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  • 12
    Marzo
    2014

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    Mujeres patriarcales

    GuerrillaGirls No me gusta escribir contra las mujeres. Pienso que el enemigo es el patriarcado y que nosotras, las mujeres, tenemos que unir nuestras fuerzas para luchar contra él, para demostrarle (al patriarcado) que no somos competitivas y críticas entre nosotras, como pretende convencernos que somos, sino solidarias y cooperativas. Pero hoy, en honor a la verdad, voy a hacer algo que no me gusta. El honor y la verdad, asuntos tan resbaladizos, mucho más en nuestro país, donde todo el mundo se empeña en prescindir del primero y ocultar la segunda. La Primera Mujer Patriarcal que conocí fue hace ya algunos años, y era una joven escritora de ultramar a quien le sonreía el éxito. Fue en un acto literario donde descubrí su sesgo patriarcal, cuando alguien del público le preguntó qué pensaba de la presencia de las mujeres en la literatura. La Primera Mujer Patriarcal no tenía ningún tipo de dudas (aquí estaba su primer rasgo sospechoso) para responder que esos asuntos de la diferencia entre hombres y mujeres eran obsoletos, del tiempo de Maricastaña, que su mamá ya había luchado en su país por la igualdad y que ella no quería entretenerse en esos menesteres. Señalemos que su país ostenta el título de ser de los más violentos contra las mujeres del mundo mundial, pero esto a la Primera Mujer Patriarcal no le importaba lo más mínimo. Ella había cruzado el Atlántico, estaba triunfando en Europa y no quería saber nada de nada de las pobres mujeres asesinadas, o de las escritoras frustradas que no conseguían una editorial de prestigio como la suya (por algo será, mire usted, se deslizaba en su discurso). Muchos años después, ayer mismo, como quien dice, conocí a la Segunda Mujer Patriarcal. En realidad me sorprendió conocerla en el lugar donde la conocí,  que supuestamente buscaba un discurso radicalmente distinto al suyo. La Segunda Mujer Patriarcal, continúo, era una joven pintora, al parecer de cierto éxito, a quien previamente no conocía. No puedo decir nada de su obra, como no lo dije de la Primera Mujer, no se trata de eso, pero sí de la exposición con el que nos obsequió. Para empezar,  consideraba que desde la Edad Media hasta ahora las mujeres habían avanzado mucho en el arte. Un nuevo descubrimiento que nos brindó a los asistentes, quienes, por supuesto, no teníamos ni idea de esto. Ahora las mujeres artistas pueden pintar desnudos del natural, no como antaño, entrar en las academias y exponerlos, aseguraba en otro gran descubrimiento. Podían hacer una carrera como la suya, rodeadas de hombres que las apoyan, continuó sin reparar en un dato que se había suministrado a la mesa unos minutos antes; a saber: que en la última edición de Arco, 2014, solo el 7% de las obras expuestas eran de artistas mujeres, frente al enorme 93% restante que estaban firmadas por hombres. Pero esto a ella no le mereció ni un pestañeo, porque a La Segunda Mujer Patriarcal, en un ingenuo ejercicio intelectual que muestra muy a las claras el triunfo de la ideología liberal e individualista (que socava los cimientos de la solidaridad como un martillo pilón), había visto a compañeras muy dotadas que abandonaban su carrera y no persistían en su esfuerzo creativo, no sabía ella por qué,  pero insinuaba que, de no haber abortado ese esfuerzo, Arco estaría lleno a rebosar de artistas mujeres. Vamos, que no hay ningún obstáculo añadido por ser mujer que impida exponer en los museos. Obstáculos que han sido denunciado desde hace dos o tres décadas por colectivos de América y Europa, entre ellos las “obsoletas” Guerrilla Girls. Frente a esto, la Segunda Mujer Patriarcal creía firmemente en la voluntad individual y en el talento personal, y despreciaba a quienes se sentían víctimas del sistema, pues, sin lugar a dudas, portaban algún tipo de falla, un defecto de la voluntad o algo así. En el universo egocentrado de la Segunda Mujer Patriarcal, rasgo que la emparentaba con la primera, no existían los otros, porque un artista sigue su camino hacia delante, se debe en exclusiva al arte, sin mirar hacia ningún otro lado que no sea su obra. El problema de las Mujeres Patriarcales no es que sean ignorantes, a menudo indocumentadas y atrevidas, como toda ignorancia lo es por naturaleza, sino que son las que, al compartir lo que Foucault llamó un “régimen de verdad”, el que ahora sostiene que no hay discriminación y pretende entender el feminismo y la lucha contra la desigualdad como posiciones obsoletas, coinciden con el pensamiento hegemónico de su época y triunfan más, pues tienen más adaptabilidad a las exigencias del entorno. Pensemos en Christine Lagarde o Angela Merkel (dos famosas mujeres patriarcales, pero que personalmente no conozco), que ejercen un poder idéntico al de un hombre, reprimiendo o anulando su ética de cuidados, esto es, una concepción del mundo más relacional y humana que se supone caracteriza la identidad femenina (y la de algunos hombres, no discutamos de esto). Lagarde y Merkel ascienden en sus carreras políticas porque son sintónicas con el sistema, como lo es Cospedal, entre otras muchas. Las mujeres patriarcales son jaleadas por el poder porque participan de sus instituciones mentales y sociales, y  porque tienen mayor capacidad para adaptarse a ese poder que las mujeres que luchan contra él. Son sujetos adaptados que no saben que lo están y viven felices dentro de sus límites. Todos tenemos dentro el patriarcado, nos sale espontáneamente, como el sudor en un día de agosto, pero a ellas, ¡ay!, les huele demasiado.

     

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