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  • 30
    Mayo
    2012

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    Millones de moscas...

    Seis millones de personas han seguido el festival de Eurovisión, escucho en el telediario de la uno. Una barbaridad. La música de Eurovisión, salvo excepciones que no conozco, es la música más hortera y simplona que escucharse pueda. Quienes gustan de ella no han tenido la suerte de ser favorecidos por una educación estética que distinga el chim púm, chim púm, de la música de calidad. 

    La catedral del mar, o El código da Vinci, vendieron no sé cuántos miles de ejemplares, y de analizar su estructura convencional y reiterada hasta la náusea, sus inexactitudes históricas, sus trucos de prestidigitador atrapa lectores, ya se encargaron José María Guelbenzu y Rodrigo Fresán, respectivamente, en su momento.

    El favor del público y la calidad de una producción cultural pueden ir unidos en ocasiones ( como ha sucedido a lo largo de la historia de la música o de la literatura, por exponer solo dos manifestaciones), pero tomar como criterio de bondad artística el seguimiento de una obra por miles de espectadores o lectores es incurrir en una perversión lógica que impera cada vez más en el pensamiento hoy dominante: la audiencia es la que manda.

    Una ridícula y peligrosa banalización del arte. La atribución a productos de consumo masivo de cualidades que solo se desprenden de la cantidad es un efecto de una mal llamada democratización de la cultura. Porque ¿qué cultura se ha democratizado?, ¿qué esfuerzo han hecho los gobiernos sucesivos por elevar el gusto de la población?, ¿por enseñar a disfrutar de productos más sofisticados, de más calidad, desde las televisiones, la escuela o los  diferentes medios a su alcance?

    Es cierto que siempre habrá una cultura popular y una alta cultura, pero la sociedad del espectáculo (que no descubre ahora Vargas Llosa, sino que Guy Debord (1967), Baudrillard (1978) y otros ya identificaron y analizaron hace décadas) está incurriendo en la alteración perversa de identificar cantidad con calidad.

    Dice Matilde Asensi en  el Magazine: “Los mandarines de la crítica están cayendo. De “El último Catón” vendí más de un millón y no tuvo ni una reseña”. No he leído “El último Catón”, pero a este tipo de argumentos es, precisamente, a lo que me refiero: sustituyamos el criterio de su millón de lectores, el de los espectadores de Eurovisión, por siglos de tradición literaria y musical, y rebajaremos hasta el bochorno los criterios que definen la calidad.

    Recuerdo lo que solíamos decir hace décadas para criticar las tiranías del consenso: “Millones de moscas no pueden estar equivocadas, come mierda”. Pues eso.

     

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