Blog 
Microscopías
RSS - Blog de Lola López Mondejar

Archivo

  • 05
    Noviembre
    2012

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Sandy´s Aftermath

     

     

    El viaje no había levantada sus expectativas como antes. Pensó, no es la primera vez; ya no soy joven, también pensó. La duración del vuelo no le importaba. Tenía sobrada experiencia para saber que dormiría al menos cuatro horas y las restantes las pasaría soportando el trajín de las cenas y los desayunos que se dignasen ofrecerles en el avión. Y así fue. El monitor de su asiento no funcionó, y a mitad de una película, La invención de Hugo, dejó de ver la imagen, rebelde la pantalla a sus órdenes. Luego se durmió. Le había llamado la atención la familiaridad con que la tripulación se dirigía a los pasajeros, como si fuesen viejos conocidos. En el tirador de una puerta de emergencia una azafata había colocado una bolsa de plástico para que el pasaje depositase la basura.

    Una hora antes de aterrizar les sirvieron un cuarto de pizza grasienta en una caja de cartón y una galleta de chocolate. ¿Desayuno?, ¿cena? Desde que embarcaron no habían hecho más que proporcionarles cantidades ingentes de hidratos de carbono. No tocó la pizza. Ya tomaría algo en el hotel.

    Recogieron las maletas los últimos, porque un policía llamado Pancho retuvo su pasaporte a saber por qué y le obligó a pasar por la oficina de policía del aeropuerto, en la que otras personas esperaban para repetir el control. ¿Qué habría llamado su atención? Estaba demasiado cansada para enfadarse, miró a su alrededor y esperó.  Las maletas les esperaban a ellos en mitad de una sala inmensa, al pie de la cinta, arrojadas allí como dos peces moribundos fuera del agua.

    Salieron a la calle, hacía una temperatura reconfortante, fresca, que le despertó del todo. Buscaban la cola para tomar un taxi cuando un señor muy decidido les abordó.

    – Vengan, vengan conmigo. Yo les llevo. No hay gasolina.

    Se miraron sorprendidos, y se acercaron a otros cuatro españoles que habían recibido la misma oferta.

    – ¿Le seguimos?

    – Vengan, vengan conmigo –repetía el señor, sin tomar nota de sus reticencias –. No les  engaño –rió.

    Todos pensaron que eran seis contra uno, acordaron el precio y decidieron que sí.

    Le siguieron hasta un coche en el que empezó a colocar los equipajes comentando lo que pasaba. La cola de los que esperaban taxi era disuasoria. Pensó que habían tenido suerte.

    – No hay gasolina. He necesitado más de dos horas para repostar.

    La autovía hasta la ciudad estaba casi desierta.  Coches de policía cortaban algunos túneles y calles, donde la oscuridad era total. No había electricidad, no funcionaban los semáforos. Enormes bolsas de basura se amontonaba alrededor de los contenedores. El chófer llevaba las ventanas abiertas y en la radio sonaba un rítmico merengue.

    – ¿A los españoles les gusta el merengue? –preguntó.

    Uno de ellos contestó con un tímido, no demasiado.

    – Es bueno para bailar, suena un merengue y el cuerpo baila – y ejecutó unos movimientos de hombros para demostrarlo. Los seis pasajeros rieron.

    En la radio un locutor con acento dominicano confirmaba que las colas para conseguir gasolina duraban hasta tres horas.

    El coche giró en un cruce de carreteras donde se detuvo,  a su lado, otros conductores que también amaban la música sacaban los codos por las ventanillas de sus vehículos, inmensos. Las notas de una salsa salían por ellas y se ampliaban en las paredes de hormigón de un viejo túnel. Al dejarlo atrás reconoció una calle despoblada, sucia, con naves industriales a un lado y una autovía en espiral al otro. Era la misma por la que pasaron la primera vez que fue a la ciudad, cinco años antes. Iban por buen camino, se tranquilizó.

    El norte  estaba iluminado, el sur a oscuras. Mirando las aguas brillantes y amenazadoras del río Hudson atravesaron el puente de Queensboro, y entraron en Manhattan. 

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook