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  • 05
    Junio
    2014

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    Sin Feria

    feria-del-libroLa promoción de mi última novela me ha llevado por diferentes ciudades españolas durante el último mes de mayo: Cáceres, Vigo, A Coruña, y próximamente Madrid. Un recorrido dispar en el que he podido constatar una realidad que hemos naturalizado en nuestra comunidad autónoma, cuya ausencia no parece levantar ninguna protesta: la Feria del libro lleva cinco años sin celebrarse en Murcia. La fiesta de la literatura ha dejado de existir para nosotros desde el 2009, después de 24 ediciones en las que animaba la ciudad con autores, espectáculos y encuentros literarios. Una pena. Los ocho días de programación de esa cita costaban a las arcas de la Comunidad Autónoma aproximadamente unos 200.000 euros, lo que cuestan ahora ocho días del pago de intereses (de intereses, oigan) generados por el crédito del aeropuerto de Corvera, inutilizado y fantasmal. Este símil habla muy a las claras de las prioridades de esta región. El abandono de la cultura desde los programas oficiales (no así del S.O.S, ese macrofestival, al parecer incuestionable, que subvenciona la consejería de cultura y que el anterior consejero, Pedro Alberto Cruz, mantuvo a costa de todo lo demás) no ha sido solo efecto de la crisis, sino que muestra la voluntad, no explícita pero sí perfectamente identificable, de desmantelar el tejido cultural de una región que tiene los índices de analfabetismo y de abandono escolar más altos de España. Una región que necesitaría como objetivos diana de las políticas culturales, si sus gobernantes atendiesen los problemas reales de los ciudadanos, no espectáculos efímeros, sino programas específicos de promoción de la lectura y de aproximación de las manifestaciones culturales a capas más amplias de ciudadanos. La desaparición de la Feria del libro es un síntoma de otras muchas cosas. Ya se sabe, y lo hemos repetido aquí varias veces, que el acceso a la cultura –y la lectura es una vía regia para ello –, transforma a los ciudadanos en más críticos y rebeldes, más activos y participativos. Y esto parece peligroso para quienes gobiernan esta región. Es mucho mejor regalar pasteles de carne en la plaza del Romea, y ofrecer ese bochornoso espectáculo de colas voraces que, al día siguiente, se comentará en las portadas de los periódicos como ejemplo de la murcianía. Zarangollo, pasteles de carne y morcilla, oralidad y devoción. Vergüenza me da. Menos mal que, ocultos bajo la grasa de la mala alimentación, despierta otra realidad, de la que hablaremos en breve.

     

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