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  • 07
    Marzo
    2012

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    Salvajes

    En las magníficas y didácticas instalaciones del Museo de la Evolución Humana, en Burgos, se exponen los restos de un “anciano” de cuarenta y cinco años, antecesor nuestro, que vivió hace 500.000 años y, según los especialistas, habría sufrido un accidente o una enfermedad que le ocasionó dificultades insalvables para procurarse sus propios alimentos. Los paleontólogos suponen que la supervivencia de este espécimen, a pesar de sus dificultades, se debió a que su grupo de iguales , lejos de abandonarlo a su suerte, se hizo cargo de él, dándole atención y cuidado. Esto significa que la organización grupal tuvo que contar con este miembro “improductivo”, y dotarse de medios para asistirlo, iniciando una cooperación sin precedentes.

    La humanidad nace a partir de ese gesto solidario que nos separó de la lógica del más fuerte, de la mal llamada (dado que entre algunos animales encontramos también estos gestos de cooperación) ley de la jungla. La historia del ser humano ha sido hasta ahora la de la conquista por separarnos de esa ley bruta del más fuerte, y acercarnos progresivamente a una sociedad más humana, solidaria, donde el cuidado de sus miembros más débiles y desfavorecidos corra a cargo del grupo.

    El estado de bienestar, protector y bondadoso (hablaremos otro día de la bondad), no es más que la concreción de estas aspiraciones, la institucionalización de un orden que atiende a sus ciudadanos por igual, y contempla las necesidades del más débil, y del fuerte en momentos de enfermedad, disponiéndose a solventarlas con la cooperación y el esfuerzo de la ciudadanía.

    Sin embargo…, sin embargo, desde hace unos años estamos asistiendo a un retorno de la ley de la selva, del sálvese quien pueda; a la instalación en las conciencias, cada día más pragmáticas, individualistas, exiguas y amorales, de la ley del más fuerte. Las declaraciones de Patricia Flores, que se preguntaba si tiene sentido que un enfermo crónico viva gratis del sistema, son la expresión de un retroceso sin precedentes en la idea de un estado que protege a los débiles, con criterios no pragmáticos, sino de dignidad humana.

    Si los enfermos dejan de estar protegidos (y además de enfermos se empobrecen y entran en el campo de la marginalidad social), los desfavorecidos se abandonan a su suerte, los salarios son de miseria, y las diferencias entre las clases sociales se acentúan, convirtiendo a los trabajadores prácticamente en esclavos del empleador, entramos de lleno en el abandono de cualquier idea de humanidad, para retroceder a una convivencia regida por la ley del más fuerte.

    Los estados occidentales, identificados con los intereses de la banca y del capital, han abandonado el ideal de equidad, de gestión de las desigualdades y de la convivencia que se les encomienda, y sustituyen su función protectora, humanitaria, su deber de velar por los más débiles, por una alianza con los mercados y el capital, abandonando a sus ciudadanos y ciudadanas a la brutal ley de la selva.

    Y nosotros, pobres salvajes, estamos perplejos.

     

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