar este imperativo que rige sobre nuestro pie- movilidad. Los ritos como escenario privilegiado de un síntoma patriarcal que quiere convertirnos en seres pasivos, inmovilizados, sin capacidad para intervenir en el mundo.

    Los tacones forman parte de nuestros ritos de paso hacia la mayoría de edad, y muestran, en su aparente insignificancia, cómo nos quiere el patriarcado: inseguras, torpes, sin posibilidad de correr ante el peligro, moldeadas en una estética que restringe nuestra autonomía y nuestras formas naturales (la del pie y otras muchas), justo en los años más jóvenes, cuando más habríamos de ejercitar la curiosidad y el interés, la acción, en suma.

    He llegado a la edad en que mi madre los abandonó y, como casi todas mis amigas, los he dejado también atrás, como tantas otras prescripciones que en su día me pasaron desapercibidas. Y me siento ligera, segura, con los dos pies firmemente asentados sobre la tierra. La vida sin tacones.

     

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