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  • 02
    Octubre
    2014

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    Manuel Serrat Crespo

    ManuelConocí a Manuel en el año 2008, invitado a La mar de letras como traductor del francés de autores como Daniel Pennac (que se inspiró en él para construir un personaje de su novela El dictador y la hamaca), Lautrémont, Cocteau, Jules Vallès, Proust, Raymond Queneau… Labor por la que ha merecido numerosos premios en Francia, si bien nuestro país no supo reconocerla a tiempo. Además, era autor de novelas como Maruyme, de la que se sentía orgulloso. Creo que de su carácter indomable da cuenta muy bien un comentario que cita Josep Mengual en su Obituario de La Vanguardia: Peter Bergsma  presidente de la Red Europea de Centros de Traducción Literaria, definió a Serrat Crespo como "el Nikita Jruschov del sector europeo de la traducción, que no vacilaba en apoyar sus afirmaciones aporreando el pupitre con su zapato". Manuel era un hombre de fuertes convicciones literarias y vitales, quienes lo conocimos lo sabemos bien. Desde aquel verano, hasta este en que se ha ido, seguimos conservando una amistad que ahora queda huérfana. Las dificultades de la distancias – él vivía en Barcelona, yo en Murcia- , no impidieron que nos mantuviésemos en contacto, que nos viésemos con motivo de algún viaje a su ciudad, que nos escribiésemos. Manuel era un hombre de grandes amigos, de vínculos firmes. Nuestro afecto estaba vivo como viva era la polémica que surgía fácilmente en algunas de nuestras conversaciones. Era un polemizador nato, su pensamiento no atendía a ningún amo, era libre y contradictorio y, allí donde esperabas una coincidencia, la diferencia surgía fructífera, para encendernos en una charla interminable que abandonábamos solo porque había que separarse, volver a casa, descansar, pero nunca porque nos apeteciera hacerlo. Leí el manuscrito de su autobiografía con deleite, el recuento de su vida,  la formación de una personalidad vinculada desde joven a la lucha política y a la cultura: el teatro fue su pasión, la literatura y los viajes. A un largo viaje a la India, sin apenas dinero, en barcos de mercancías, autobuses zarrapastrosos y autostop, dedicó los capítulos más jugosos, aquellos que daban cuenta de un Manuel joven y entusiasta, hippie, ácrata y bohemio, que volvió a su Barcelona natal para hacerse actor y finalmente, tras una estancia en África, donde conoció a su compañera de toda la vida, Agnès Agboton, fue editor y traductor premiado. Una de las últimas ocasiones en que hablé con Manuel fue este verano, y sucedió de un modo que merece ser contado aquí, más que nada porque, ahora que el dolor de su pérdida me entristece, recrea momentos de exaltación, de alegría espontánea y juvenil, como la que él solía concitar a su alrededor, con su porte de gigante y su coleta blanca (en nuestra última conversación me contó que se había cortado su coleta, y ahora percibo aquel acto con la extrañeza de una premonición). Conducía este pasado verano camino de la ciudad mientras escuchaba en la radio un programa de la Ser en el que se entrevistaba a un viajero cuyo nombre nadie desvelaba; encendí la radio con el programa ya empezado y muchos locutores han olvidado esa regla de oro de la radiofonía de repetir el nombre de su entrevistado cada cierto tiempo para informar cabalmente a quien se incorpora a la audiencia. Sin embargo, por lo que el entrevistado contaba, supe que se trataba de Lorenzo del Amo, un viajero impenitente con cuya agencia habíamos viajado a África hace ya veinticinco años. Lorenzo contaba anécdotas jugosas, tan amenas como solo algunos viajeros saben hacer, y en esto que comenta algo así: - Llegamos a Costa de Marfil y allí nos recibió en su casa Manuel Serrat Crespo… Paré el coche de inmediato y llamé por teléfono a Manuel. - Pon La Ser, Manuel, que sales tú. - ¿Dónde?, ¿dónde? - En La Ser. Los dos llenos de la alegría de unos niños que se viesen por primera vez a sí mismos por la tele. Manuel me llamó después, y charlamos de aquél lejano encuentro entre Lorenzo del Amo y él. Y nos congratulamos de las bellas casualidades de la vida, esas que, a menudo, procura la amistad y la literatura. Escribo y siento con dolor que he llegado a la edad de las despedidas, que el mundo se hace más inhóspito y desolado, que echaré de menos llegar a Barcelona y no comer o cenar con Agnès y Manuel.

     

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