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  • 17
    Septiembre
    2014

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    Paco Carles Egea, psiquiatra humanista

    francisco_CarlesEscribir un obituario que retrate la figura de Paco Carles es una tarea imposible, porque nada de lo que escriba sobre él me dejará satisfecha. Paco era multifacético e inclasificable. Uno de los psiquiatras más afamados de la región, cuya consulta supo ser interdisciplinaria antes de que la psicología se pensase como aliada de la psiquiatría, porque él era un adelantado. Conocí a Paco Carles Egea como el psiquiatra biologicista que era, formado en la escuela de López Ibor, pero interesado también por el psicoanálisis, a cuya introducción en España dedicó su tesis doctoral, manteniendo relaciones con eminentes psicoanalistas de la época. Una doble adscripción, psiquiatría biológica y psicoanálisis, que no es fácil de entender, y que él llevaba con solvencia y con garbo. Le conocí como columnista del diario La Opinión de Murcia, donde conducía una sección en la que me invitó a participar, junto a otros, hace más de veinte años; también como lector atento de literatura clásica y contemporánea, así como de mis propios libros, que me comentaba con atención y agudeza. Y, cómo no, lo disfruté como uno de los conversadores más brillantes que he conocido. Compartir unas horas con él era asistir a un ejercicio de inteligencia y de humor, de pensamiento libre e interdisciplinario. Porque Francisco Carles Egea era ante todo un humanista. Ahora que las ciencias de la salud parecen quedar reducidas a meros conocimientos técnicos, hiperespecializados, sus intereses abarcaban la filosofía, las neurociencias, las matemáticas y la literatura, y su charla saltaba de un conocimiento a otro sin descanso, integrados en un decir ameno que hacía difícil separarse de él para volver a casa. Pues, hay que decirlo sin falta, una característica de Paco era el sentido del humor, su fina ironía, su calidez. Paco Carles conocía el lenguaje como nadie y lo usaba con una precisión exquisita que sorprendía sin cesar a su interlocutor. – ¿Tú sabes qué es un anacoluto? – recuerdo que me preguntó un día. Yo, por supuesto, no lo sabía. Pero corrí al diccionario, entonces no existía todavía Internet, para fijar su significado. Quise homenajear sus ocurrencias introduciendo alguna de ellas en mis novelas. Llamaba “lacanés” al dialecto de los seguidores de Lacan, por ejemplo, sin alterar por ello el respeto que algunas de las teorías del maestro francés le merecían. Y así lo escribí, para no olvidar nunca a ese psiquiatra amigo. Otro de sus incontables neologismos fue el “jarautí”, como llamó a la lengua en la que se expresa nuestro común y querido amigo Francisco Jarauta. Aún escucho su deje cariñoso al pronunciar esas palabras. En febrero de 2010, como no podía ser de otro modo, la Asociación Murciana de Salud Mental organizó un homenaje a su labor como psiquiatra, maestro de psiquiatras y de psicólogos. Entre quienes ensalzaron su persona y su trabajo se encontraban las doctoras Carmen Llor e Isabel Muñoz, que continuaron la investigación sobre el psicoanálisis en España que él había iniciado, así como el catedrático de Historia de la Medicina Pedro Marset, que dirigió la tesis de todos ellos. Más allá de señalar su impresionante aval clínico (más de 45.000 historias en su haber), o subrayar su compromiso con sus pacientes, para quienes estaba disponible seis días de la semana, quiero traer aquí una anécdota que en aquel homenaje relató la doctora, su colaboradora y amiga, Isabel Muñoz, tanto por la gracia con la que está contada como por su evidente poder evocador. Decía Isabel en su homenaje: Hubo un tiempo en que los pacientes de pueblos y regiones vecinas llegaban a ser tan numerosos que se ponían de acuerdo para ir al Ca Carles y fletaban varios taxis el mismo día. Así en lugar de tener como se tiene ahora un día reservado para las compañías de seguros, el día de Asisa o el de Sanitas, en la consulta del Dr. Carles teníamos el día de Carboneras, el de Pulpí, Torre Pacheco, o el de los gitanos que ocupaban por familias toda la sala de espera, con el baranda al frente, para llevar a una joven convulsa en pleno ataque de histeria y se iban con la histérica andando y las madres besándole las manos a Paco, y todos sin pagar, porque en contra de la fama de pesetero que ha tenido siempre, ha sido desprendido y generoso con su dinero, su tiempo y sus conocimientos; o el de los feriantes que venían con su troupe de titiriteros haciéndole publicidad gratis por toda la geografía española: ¡Pasen, pasen, miren a Fátima bailar, una ayuda para ir a ver a Carles, que está enferma la pobre! Agosto era el mes de los extranjeros, generalmente hijos de emigrantes que aprovechaban sus vacaciones para hacerse un ajuste de medicación que durante el año controlaban telefónicamente hablando con él en inglés o francés. Paco Carles se ha ido para siempre, ya no nos obsequiará con porte caballeroso ni con su inteligencia, pero su recuerdo pervive en quienes le conocimos, pervivirá siempre, hasta que nosotros también digamos adiós.

     

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