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  • 16
    Diciembre
    2013

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    Mansos

    12_anos_de_esclavitud-689908764-largeLa película de Steve McQueen, 12 años de esclavitud (2013), basada en un hecho real ocurrido en Norteamérica en 1850,  puede tomarse, amén de otras muchas interpretaciones, como una reflexión sin concesiones sobre los efectos que la dominación ejerce sobre el ser humano. El ejercicio del poder como amo absoluto, Derrida dixit, produce seres humanos sádicos, de la parte del amo, y mansos entre quienes adoptan la posición de esclavos. El poder absoluto, el que dispone del otro como una propiedad y puede castigar su desobediencia (en el film hasta la muerte), conforma una relación donde el dominador, sin el reflejo que la subjetividad del otro le presta (pues lo ha convertido en objeto), incrementa paulatinamente la expresión de su agresividad, mientras que en el dominado crece la indefensión: la certeza de que es inútil rebelarse, pues solo comportaría un castigo aún mayor. Salvando las distancias, en nuestro país nos encontramos en una situación cada día más parecida al ejercicio de un poder absoluto: la mayoría parlamentaria del PP. Una mayoría que está acabando con la independencia de poderes (ejecutivo y judicial), esto es, haciéndose amo absoluto, dictando leyes que solo benefician al poder, al negocio neoliberal que busca expandirse en áreas antes del dominio público: sanidad, educación, seguridad ciudadana… Leyes, insisto, que benefician a la clase política (puertas giratorias) y empresarial. Y esto sin encontrar la oposición de una ciudadanía cada vez más sumisa, indecentemente indiferente, día tras día más obscenamente sometida. Una ciudadanía que está abandonando la protesta porque, quizás, la considera ineficaz, sin percibir que ese abandono es también el de su propia dignidad, pues la ineficacia de un hecho político no significa que sea profundamente necesario para la salud democrática de una sociedad. ¿Se imaginan un escenario sin protestas? En la película de Steve McQueen, que les recomiendo encarecidamente, el protagonista Solomon Northup se enfrenta a un capataz y es por ello duramente castigado: en mitad de la hacienda lo cuelgan de modo que, solo si permanece esforzadamente de puntillas, puede salvarse de la muerte por ahorcamiento. La escena es escalofriante. Al principio pende del árbol solo, pero pasa el tiempo, poco a poco los demás esclavos, sus iguales, salen de sus casas, hacen sus tareas, juegan los niños a su alrededor, aparentemente indiferentes o resignados, sin prestarle ningún auxilio (solo un tímido sorbo de agua). Por otra parte, ese castigo es un premio, pues quien se lo inflige le salva la vida, amenazada por otro amo más cruel. La vida que ha perdido su calidad de tal para convertirse en un mero sobrevivir. La perversión del amo absoluto: matar la auténtica vida digna, defendiendo en el discurso otra vida, indigna: salarios de miseria para prevenir el paro, nos dicen. ¿No es exactamente esa indiferencia la de quienes no protestan en estos momentos? Tres miembros de una familia sevillana mueren a causa del consumo de alimentos caducados, consumidos a la fuerza, a causa de la crisis. ¿Qué respuesta damos a esas muertes ominosas? La protesta ciudadana estará pronto tan penalizada que la resistencia que, por suerte, todavía hoy ofrecen algunos grupos de ciudadanos más concienciados, se verá amenazada, no sé si extinguida. ¿Se imaginan una sociedad sin voces discrepantes?, ¿una sociedad muda? Mansos, silenciosos, esclavos,  la calma chicha del silencio de los campos de algodón.

     

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