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  • 09
    Abril
    2014

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    Rostropóvich, o cómo acabar de una vez por todas con la cultura

    rostropovichEn un artículo excelente sobre la capacidad de la ficción literaria para abordar una verdad que no puede ser dicha de otro modo, Vilá-Matas cuenta una anécdota en la que Rostropóvich toca anónimamente su violonchelo delante del Muro de Berlín. No ha puesto gorra alguna, pero los paseantes le lanzan monedas sin reconocerlo. El genio-mendigo como premonición, imagen anticipadora del valor que cobraría la cultura en la Europa que se desprende de la influencia del último de los ismos.

    Por circunstancias que nunca dejaré de agradecer aunque viviera mil años, vivo rodeada de jóvenes con talentos artísticos que me describen sus experiencias en el mundo de la cultura.

    Mientras  algunos políticos ignorantes, de los que escriben apollo con dos eles, quieren hacernos creer que los actores son todos ricos; los actores de carne y hueso, con enjundiosos y largos currículums a sus espaldas (cine, teatro, televisión) ofrecen su actuación de modo desinteresado a jóvenes directores de cine que los requieren para sus cortos. Durante el rodaje (en la nieve, en el agua, con frío o con calor), la única contraprestación que se les ofrece son unos bocadillos. La esperanza forma parte implícita de sus honorarios: ¿y si este joven, con ese corto, llega a alguien que alguna vez lo solicita…?

    El mundo de la música sufre de la misma degradación. Este verano, se decía en un artículo de El País, músicos consagrados tocaban en chiringuitos de playa por una paella, y poco más.

    El glamour de la literatura que vivieron Vargas Llosa, José Donoso o García Márquez, con fiestas de quinientos invitados en cada presentación de sus libros, forma parte de la historia. Ahora, la promoción de un nuevo libro es minúscula, porque las editoriales sobreviven a malas penas en un mundo donde leer un libro, y comprarlo, sobre todo de literatura de calidad, parece ser más raro todavía que el que su aparición vaya acompañada de alguna fiesta.

    En fin.

    En Murcia, el consejero Cruz se marcha dejando a sus espaldas una devastación sin precedentes, cuyos detalles no voy a molestarme en describir. La cultura sobrevive apenas gracias a iniciativas privadas, cada día más numerosas e interesantes, que se expanden y multiplican, pero que no cuentan con ingresos suficientes para pagar a los artistas, de modo que el creador, como Rostropóvich, se está convirtiendo en mendigo.

    Llama la atención que en el futuro de tiempo libre que nos vaticinaban, donde el ocio formaría parte de nuestra vida en una proporción antes nunca conocida en la historia de la humanidad, a quienes nos deleitan en nuestro tiempo libre se les esté condenando a la miseria. Impresiona ver el diseño de este mundo neoliberal, materialista, que deja al margen aquello que más humanos nos hace. Ganan los zafios.

    De haber estado en sus manos, sospecho que les hubieran quitado la pintura a nuestros antepasados de Altamira –por improductivos, por ineficaces –, y les hubieran mandado a cazar. Luego, en el reparto de la bestia, les arrojarían al suelo, como las monedas a Rostropóvich, las sucias vísceras.

     

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