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  • 08
    Octubre
    2014

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    Por qué no me pareció Boyhood una obra maestra

    boyhoodPara empezar, confieso que adoro a Richard Linklater y valoro enormemente su obra, desde una de sus primeras películas, Slacker (1991) donde exploraba una idea original del azar como leit motiv de un film, y en la que figura también como actor, hasta la trilogía Antes del amanecer(1995), Antes del atardecer (2004), Antes de medianoche (2013), en la que recorre la vida de una pareja durante 20 años, utilizando a su actor fetiche Ethan Hawke y a Julie Delpy como protagonistas de las tres, rodadas con esos 20 años de diferencia. El paso del tiempo, una constante en su filmografía, se aprecia de forma natural en los personajes, y la relación amorosa que describe me parece esperanzadora y creíble al mismo tiempo, sutil y equilibrada, sin caer nunca en el sentimentalismo, pero convocando emociones gratas, confortables, en un ejercicio soberbio de mesura. De las tres prefiero la última, en la que deja ver las grietas de la convivencia en una relación ya madura, pero que conserva todavía la atracción y el afecto. Aplaudo también su ambición, su poética le enfrenta a retos difíciles que él mismo pondera, pero a los que se lanza sin red. ¿Qué hubiera pasado si los actores mueren durante estos años?, ¿si el niño de Boyhood, llegado a la adolescencia, no hubiese querido seguir rodando esa historia? Boyhood, cuya propuesta me parece intachable: llevar al cine la progresión vital de un niño de seis años hasta que se convierte en adolescente, es otra cosa. Podríamos calificarla, parangonándola con la literatura, como una película de iniciación, pues la historia muestra cómo Mason, el joven protagonista, se va haciendo adulto. Pero aquí querría señalar, a mi juicio, lo que considero su primer problema: la extensión. La historia abarca doce años de la vida de ese niño, sintetizados en 166 minutos. Las elipsis son necesarias, cómo no, pero Linklater salta también por los conflictos sin mostrar sus cicatrices (la separación de la madre de dos hombres alcohólicos, por ejemplo), como si tuviese una confianza radical en el efecto del mero paso del tiempo sobre las heridas. Podría ser así, aunque lo dudo, podría ser que el tiempo todo lo curase, que finalmente, viendo el pasado desde el cualquier presente, los problemas siempre nos parezcan menos graves que cuando estábamos sumergidos en ellos, pero yo aspiro a que el arte muestre esta posible verdad de otra manera. Sin embargo, lo peor de Boyhood no es lo anterior, sino sus personajes. Ninguno me ha interesado lo suficiente para que queden huellas de ellos en mi memoria. Ninguno está perfilado de manera que nos parezca conocer los hilos que lo mueven; los dos maridos de la madre del protagonista son simplificados en uno o dos rasgos comunes: una dependencia del alcohol que, otra vez, los hace prototipos, masculinos hasta la náusea, impulsivos y hueros. Ni la madre, cuyos conflictos se intuyen, pero por los que pasamos de largo, ni siquiera ese niño que crece, con su silencio misterioso, me han parecido personajes logrados. Todo fluye demasiado deprisa en Boyhood, todo son momentos de una vida, como se denomina la película, pero momentos anodinos en la vida de personajes casi planos. La realidad es así, dirán quienes disfrutaron con ella, y no me cabe la menor duda de que llevan razón: la vida es “también” así, pero mostrarla tal cual, sin elaboración alguna no me resulta interesante. ¿Para qué ser testigo de ese elenco de acontecimientos vitales comunes, casi estereotipados, durante 166 minutos? Todos conocemos otras vidas, la nuestra y la de quienes nos rodean y, perdonen la inmodestia, todas son mucho más complejas e interesantes que la de Mason y su familia. Al final, y al escribir esta nota caigo en ello, apenas recuerdo lo que les pasa, de tan comunes que son. Hay otra posible razón para justificar esta simplificación de los personajes a la que aludo, la que apelaría a que Linklater intenta dar cuenta de una realidad concreta: la de los norteamericanos de Texas, la clase media-media, el común de los habitantes del estado donde se rodó el film y de donde procede su director. Los texanos, muchos texanos, son así, suponemos, Linklater solo pone delante de ellos un espejo. Bien. Entonces prefiero el espejo de Nebraska (Alexander Payne, 2013), con sus personajes casi mudos, irritantes en su perfecta planicie encefalográfica, que nos interrogan con su idiotez –¿hacia esa especie de amebas-espectadores televisivos nos encaminamos?–,  al estilizado espejo de Linklater, que concita la identificación y el confortable regocijo interno, y no la alarma. No obstante, la película es correcta y amable, lineal y sin alardes formales, y no deja de ser interesante tratar de hacernos una opinión propia sobre ella y discutir más tarde con los amigos sobre lo que a ellos les ha parecido, disfrutando de un buen vino y un buen queso. Que también es la vida.

     

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