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  • 31
    Agosto
    2012

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    Regreso al pasado

    Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.

    Artículo 3, Declaración Universal de derechos humanos.

    Se necesitó un largo camino civilizatorio para llegar a la Declaración Universal de los derechos humanos. Para abandonar convicciones que hoy nos parecen obsoletas (aunque todavía no son universales), como que la mujer no tiene alma y debe subordinarse al hombre, o que el color de la piel es un signo de inferioridad (aunque todavía hoy se siga tratando como animales a los pueblos indígenas), y proclamar la igualdad de todos los hombres. La humanidad tiene motivos para regocijarse por haber andado este camino que constituye un progreso moral sin paliativos (si bien solo sea  como un ideario a seguir). Ser hombre o  mujer nos otorga universalmente un inalienable derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de nuestra persona que, como defiende el Artículo 30: Nada en esta Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración.

    Sin embargo, mañana, día 1 de septiembre de 2012, el estado español retirará la tarjeta sanitaria a unos 150.000 inmigrantes. Su derecho a la salud, a la vida, a la seguridad (física y psíquica) de su persona se verá gravemente desprotegido, en lo que entiendo como un atentado contra el concepto mismo de humanidad.

    Porque ¿qué nos hace humanos?

    El primer signo de humanidad, según aprendemos en Atapuerca, es la capacidad que un grupo humano desarrolla para cuidar a los débiles, anteponiendo ese cuidado a su estricta supervivencia. Es decir, cuando se encuentra un esqueleto de un anciano sin dientes que sobrevivió a esa incapacidad para alimentarse solo  gracias a que su grupo social lo atendió, aunque esto comportase menoscabo en el bienestar de ese grupo, entramos en el respeto a la vida humana y en el inicio de la cultura, en el primer esbozo de civilización. Algo que mañana se perderá.

    Reconocer el derecho a la salud, establecer un sistema para el cuidado del débil, han sido signos de una cultura avanzada, signos del alejamiento de la barbarie.  Mañana retrocederemos varios pasos en esta dirección.

    ¿Cómo vamos a explicar a nuestros hijos esta medida?, ¿por qué la vida de un inmigrante enfermo no vale tanto como la nuestra?, ¿acaso es inferior?, ¿no tiene alma?, ¿no es tan humano como nosotros? El problema no es económico, como se esfuerzan en mostrarnos (y los expertos en salud pública insisten en desmontar), sino ideológico. Se trata de un paso más en la devaluación del concepto de humanidad, en la imposición de una ideología que convierte al ser humano en un engranaje reemplazable de una máquina infernal que pretende reducir los derechos al privilegio de unos pocos, y despojarnos al resto de humanidad.

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